La pista de las tortugas

11 Jun 2011
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Dos anónimos españoles, cazadores en 1835 de tortugas gigantes en la isla de Santiago, de Galápagos, han conseguido un pequeño papel en la historia de las ideas evolucionistas. Enseñaron muchos detalles a Charles Darwin sobre la historia natural y el comportamiento de las tortugas y, haciéndole ver que su tamaño y aspecto variaban de unas islas a otras, le dieron una pista acerca de la mutabilidad de las especies. No lo valoró suficientemente.

Gracias al “diario geológico” que el padre del evolucionismo completó durante su viaje, sabemos que subió en un par de ocasiones a las alturas de la isla de Santiago, que entonces era boscosa y hoy es desarbolada, como consecuencia de las cabras, cerdos y burros cimarrones que la han devastado. Ascendía en dirección sureste, acompañado por un guía español y probablemente por su asistente Syms Covington. A unos 600 m de altitud encontraron las chabolas de los cazadores. Mataban tortugas para salar y secar su carne, que transportaban luego a la isla de Floreana, donde podía venderse a buen precio pues allí las tortugas habían casi desaparecido.

Los “Spaniards” recibieron a Darwin en dos ocasiones, y la segunda pernoctó con ellos y cenó a base de carne de tortuga. El peto asado del animal le pareció bueno, y la sopa de tortuga joven excelente, pero otras porciones no le llamaron la atención. Probablemente guiado por sus anfitriones, subió 300 m más y encontró afloramientos de agua donde gran número de tortugas bebían y se refrescaban. Tomó notas de su comportamiento y midió su velocidad de paso (“setenta yardas en diez minutos”). Nueve meses más tarde, al pasar a limpio sus notas para enviarlas con material a Inglaterra, escribió que los españoles podían reconocer a qué isla pertenecía cada tortuga, hecho que merecía la pena estudiar pues “tal vez minaba la idea de la estabilidad de las especies”.

En base a esta frase, se ha sugerido que Darwin ya era evolucionista en aquel momento, pero las tortugas lo desmienten. Pese a las enseñanzas de los españoles (y del vicegobernador de las islas), no recogió ni un hueso, no guardó un solo caparazón. Para ser exactos, cargaron el Beagle con 48 tortugas adultas de San Cristóbal, pero se las comieron y tiraron los restos al mar. Pocos años después, ya en Inglaterra, Darwin sí era evolucionista y lamentaba carecer de muestras de aquellas tortugas, por lo que tuvo que pedir información y datos al respecto a otros viajeros.

 


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