No es un cuento chino

Jordi Borja

Hubo un país que parecía condenado a que su historia siempre  terminara mal, como escribió uno de sus mejores poetas. A lo largo de varios siglos se multiplicaron los gobiernos corruptos, crueles y tiránicos, los gobernantes sátrapas, brutos y viciosos. Los súbditos soportaron sufrimientos y desdichas y sus resistencias cotidianas y sus rebeliones periódicas no tuvieron efectos positivos durante mucho tiempo. Pero hubo unos años en los que pareció que se iniciaba una larga época de relativo bienestar y de gobiernos que se mostraban relativamente solícitos puesto que dependían de los votos de la ciudadanía. Fue hace tiempo, en el siglo pasado. Luego se rompió la conexión de los gobiernos y sus facciones con los ciudadanos.

Anteriormente a estos años amables hubo un emperador feroz que se erigió sobre un millón de muertos y centenares de miles de exiliados. Parecía que nunca se acabaría a pesar de que la ciudadanía luchaba por romper las ataduras impuestas por el dictador y conquistó  gradualmente espacios de relativa libertad. Sin embargo la represión criminal de los cuerpos armados se cernía regularmente sobre los esbozos de libertad. Exigir el estatuto de ciudadano, conquistar y ejercer los derechos propios de la época era un combate desigual similar al combate esforzado y vano de Sísifo contra la roca que le oprimía,  conseguía levantarla  hasta la cima y le aplastaba de nuevo. Pero en aquel país el combate no fue vano.

Murió el emperador y lo dejó todo atado y bien atado. Sin embargo ni los gobernados soportaban  que se les gobernara como hasta entonces ni los gobernantes eran capaces de gobernar como antes. Lo atado se desató en pocos meses. El joven y nuevo emperador se puso los vestidos de la simpatía  y su gran visir el de la amabilidad. El primero tenía como objetivo mantenerse en el trono y asumió el papel festivo y dicharachero como sus antepasados. El segundo agarró el síndrome del General della Rovere, representó su papel de gobernante bueno y  además se lo creyó. Duró poco pues la corte, que algunos luego denominaron casta, temía que fuera demasiado lejos.

Luego apareció un líder plebeyo, mezcla de imagen a lo Robin Hood y de personaje ávido de poder, gloria i riqueza como Rastignac. Fue primero tribuno del pueblo, muy pronto se impuso como gran visir y gobernó durante años, bastante más de una década. El joven emperador tenía otras ocupaciones más lúdicas, mantenía un perfil público sonriente y cordial  y participaba en los negocios privados de la corte y sus entornos. Pues éstos  pronto se dieron cuenta que el nuevo gobernante les mantendría sus títulos, sus privilegios y sus bienes, casi siempre mal adquiridos. El gran visir decidió que todos los gatos eran buenos, los blancos y los negros, que en realidad eran grises y le añadió un suave tono rosado. Su lema: enriqueceos, enriqueceos. Y añadió: haremos que el país funcione y el resultado será el enriquecimiento pues todo se comprará y todo se venderá.  Fueron unos años muy felices para los que se hicieron ricos, otros creyeron que podían también serlo pues los prestamistas repartían dinero fácilmente y el resto sobrevivía más o menos tranquilamente, la mayoría bastante despreocupada del futuro del país.

En estos años de bonanza los gatos blancos y negros, unos muy grises, otros un poco rosáceos, todos asumieron  que servían para cazar ratones, es decir prebendas y comisiones. Y así se alternaron en el poder. El gran visir rosado fue substituido por un gato gris negro, agrio y de colmillo retorcido,  cuya principal característica facial era que casi nunca sonreía y cuando lo hacía era una imitación poco afortunada de  un  Atila centroeuropeo que masacraba a las tribus semitas. Luego vino otro visir ligero como un joven ciervo, de la saga rosácea y lógicamente veía el mundo de color de rosa. El segundo gris negro resultó negro triste, aburrido, de pocas palabras y cuando discurseaba parecía mudo, presidente de Lakonia. En estos años la corte se multiplicó y se crearon cortes en las provincias del imperio. Los cortesanos, cuyos privilegios les exigían ocuparse un poco de los súbditos se olvidaron de ellos y el  principal afán de la mayoría era mantenerse en la corte y acumular fincas y riquezas.

El descontento de los pueblos del imperio anunciaba tormentas. El espiral del dinero fácil se agotaba y las fuentes del enriquecimiento se reducían. Los banqueros de la corte, de acuerdo con el emperador y su gobierno y por encima de ellos la cúpula del sacro imperio eurogermánico, decidieron dar un golpe de Estado contra el pueblo. Provocaron una crisis que los expertos denominan “accidente natural generador de caos”. Así provocaron un empobrecimiento súbito del pueblo. La corte y sus aledaños consiguieron matar dos pájaros de un tiro: aumentaron sus ganancias y con el empobrecimiento general desarmaban a la mayoría  pendiente únicamente de sobrevivir.

Pero no pudieron evitar que emergieran focos de rebelión. Los que perdían bienes, tierras y fincas resistían generaban simpatías y solidaridades ante tanta injusticia. Los explotados en el trabajo constataron que hay algo peor que estar explotado, es estar sobreexplotado (precario, pagas miserables) o simplemente no estar explotado por no tener ninguna ocupación ni ingreso. La protección que históricamente el imperio proporciona a la plebe, como la salud y la ayuda en casos de necesidad, se reducía a mínimos insoportables. El pueblo sintió profundamente que los cortesanos que debían representarlos y defenderlos les tenían olvidados y los menospreciaban. Los pueblos o tribus de los distintos territorios tenían sus propias quejas y en algunos querían abandonar el imperio como náufragos en un mar tormentoso y un barco a la deriva.

Hasta aquí llega el cuento. Nos falta documentación para contarles como termina la historia. Pero intentaremos deducir algunas posibles evoluciones. Probablemente nuevas investigaciones nos permitirán conocer lo que sucedió después y se comprobará que nuestras previsiones estuvieron equivocadas. La ley más exacta, casi la única, de las ciencias sociales, es  la que establece que cualquier previsión política que se haga será errónea o si acierta será casual. Incluso  cuando se dibujan escenarios la realidad se encarga de crear otros o mezcla los escenarios previstos con otros no previstos. Continuará.