Dominio público

Opinión a fondo

Filosofía

09 Mar 2017
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Javier Sádaba

A  un abogado se le pide que gane los pleitos en los que está metido. No se le pide ser un gran orador a no ser que ayude a conseguir la absolución de sus clientes. A un ingeniero se le pide que compruebe la solidez de los materiales pero no que se luzca explicándonos qué son las derivadas o las integrales aunque si conoce esta parte de la matemática mucho mejor. Si nos volvemos a la Filosofía nos podemos preguntar qué es lo que se le exige a uno que se dedica, por profesión, al filosofar. La pregunta no es, desde luego, nueva sino que recorre nuestra historia. Sin intento alguno por dar por cerrado el tema lo cual sería tan temerario como intentar demostrar la existencia del diablo, me voy a permitir decir en qué creo que consiste la Filosofía que debería enseñarse y, en lo posible, aprenderse. Lo hago porque las instituciones políticas están metiendo el dedo en la llaga y pienso que bastantes defensores de la Filosofía  no son muy capaces de quitar ese dedo de la llaga.  Me remitiré a aquellos aspectos que componen la columna vertebral de una actividad que aunque todos, al menos implícitamente, realizan  otros la llevan a cabo explícitamente y cobrando por ello.

Un filósofo ha de conocer la historia de su materia, al menos en sus trazos esenciales. Y no  perder el tiempo leyendo a figuras de tercera categoría que se enredan con las palabras y a base de impostar una profunda manera de ver el mundo no hace sino proferir frases vacías. Autores, y es un ejemplo importante, como Aristóteles o Kant tendrían que ser conocidos y reconocidos. Volviendo una y otra vez a sus textos. Y a poder ser en su idioma original. Una vez establecida esa base o primer piso, digamos que la filosofía ha de analizar y clarificar nuestra manera de hablar. El lenguaje humano, característica indudable del  Homo Sapiens Sapiens, es uno de los grandes logros de la evolución. Pero el lenguaje tiene dos caras. Por un lado, nos permite relacionarnos con los demás, crear infinidad de bienes útiles o puramente artísticos y ser conscientes de nosotros mismos.  Pero, por otro, es una fuente inagotable de confusiones. El lenguaje puede desviarnos con proyecciones puramente fantásticas, dar vida a monstruos o convertir las ficciones en irreales ilusiones. De ahí que sea necesario someterlo a más de un filtro. El análisis y clarificación del lenguaje no nos llevará al núcleo último de la realidad,  a una celestial verdad. Evitará, sin embargo, que caigamos en fes ciegas, creencias sin fundamento y, sobre todo, será útil para limpiar las telarañas que recubren con excesiva frecuencia la vida cotidiana y la sociopolítica.

En la vida de todos los días cometemos un buen número de falacias que entorpecen la comunicación. Una falacia no es una falsedad. Lo falaz consiste en argumentar mal, sea o no cierto el resultado de la argumentación. Es falaz decir que, por ejemplo, “el Athletic es el Athletic” porque no he dicho nada sino que he repetido lo mismo.  Más perversa acostumbra a ser la falacia que toma la parte por el todo. Como algunos alemanes resultan rígidos o cuadriculados para otras sociedades, piénsese en la española, se concluye que los alemanes, todos, son rígidos y cuadriculados. Los malos entendidos son constantes. En algunos casos son inocuos pero en otros pueden resultar falales. Limar el lenguaje, darle la máxima claridad y llamar a las cosas por su nombre es uno de los cometidos de una filosofía que no habla por hablar o que en vez de espabilar entontece. En ocasiones las oscuridad es aplaudida o por los que gustan de la oscuridad o por los que toman el engrudo verbal por profunda sabiduría. Lo dicho no implica que no podamos jugar con el lenguaje, que saquemos jugo a  la ambigüedad o que exploremos sus límites. No me refiero solo a la poesía. Me refiero a algo más prosaico aunque de indudable importancia. De esos cruces linguísticos nace el chiste. El chiste es un signo de inteligencia, por muchos chistes insoportables que oigamos tantas veces  del gracioso de turno. El chiste, repitámoslo, es fruto de la inteligencia y del sentido del humor. Sin humor no sobreviviríamos. De ahí que sea tan difícil entender a una persona que no haya contado un chiste en su vida.

Aclarar el lenguaje es una función necesaria de la filosofía pero no se acaba ahí su tarea. Si nos limitáramos a limpiar  las impurezas del lenguaje nos pareceríamos a aquel astrónomo que se pasara toda su vida limpiando el telescopio y sin mirar nunca a las estrellas. El lenguaje ha de engarzarse con la realidad. Por eso, una Filosofía que no esté al tanto de los hechos que sean relevantes para nuestra vida se convierte en un instrumento inútil. De ahí que el filosofar deba estar al tanto de la actualidad científica. Muy especialmente de las llamadas ciencias duras, las empíricas por excelencia. En nuestros días tal vez la que ocupa el primer lugar frente al espejo filosófico sea la Biología, y más concretamente, la Genómica. Si no es posible cantar su letra al menos que se sepa su música. Las, por desgracia, separadas y hasta enfrentadas Ciencias y Letras o Humanidades deberían hermanarse en la Filosofía.  La ciencia, y sobre todo la más exigente, no es ajena al filosofar Se opone, más bien, a un filosofar que da únicamente vueltas sobre sí mismo convirtiéndose en una camelo y en una impostura.

La Filosofía, finalmente, no puede soslayar su compromiso sociopolítico y su deber de desvelar aquello que se oculta, se disuelve en banalidades o se toma como tabú. No en vano nace el filosofar como tarea moral. De ahí que el filósofo tenga que proponer o denunciar ciertas formas de justicia. En otras palabras, que aspire, y aporte argumentos, a que los humanos vivan en sociedad  combinando la libertad individual con las necesidades de todos. Si no logra dar razones convincentes mostrará, al menos, que, por ejemplo, la opción a favor de una sociedad igualitaria nos ofrece  bienes objetivos y satisfacción de conciencia. Pero volvamos a la destrucción de mitos que puedan embotar nuestras cabezas. Palabras densas, sin matizar, descaradamente ideologizadas, repetidas una y otra vez, acaban funcionando como verdades intocables. Piénsese, y es un ejemplo, en el tantas veces invocado y tantas veces pisoteado Estado de Derecho. Un ideal Estado de Derecho es una meta a la que habría que aspirar. Primero en cada uno de los Estados existentes. Y segundo, y eso sí que es un ideal a alcanzar, convertido en un orden mundial en el que nadie estuviera por encima de nadie. Sucede, sin embargo, que Estado de Derecho se utiliza como muletilla o cuando no se sabe qué decir. O como un mantra que conjuraría todos los males. En estos campos es donde la Filosofía, sin miedo, tendría que entrar,  llamar a las cosas por su nombre y acentuar la crítica y la autocrítica.

La Filosofía se refiere lo que sucede dentro de los límites del espacio y del  tiempo. Del resto nada sabe ni puede saber. Eso no obsta para que el sentido de la existencia, como cuestión de si merece la pena o no vivir, nos acucie sin cesar. Que no tenga una respuesta no significa que el choque contra los límites citados sea inútil. Porque avivará nuestras emociones y nos incitará a vivir lo mejor posible con nosotros mismos y con los demás. Y a compartir, sin dogmatismo alguno, la vida con todos aquellos que nacemos y morimos en el mismo barco. Escribió Wittgenstein que “Existe lo que no se puede decir”. Rápidamente se le tiraron encima acusándole de sinsentido. Porque si no se puede decir, no se puede decir y se acabó el asunto.  Tal vez olvidaron sus críticos que detrás de sus crípticas palabras se escondía la modestia de quien reconoce  la inmensidad de lo que desconocemos. Y eso también nos puede ayudar a vivir. Mientras tanto gocemos de todos los placeres posibles, evitemos el sufrimiento inútil, desarrollemos nuestras capacidades y hagámonos eco de los demás.

La Filosofía no arregla los desperfectos del mundo. Ayuda a conocernos y conocer. Como ayuda a vivir bien. Es eso lo que habría que enseñar. Es eso lo que tendríamos que aprender. Sin dogmatizar pero siendo despiadadamente críticos. Empezando con nosotros mismos. Y además de todo lo dicho y de su importancia práctica, no hay que olvidar el placer que otorga el filosofar por sí mismo. De ahí que no esté de más recordar al clásico: enseñar deleitando y deleitar enseñando.


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