Dominio público

Opinión a fondo

El discurso de Felipe VI. España… sin españoles dentro

01 Jul 2017
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Guillermo Errejón.
Sociólogo y miembro de la dirección de Podemos Euskadi

En la entrevista en “Otra vuelta de tuerka” con Pablo Iglesias, José Luis Villacañas dice

“Nunca los poderes estatales han convocado al pueblo español […] a ningún tipo de referéndum o ningún tipo de nuevo poder constituyente para revisar una constitución”.

Algo  de eso hubo ayer en el discurso del pasado miércoles en el Congreso de los Diputados de Felipe VI con motivo del 40 aniversario de las primeras elecciones tras la dictadura.

Miedo a abrir algún melón, a romper el (permanentemente invocado) espíritu del consenso, a adentrarse en alguna aventura peligrosa o, directamente, en alguna tragedia.

El discurso del jefe del Estado podía haber sorprendido.

Podía haberse mostrado cercano a los españoles y, aunque no fuera el tema, hablar de las dificultades materiales en que vive buena parte de nuestra sociedad. O hablar de la corrupción que parece inundar las altas esferas del Estado: uno de los tres principales problemas para el 54% de la sociedad española. O hablar de la violencia contra las mujeres, que ya se ha cobrado 27 vidas de enero a mayo.

Por no hablar del “pasado”: aquello que ocurrió antes y para que pudiéramos llegar a ese 15 de junio de 1977. Podía haber homenajeado (explícitamente, sin temor y por una vez) a los luchadores antifranquistas que pusieron cárcel, torturas o la vida para que tuviéramos democracia. No lo hizo.

Un periódico destacaba que un jefe del Estado español, después de cuarenta años y por primera vez, ha llamado “dictadura” a la dictadura franquista de 1936 a 1975. ¿Pasarán otros cuarenta para que la condene?, se preguntaba mucha gente ayer. ¿Y para que dedique tan sólo unas palabras, a quienes combatieron la dictadura?

Por todo eso el discurso de Felipe VI del miércoles, desgraciadamente, no sorprendió. Seguía la tradicional estela de palabras grandilocuentes, más o menos vacías, y de apelación constante al “espíritu del consenso”. En realidad, podría haber sido pronunciado por alguien de Ciudadanos; lo que es una buena noticia para Ciudadanos pero mala para los españoles.

La memoria sigue siendo una asignatura pendiente del presente. Porque es presente la orden de captura a Martín Villa por la justicia argentina. O Felipe VI dándole la mano en el homenaje al mismo Martín Villa. O las 2.500 fosas en España, 1.500 sin abrir, que nos convierten en el segundo país del mundo con más fosas comunes. O al torturador de la dictadura Gómez Pacheco, alias Billy el Niño, en el Paseo de La Habana de Madrid.

Todo ello es presente, y que a nadie le quepa duda, que no existirá reconciliación o convivencia justa para todos con miles de compatriotas en cunetas del país.  No por una cuestión de deseo sino de realidad: el Estado no ha cumplido con buena parte de nuestro pueblo, la que más sufrió y más puso para llegar hasta aquí.

Felipe VI decía que el responsable de aquellos años (1977, la transición) fue el pueblo español, ningún partido o personaje político. Estamos profundamente de acuerdo. Precisamente por eso porque eran pueblo español (o vasco, o catalán), podía haber citado a las 188 personas muertas en el transcurso de esos años: desde los abogados laboralistas de Atocha a los cinco obreros de Vitoria asesinados el 3 de marzo de 1976.

Pero ni siquiera, como decimos, lo más relevante sea la injusticia, la insensibilidad o a lo mejor el total desconocimiento de tantos españoles que dieron todo.

Lo más relevante es el alejamiento de nuestra sociedad, aquí y ahora.

En el caso de Cataluña, quizá sus ciudadanos necesitan oír algo más que el repetido “se tiene que cumplir la ley”.

Ciertamente, las alusiones implícitas a la no celebración del referéndum fueron lo más recurrente en el discurso del jefe del Estado. En un momento dado, dijo “Pues como señala una antigua cita, La libertad sigue siempre la misma suerte que las leyes, reina y perece con ellas”.

Cabría preguntarse si en el franquismo, que había ley, había libertad. Pero lo más importante es lo que parece decir del presente: la ley para algunas cuestiones es inamovible, sea cual sea la voluntad de los pueblos. La ley, mucho antes que la democracia.

Alejamiento de los catalanes pero sobre todo de buena parte de la sociedad española. De sus dolores, de su indignación, de sus temores y de su necesidad de creencia en un futuro relativamente justo.

Más presente aún que todo lo que hemos dicho es el 29% de pobreza infantil del que el partido en el Gobierno jamás habla y del que el actual Jefe de Estado, creemos, tampoco lo ha hecho. ¿Se puede querer a tu país sin que tal cosa te indigne?

Más presente es el alejamiento entre los ciudadanos y las élites políticas; la desconfianza y el escepticismo generalizado; la creencia de que el robo es lo normal.

No son muchos los elementos que pueden cohesionar una sociedad, y podríamos pensar que en España han sido principalmente tres: la creencia de que íbamos a poder vivir con cotas razonables de bienestar, y nuestros hijos mejor que nosotros; la creencia de que las decisiones fundamentales son tomadas entre todos y no por una minoría que las hurta; la creencia de que los de arriba, aun con posibles mejoras, conducen el país razonablemente bien, y no anteponen siempre y por encima de todo sus intereses personales a los del conjunto de su sociedad.

Quebradas estas tres creencias (bienestar social y  expectativas de futuro, democracia, cierta confianza en las élites), ¿qué puede encontrar la sociedad española para sentirse parte de un pacto y de un espíritu fraternal, como repetía Felipe VI el miércoles en el Congreso?

Dicho de otra manera, ¿Cuántas veces hay que invocar el “espíritu de la transición” o pronunciar “consenso” para que los españoles, de nuevo, tengan confianza en quienes les gobiernan, y en un futuro que no deje a buena parte de la sociedad atrás?

Obviamente es una pregunta retórica. Ninguna. O miles, da igual. A falta de elementos presentes, que existan aquí y ahora, que puedan renovar o construir un nuevo pacto, las élites citan una y otra vez a Suárez, al espíritu de la transición y al consenso.

Aunque “la transición” hubiera sido tan modélica, que no lo fue, ya no valdría. Ya sería insuficiente.

Las élites van camino de vivir en una España vacía, sin españoles dentro. En la que se dice mucho su nombre pero no se dan soluciones a los principales problemas de la gente: tener derechos, convenios colectivos o pensiones; poder decidir su propio futuro y que se les escuche; no estar gobernados por algo parecido a una mafia que parasita las instituciones de todos.

Modestamente algunos nos sentimos parte de ese otro país que (aun sin ser aún el oficial) sí se configura como el país real. Que empezó a nacer, quizás, el 15 de mayo de 2011. Que se ve como pueblo y decide tomar las riendas de su propio futuro. Que no le tiene miedo a que en España haya distintas naciones o a que puedan votar, sino a que cunda el cinismo y la resignación o a que nos acostumbremos a que los señoritos se salgan siempre con la suya.


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