La quiebra premeditada de la Seguridad Social

Para prevenir que el Gobierno se hubiera quedado corto en la dosis de miedo que debía inocularnos, en las últimas semanas asistimos a un bombardeo nada inocente sobre la supuesta quiebra de la Seguridad Social y la urgente necesidad de recortar las pensiones para que sea sostenible. La ofensiva fue iniciada por Fedea, la fundación auspiciada por el Ibex 35, que viene colocando en los grandes medios de comunicación amplios reportajes sobre las bondades de las llamadas cuentas nocionales, un sistema implantado en países como Suecia, Polonia y Letonia que vincula la pensión a lo cotizado y lo distribuye en función de la esperanza de vida a la manera de un fondo privado. Su gran virtud es que abarataría la pensiones en una cuantía no inferior al 40%.

Por si el mensaje no había calado o por si la crisis catalana nos había distraído, hemos conocido esta semana un informe de la OCDE que describe el Apocalipsis y le pone fecha: 2050. En ese año, según las predicciones del organismo, seremos el segundo país más envejecido del mundo desarrollado tras Japón con 77,5 pensionistas por cada 100 habitantes. El corolario es evidente: si no se reforma el sistema, al que se califica como uno de los más generosos del mundo en términos relativos pese a que cinco millones de personas reciben importes inferiores al salario mínimo, el naufragio será inevitable.

La publicación del informe ha coincidido con el nuevo sablazo a la hucha de las pensiones, reducida ya a un cerdito de barro, aunque, para no pasar a la historia como el Gobierno que se pulió 67.000 millones del Fondo de Reserva de una sentada, Moncloa intenta demorar lo inevitable. Así, para pagar la extra de diciembre a los jubilados   usará sólo 3.500 millones del calcetín y sufragará el resto con un crédito de Hacienda. Todo ello después de haber propiciado un déficit estructural de 15.000 millones al año, pese a haber establecido en la última reforma un mecanismo que impide la revalorización y jibariza los importes de manera que los pensionistas financian parte del agujero a costa de perder poder adquisitivo. Entre tanto, se han modificado las condiciones de los planes privados por si a alguien le da por picar en el tocomocho.

Tal y como se ha explicado aquí en varias ocasiones, el desvalijamiento de la Seguridad Social ha sido premeditado, el resultado obvio de aminorar los ingresos y multiplicar los desembolsos. No ha sido un producto de la crisis ya que en los primeros años, durante su etapa más virulenta, el sistema escapó del déficit y no fue necesario recurrir a las reservas. Se ha hecho que el crimen parezca un accidente.

El déficit de 15.000 millones no es sino el resultado de la combinación de varios factores. El primero, el vaciamiento de la hucha, que en su mejor momento ofrecía réditos de hasta 3.000 millones al año. El segundo, el uso de la Seguridad Social como pagador de las regalías gubernamentales, hasta el punto que de su caja han salido las bonificaciones y tarifas planas con las que, supuestamente, se animaba a la contratación y que han supuesto hasta 4.000 millones al año. Paralelamente, se ha trasladado a la Seguridad Social quebrantos que han permitido a otros organismos públicos cuadrar sus cuentas. El ejemplo obvio es del Servicio Público de Empleo, que en tiempos cotizaba por los parados mayores de 52 años y ahora sólo lo hace por los mayores de 55 años y con bases inferiores. Finalmente, la devaluación salarial impulsada por la reforma laboral ha provocado que el incremento de afiliados al sistema no redunde en mayores ingresos. La apariencia es la de un minucioso plan que aboca a la tijera, a la ampliación de la edad de jubilación y a la promoción del ahorro privado en beneficio de la banca, la misma que promueve las cuentas nocionales antes descritas.

Para enjugar gran parte del déficit no son necesarias grandes reflexiones de los expertos que van pasando por la Comisión del Pacto de Toledo para que nos hagamos el cuerpo a lo peor. Bastaría con un puñado de medidas que corrigieran las actuales vías de agua, que han sido enumeradas por el exsecretario de Estado para la Seguridad Social, Octavio Granado. A saber: reembolsar desde el Estado a la Seguridad Social las reducciones de cotización y bonificaciones que ahora paga; devolver la cotización a los parados mayores de 52 años por el 125% del SMI; hacer cotizar a los centros de enseñanza y a las empresas por los estudiantes en prácticas y becarios; devolver la cotización a los cuidadores de dependientes; eliminar el fraude en la cotización por contratos inferiores a cinco días para que incorporen festivos y vacaciones no trabajados y el de las horas extras; aumentar las bases de cotización de los contratos temporales de duración muy reducida y los de a tiempo parcial; y recargar la cotización de los empleos con coeficientes reductores de la edad de jubilación.

No es lo mismo abordar una reforma de las pensiones con un sistema prácticamente en equilibrio que con otro desangrado. De dicha reforma debería formar parte un pacto que impulse los salarios, que fomente la natalidad –que se consigue con ayudas públicas reales y no con 100 euros por niño- y que valore la aportación de los inmigrantes, tanto tiempo demonizados. No debería ser un anatema que una parte de las pensiones se paguen con impuestos ni que las medidas que se propongan persigan prioritariamente aumentar los ingresos en vez de recortar los gastos. Hablar de quiebra cuando las pensiones públicas en España representan un 11% del PIB frente al 13% de la media de la UE es la coartada de un atraco.