La comidita rápida de Rajoy

Juan Carlos Escudier

Si Rajoy fuera Robert de Niro en Los Intocables la comida que ha organizado este lunes con sus barones daría trabajo extra a la lavandería. Sin embargo, el gallego no es Al Capone, la aristocracia del PP no es exactamente un sindicato del crimen aunque la Policía hable de organización criminal, esto no es el Chicago de los años 20 y, sobre todo, al presidente le va más el ciclismo que el béisbol y nunca se le ha visto batear cabezas. Ahora bien, el mensaje del mafioso a los suyos sí que es perfectamente extrapolable: “El jugador jamás ganará el partido a menos que el equipo le ayude”. De eso va la reunión.

La comida del PP se presume más aburrida y hasta silenciosa, aunque el objetivo inicial sea justamente el contrario. Quiere Rajoy que los suyos se liberen, quemen simbólicamente el sostén y hablen a calzón quitado, con el peligro de que el mantel acabe manchado por otros motivos. Con esa sagacidad que confiere el liderazgo, el presidente ha reparado en que los suyos hacen la estatua en los cónclaves oficiales, ya sea para complacerle o para imitarle, hasta el punto de que en los últimos cinco años ha sido todo un acontecimiento que algún dirigente haya tomado la palabra para darle réplica. Una prueba de ello se vivió en la última Junta Directiva Nacional de enero convocada para analizar el desastre electoral en Cataluña. Sólo se escuchó la voz de Rajoy para decir que no había de qué preocuparse y la de Martínez Maíllo para hacerle la pelota. El emperador va desnudo y nadie se lo dice, ya sea para reírse luego o por el placer de que con estos fríos pille una pulmonía.

El temor a expresar alguna discrepancia está justificado porque los últimos que lo hicieron han acabado en FAES y  la ONG de Aznar empieza a parecerse al Metro en hora punta. De ahí que lo que la tormenta de ideas que se pretende desencadenar para frenar el auge de Ciudadanos se quede probablemente en simple llovizna y que la exigencia de cambios profundos en el Gobierno, que es lo que algunos de estos valerosos dirigentes piden en privado, se soslaye por mucho que corra el vino.

La estrategia, además, parece estar fijada. Ya no se trata de reemprender el camino hacia el centro, una travesía interminable en la que el PP lleva varías décadas y que demostraría lo alejados que estaba esta gente de la meta, sino de hacerse fuertes en la derecha para demostrar que no puede venir un advenedizo como Rivera a reclamar la propiedad sin aportar siquiera las escrituras. A ello van encaminadas las dos grandes propuestas del PP que harían añorar la ley del Talión como lo más parecido a la Declaración Universal de los Derechos Humanos: extender los delitos a los que sería de aplicación la prisión permanente revisable -más conocida como cadena perpetua-, e impedir que los condenados por sedición y rebelión puedan ser amnistiados.

Como por sí solo el PP no puede aprobar nada con su minoría parlamentaria, se trata de ganar a una parte del electorado por el estómago, o mejor dicho por las vísceras, y de poner a prueba a Ciudadanos y hacerle comulgar con este salvajismo penal, so pena de quedar retratados como los que abrieron los grilletes a los independentistas y permitieron que los asesinos no se mueran en la cárcel. Estas son las medidas estrellas del PP para recuperar el fervor popular en un país acogotado por el paro y la desigualdad, y que debería intentar cerrar su herida territorial y no despedazar a hachazos cualquier intento de concordia.

Ese será todo el menú que Rajoy sirva a sus invitados, más el postre de una nueva financiación autonómica que se quiere flambear con la ayuda del PSOE. Sería todo una sorpresa que alguien se atreviera con las verdades del barquero, que explicara que el Gobierno es un chiste que necesita soltar el lastre de sorayas, cospedales y montoros, que de tanto ocultar la corrupción bajo la alfombra ha surgido una cordillera, que la recuperación económica no se puede asentar en la precariedad porque en ese barro también chapotean sus potenciales votantes, que no se puede mentir indefinidamente sin que te pillen en un renuncio y que el verdadero cáncer del partido se echa la siesta en Moncloa de cuatro a seis. Los llamados a la comidita rápida de Rajoy se tragarán los pelos de la sopa con la mejor de sus sonrisas, no vaya a ser que en las municipales y autonómicas no se encuentren en las listas. Después llegará el brindis: A por ellos.