Opinion · Tierra de nadie

El silencio no es un sí

Puede que a los dioses se les permita escribir con renglones torcidos pero a los jueces, que no son divinos aunque muchos se lo crean, hay que exigirles buena letra para que se les entienda. La Justicia no ha de ser popular ni complacer sentimientos mayoritarios pero cuando resulta incomprensible para el conjunto de la sociedad y produce repugnancia hay elementos para pensar que los señores de la toga han perdido el juicio o que el libro gordo en el que se inspiran tiene una errata enorme que debe ser corregida de inmediato.

En el caso de la sentencia a la Manada hay bastante de las dos cosas. De un lado, existe un severo problema mental en uno de los miembros del tribunal o en los otros dos, porque es imposible que donde estos últimos ven abusos sexuales el primero contemple una orgía. Ambas cosas son inconjugables e imposibles. O estamos ante una relación forzada “objetivamente apreciable” o ante otra “desinhibida y cruda” donde lo que único que se aprecia es “jolgorio y regocijo”. Hay dos tarados o uno.

Por otra parte, algo no está bien en un Código Penal que permite interpretaciones tan sutiles de hechos incontestables. Salvando las distancias, ocurre algo parecido al caso de un asesino que asesta cien puñaladas a su víctima y el fallo niega el ensañamiento porque la primera de ellas acabó con su vida. ¿Cómo es posible rebajar una violación a simples abusos con el argumento de que no concurren violencia e intimidación? ¿Acaso la violencia no se encuentra implícita en un acto que se ejecuta contra el deseo y la voluntad de la mujer?

Estamos de nuevo ante planteamientos similares al de los homicidios cometidos por mujeres contra sus maltratadores, a los que se excluye de órbita de la legítima defensa por el hecho de que no suelen ser reacciones inmediatas a las palizas sino una acción posterior fruto de un proceso constante de terror y humillaciones. Si el hombre se excede y mata a la mujer puede acogerse a la enajenación mental pero si lo hace la mujer aprovechando que está dormido o borracho hay premeditación. Según esta Justicia incomprensible, tampoco sería posible alegar legítima defensa si la mujer decide hacer frente a los puñetazos con una pistola o un cuchillo porque estaría usando un “medio desproporcionado”.

Estamos ante un Código Penal machista hecho por y para los hombres. La sentencia contra la Manada no es que no aprecie violencia. Es que asegura que, aunque viciado, hubo consentimiento de la mujer. Exige sangre, desgarros y maltratos para considerar que hubo violación. Necesita que la mujer se resista y patalee, cierre las piernas muy fuerte y se deje matar si fuera necesario.  Y desprecia que su respuesta pueda ser la simple parálisis ante la acometida en un cuchitril de cinco bestias que se iban marchando según eyaculaban, y que antes incluso de llegar a Pamplona habían planificado sus acciones: “Hay que empezar a buscar el cloroformo, los reinoles, las cuerdas… para no cogernos los dedos porque después queremos violar todos”.

Ni siquiera tiene el fallo la coherencia suficiente para reducir la agresión a simples abusos. Así, se destaca que en dos de los vídeos que se evaluaban “la denunciante estaba agazapada, acorralada contra la pared por dos de los procesados y gritando”. De esas imágenes deduce la sentencia que la chica “estaba aterrorizada y sometida”. ¿No es ésta la intimidación que exige la ley para hablar de violación?

Es urgente cambiar el Código Penal para que considere violación todo acto sexual realizado sin consentimiento. Es algo que ya se reconoce en varios países de Europa, desde Gran Bretaña a Alemania, pasando por Bélgica, Irlanda y Luxemburgo, y que está recogido en el Convenio del Consejo de Europa sobre Prevención y Lucha contra la Violencia contra las Mujeres y la Violencia Doméstica, conocido también como  Convenio de Estambul. El uso de la fuerza no puede ser determinante para distinguir el abuso de la agresión porque la violencia no es necesariamente física. Todo prevalimiento es esencialmente violento. Las víctimas no han de someterse a martirio para demostrar que no fingen, que no simulan, que no son culpables. El silencio no es un sí.