Sin derecho a comer

Nos dicen que quieren acabar con el hambre en el mundo, que si no ha sido posible en el 2015 lo será más adelante. Ahora cuando caducan los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), sin por cierto haber conseguido nada, se inventan nuevos conceptos como la Agenda para el Desarrollo Post-2015 y nos dicen que esperemos y confiemos, que lo dejemos en sus manos, que ésta es la definitiva. Y la historia, o la mentira, se repite de nuevo.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, impulsados por las Naciones Unidas en el año 2000, han acabado en papel mojado, como acabará, se lo garantizo, la Agenda para el Desarrollo Post-2015 o lo que siga. Porque poner fin al hambre no depende de declaraciones de buenas intenciones, ni de acuerdos signados, ni de firmes liderazgos en las altas esferas… depende única y exclusivamente de voluntad política. Y ésta no existe.

De dichos temas trata la Consulta de Alto Nivel de las Naciones Unidas sobre Hambre, Seguridad Alimentaria y Nutrición que se celebra hoy en Madrid, en el marco de una serie de diálogos internacionales promovidos por la ONU, y que reúne desde su secretario general, Ban Ki-moon, al presidente Mariano Rajoy, a la flor y nata de la ONU y a representantes del mundo empresarial, académico… Su objetivo: discutir sobre cómo enfrentar el hambre a partir del 2015, fecha en que concluyen los ODM. Aunque si gobiernos que nos han conducido a la presente situación de bancarrota tienen que liderar este proceso, mal vamos.

Los artífices de lo recortable, que han disparado las cifras del hambre acá y a escala internacional, poco, o más bien nada, tienen que aportar al respecto. En el Estado español, y según datos del Instituto Nacional de Estadística del 2010, se calcula que al menos un millón cien mil personas pasan hambre y no ingieren las calorías y proteínas mínimas necesarias. Una cifra que en el actual contexto de crisis económica, social, paro y precariedad seguro es mayor. Y no sólo esto. El Gobierno español, anfitrión de la Consulta de la ONU, es el mismo que ha aniquilado la Ayuda Oficial al Desarrollo, reduciendo su partida a la mínima expresión, situándola a niveles de 1990 y a la cola de la Unión Europea. Esta es la solidaridad del Gobierno con los países del Sur, cero.

Las Naciones Unidas nos dicen que para poner fin al hambre tenemos que confiar en el crecimiento. Lo señala en su informe El Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo 2012: “Los pobres deben participar en el proceso de crecimiento y sus beneficios. El crecimiento debe lograrse con la participación de los pobres y extenderse a estos”. Y añade: “El crecimiento agrícola es particularmente eficaz para reducir el hambre y la malnutrición”. Pero ahí no está el problema. No se trata de querer arrancar de nuevo la maquinaria del crecimiento económico como fórmula mágica. Lo que necesitamos es redistribución y justicia. Especialmente en las políticas agrícolas y alimentarias, donde toneladas de alimentos acaban diariamente en la basura, entretanto 870 millones de personas en todo el mundo pasan hambre. No más riqueza concentrada en pocas manos, sino más democracia.

La producción de alimentos desde los años 60 se ha multiplicado por tres, según indica la organización GRAIN, mientras que la población mundial, desde entonces, tan solo se ha duplicado. Hay una cantidad ingente de comida, mayor que en ningún otro período en la historia, pero si no tienes dinero para pagarla o acceso a la tierra, al agua, a las semillas… para producirla, no comes. No se trata de producir más alimentos, sino de repartir los que ya existen. Es todo el modelo agroalimentario, al servicio de unos pocos intereses privados, el que falla.

El hambre, señalan medios e instituciones internacionales, es fruto de fenómenos meteorológicos y conflictos bélicos. No sólo ni principalmente, añado. Las causas del hambre son políticas y tienen que ver con quienes controlan las políticas agrícolas y alimentarias, a quienes benefician, y en manos de quien están los medios de producción de alimentos. Sólo así se explica que países como Haití, que en los años 70 producía suficiente arroz para alimentar a su población, hoy sea uno de los países más afectados por el hambre. Desde los años 80 a la actualidad, las políticas de liberalización comercial, de invasión de sus mercados con productos subvencionados de multinacionales del Norte vendidos por debajo de su precio de coste, etc. han acabado con sus sistemas agrícolas, anulado su soberanía alimentaria y convertido el país en dependiente de la compra de comida a empresas extranjeras. No es el azar el que ha conducido a Haití, como tantos otros países, al hambre, sino la política.

En el contexto actual de crisis profunda del sistema, los bienes comunes se convierten en la nueva fuente de negocio del capital. Se intensifica el acaparamiento de tierras, la privatización del agua, la especulación con la comida. En otras palabras, lo que el geógrafo David Harvey llama la acumulación por desposesión. O como hacerse rico a costa de privatizar lo de la mayoría. Y dichos procesos no hacen sino aumentar las causas del hambre, dejando a muchos sin derecho a comer.

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