Cadena perpetua

Lidia Falcón

En esta convulsa época tan desconcertante los políticos  aprovechados a la caza de oportunidades, como en almacenes en tiempo de rebajas, encuentran en los acontecimientos más deplorables el campo abonado para sus detestables campañas.

La de la prisión permanente revisable, ese nuevo constructo eufemístico para encubrir la terminología clásica que es la cadena perpetua, que ha enzarzado a los partidos políticos en broncas discusiones en el Parlamento –por otro lado mucho menos agresivas que en Italia o en el Reino Unido- constituye un penoso ejemplo de la infamia política que protagonizan el Partido Popular y Ciudadanos. Agitando el dolor y la indignación de las víctimas de horribles crímenes  están ya en campaña electoral.

Una de las experiencias más desconcertante y penosa a la vez ha sido comprobar que  medios de comunicación y dirigentes políticos que se reclaman progresistas –aunque de centro porque son de orden- levantan su voz para defender ese horrible castigo. Siguiendo con los discursos en boga hoy que rechazan toda adscripción a la derecha o la izquierda, reclaman el mantenimiento de esa pena no como indicativo de la ideología, y la práctica, de la derecha, mantenida durante siglos, sino como una muestra de su solidaridad con las víctimas y el deseo de proteger a la sociedad de criminales sin conciencia.

Ninguno de estos voceros y periodistas han apoyado nunca una legislación más dura en la persecución de los maltratadores de mujeres. La petición continuada del Partido Feminista de que se modifique la Ley de Violencia de Género para obligar a la judicatura a dictar más órdenes de prisión contra maltratadores y violadores no ha encontrado nunca solidaridad ni apoyo en sus organizaciones políticas ni en sus periódicos. Pero cuando salta a todos los informativos el asesinato del niño Gabriel encuentran un caudal inagotable de morbo y de estremecimiento social que creen que puede beneficiar sus expectativas electorales.

Ya sabemos que esta es la conducta habitual de la derecha, pero lo que no es aceptable es que se disfrace de “apolítica” y “apartidaria”, asegurando que esa medida no corresponde a un ideario reaccionario, caracterizado siempre por la crueldad con que ha castigado durante milenios todo delito. Asegurando que esa es una demanda mayoritaria de los ciudadanos y apoyándose en las concentraciones, manifestaciones y encuestas que se están celebrando estos días, recurren al conocido engaño de asegurar que es una demanda “transversal” y que no corresponde a una ideología reaccionaria sino a la necesidad de proteger a la sociedad. Ya sabemos que para la derecha la seguridad siempre es más importante que la libertad.

Esta falacia repetida, sin duda engañará a una buena parte de la ciudadanía, siempre tan sensible a las desgracias personales y tan ignorante y desinteresada de los grandes temas sociales y políticos. Por ello es imprescindible recordar que sólo la izquierda, es decir aquellos partidos y organizaciones que se inscriben en los sectores progresistas de la sociedad es la que ha luchado durante varios siglos, con gran sacrificio para sus militantes, por acabar con las explotaciones, injusticias y crueldades que caracterizan a la derecha.

La izquierda se define por la posición de sus diputados, jacobinos, en la Asamblea Francesa que ha de consumar la Revolución. La izquierda dedica más de  un siglo sus esfuerzos para abolir la esclavitud, aprobar el sufragio universal y femenino, apoyar la lucha feminista y participar en la de los derechos civiles y contra el racismo, detener al fascismo y al nazismo y erradicar de los códigos penales la pena de muerte, la tortura, la humillación pública, la picota, las ejecuciones en las plazas de las ciudades, y lograr que la mayoría de naciones del mundo aprobaran en 1948 la Declaración de Derechos Humanos en la ONU.

Y es ya una experiencia probada que cuanto menos cruel es el sistema penitenciario más pacífica y avanzada es una sociedad. No hay más que comparar el nivel de delincuencia de los países europeos donde la pena de muerte se ha abolido hace medio siglo con el de Estados Unidos y otros países donde las mutilaciones, las lapidaciones y las ejecuciones públicas se siguen practicando.

En 1994 Frank Darabont filmó una película titulada Cadena Perpetua, protagonizada por Tim Robbins y Morgan Freeman donde se denunciaba la crueldad de semejante castigo. Por primera vez se planteaba en EEUU la crítica a una pena inhumana como la cadena perpetua, cuando todavía no se ha conseguido abolir la de muerte. En España creíamos cerrado el debate sobre la cadena perpetua por haber desechado toda posibilidad de que semejante tortura volviera a implantarse.

Recordando lo que ha supuesto recorrer siglos de barbarie para alcanzar este débil grado de civilización de que disfrutamos, la izquierda debe levantar muy alto su voz para que no se olvide que su esforzada labor de tanto tiempo ha llevado a aceptar en nuestra Constitución que aparte del castigo el objetivo de la pena es la rehabilitación del delincuente, porque lo consideramos un ser humano que con sus facultades de reflexión y adaptación tiene la capacidad de cambiar y revertir la maldad que albergara.

Ya sabemos que los casos en que han reincidido asesinos y violadores de mujeres y niños, después de cumplir condena y salir en libertad, niegan esa posibilidad de superación que poseen los seres humanos. Pero es que nuestro sistema penitenciario no está organizado para llevar a cabo precisamente esa tarea de rehabilitación. Una fiscala de vigilancia penitenciaria lo explicaba detalladamente en un programa de televisión. Nuestras cárceles están abarrotadas, precisamente por los menos culpables y peligrosos, no hay suficientes funcionarios ni profesionales especializados y los programas de rehabilitación son inoperantes. Pero es que tampoco se arbitran los medios de vigilancia de aquellos reclusos que tienen permisos o libertades condicionales, porque nuestra Administración ni tiene medios económicos para ello, siempre destinados a fastos, monumentos y bancos,  y existe una habitual desidia en llevar a cabo programas de control dirigidos por verdaderos expertos.

Da menos trabajo y ocasiona menos gasto almacenar a los presos en las prisiones que proporcionarles educación, trabajo, deporte y tratamientos psicológicos. Y cuando se trata de aquellos condenados por terribles delitos, se les incomunica durante 21 horas al día en una celda de 10 metros cuadrados sin insertarlos en ningún trabajo, estudio, tratamiento de rehabilitación o comunicación con otros presos, como al asesino de Rocío Wannenkhof y Sonia Carabantes. Y asunto concluido. Como si no perteneciéramos a la Unión Europea, como si el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo no existiera y como si la Declaración de la ONU de 1948 no de determinara que “no se puede someter a ninguna persona a tortura, tratos inhumanos o degradantes”.   

Y que ninguno de los dolientes familiares de las víctimas, víctimas ellos a su vez, ni las masas solidarias que se manifiestan en las calles ni los vociferantes defensores de la prisión permanente revisable crean que con implantar la cadena perpetua se va a erradicar la violencia contra las mujeres y los niños. Porque esa violencia se engendra y se alimenta en la familia, donde los maridos maltratadores se creen con derecho a apalear a su mujer y donde los padres maltratadores tienen la custodia de sus hijos; en la escuela que enseña el machismo; en la repugnante pornografía donde las mujeres son carne de violación y maltrato, que se distribuye por todas las redes sociales y se exhibe en todas las calles; en la prostitución consentida y defendida por quienes se benefician de ella; en la judicatura y la fiscalía que protegen a los violadores y maltratadores y se niegan a adoptar medidas cautelares contra los acusados; en la sociedad que hace caso omiso del sufrimiento de las víctimas; en los partidos políticos que son indiferentes a las reclamaciones del Movimiento Feminista para que arbitre una nueva legislación protectora de las mujeres.

Y tantas carencias no se compensan con encerrar al culpable de por vida cuando el crimen ya se ha cometido, mientras se ignoran las medidas de prevención. Aunque se comprenda el deseo de los familiares de vengarse del culpable y en ello le acompañe una sociedad que solo días antes se ha mostrado completamente indiferente a las reclamaciones feministas.

Utilizar el argumento de que la mayoría de la ciudadanía está a favor de esa pena es completamente falaz. Porque los principios no se someten a votación. Una vez que la humanidad ha llegado a aceptar determinados principios de convivencia, de solidaridad, de progreso, no se puede admitir ni el cambio ni aún la duda, porque significa retroceder a etapas anteriores de barbarie humana. Y ya se sabe que los sentimientos de las personas son fácilmente manipulables, sobre todo cuando se manipulan en momentos de gran tensión y dolor.

De ninguna manera aceptaremos que se convoquen referéndums para pretender volver a aprobar la esclavitud, la inferioridad de la mujer o de las personas de otra etnia, la pena de muerte o la tortura. Sabemos que cuando comenzó la lucha por abolir la esclavitud era una minoría de personas progresistas quien la defendía en razón del principio de la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Como todas las causas de progreso y avance de la humanidad que ha liderado siempre la izquierda.