Traducido del ruso

04 Abr 2011
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Una encuesta en España sobre escritores rusos apenas registraría otros nombres que los de Pushkin, Tolstói, Dostoievski, Gorki, Gógol y Chéjov, acaso Pasternak, Nabokov o Grossman. Son pocos para una gran literatura que, en contra de lo que muchos creen, no surgió y casi se extinguió en un solo siglo, el XIX. Por fortuna, editoriales como Alba y Nevsky Prospects amplían ese horizonte, sin recurrir, como se hizo durante décadas, a traducir traducciones del ruso al inglés o el francés.

Hoy, un nutrido grupo de traductores va creando escuela. Como Marta Rebón, cuya versión de ‘Vida y destino’, de Grossman, obtuvo el premio La Literatura Rusa en España que, por vez primera, concedió hace dos años el Centro Borís Yeltsin, y organizó la Fundación Pushkin, que dirige Alexander Chernosvítov. Hace unos días, en su segunda edición, que coincide con el Año Dual España-Rusia, el jurado dividió el premio.

Fernando Otero Macías fue galardonado por ‘El peregrino encantado’ (Alba), de Nikolái Leskov, un clásico del XIX semidesconocido en España que, con reminiscencias de Dostoievski, escarba en la ‘atormentada alma rusa’. Por su parte, Yulia Dobrovoslkaia y José María Muñoz Rovira fueron premiados por su versión de una de las novelas más innovadoras de la primera década del XXI: ‘El día del oprichnik’ (Alfaguara), de Vladímir Sorokin.

En otra de sus obras, ‘Hielo’, que ahora se edita en España (misma editorial, mismos traductores), Sorokin habla de la “amable y temible época de Yeltsin”. Leyendo ‘El día del oprichnik’ (título que hace referencia a la guardia personal de Iván el Terrible) se entiende esa rara nostalgia. Se trata de una fábula política que se desarrolla en 2027 pero que, en el fondo, es una crítica apenas disfrazada la ‘soviética’ forma de gobernar de Vladímir Putin, que contrasta con la de Yeltsin. Ésta era arbitraria e impredecible, pero al menos permitía la discrepancia y alumbró lo más parecido a la libertad de prensa que jamás ha tenido Rusia. La gran metáfora de Sorokin es la construcción de un muro que, como el que cayó en Berlín hace 21 años, intenta prevenir la contaminación ideológica de Occidente.

Dobrovoskaia y Muñor Rovira, con una fidelidad al original que exige importantes dosis de imaginación, hacen comprensible para el lector en castellano un lenguaje desaforado y enloquecido, clave para transmitir el mensaje transgresor de Sorokin. Y de paso demuestran que la literatura rusa es capaz de resurgir incluso en un medio hostil a la discrepancia.


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