El hombre tranquilo se cabrea

28 Dic 2012
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Quizá no haya muchos que conozcan la pieza narrativa que dio origen a una de las más hermosas películas de John Ford, El hombre tranquilo, ahora editado en castellano por primera vez por la editorial Reino de Cordelia. Sin embargo, su autor, Maurice Walsh, fue un excelente escritor irlandés —tierra de grandes escritores—, muy comprometido con la causa nacional de su país. La lucha de liberación es precisamente uno de los hilos conductores de la colección de historias de las que forma parte El hombre tranquilo.

Javier Reverte ha escrito un notable prólogo para esta novela, que acaba de aparecer en las librerías españolas después de que hayamos disfrutado tanto de la película a la que dio origen. Y nuevamente se planteará la vieja cuestión: ¿qué prefiere usted, el libro o la película? Y siempre se podrá contestar con aquella conversación entre las dos cabras que se estaban comiendo la cinta de celuloide de una película. ¿Te gusta?, pregunta una. Y la otra contesta. Sí, pero estaba mejor el libro.

La versión fílmica de El hombre tranquilo obvia el entorno nacionalista del protagonista, y se centra en otro tipo de combate, el de la dignidad del acosado y humillado. Seguramente, en el contexto de todas las narraciones que conforman el libro unitario Green Rushes —traducida al español bajo el título de su historia más conocida, El hombre tranquilo—, el pasado nacionalista de Sean Thorton (John Wayne en la versión cinematográfica) es fundamental para entender el personaje.

John Ford deja ese tema de lado, y nos cuenta la historia de un boxeador (John Wayne) que se retira del ring por haber matado fortuitamente a su contrincante en el transcurso de un combate pugilístico (cosa que no está en la novela). Sean Thorton vuelve a su Irlanda natal para convertirse en un ciudadano pacífico y tranquilo. En su nueva vida se enamora de una chica pelirroja y valiente (Maureen O`Hara). Pero sufre el acoso, el desprecio y la ofensa pública del matón del lugar, que —¡oh eterno melodrama!— no es otro que el hermano de la mujer amada.

Pero a lo que íbamos. Tanto en la historia fílmica como en la escrita, se nos cuenta la historia de un hombre pacífico, es más, de un hombre cansado de la lucha por la vida, y que solo quiere que le dejen en paz. Un jubilado, vamos. Pero, ¿puede uno permanecer pasivo si todos los días se sufre un deterioro, una humillación? El gran hallazgo de Ford fue mostrar que el primer indignado por la mentira, la ofensa y la ignominia es un miembro de la familia: su mujer. Es ella la que desprecia a su propio marido y le abandona.

Ford cuenta una hermosa historia de amor, y del estallido de ira producido por el sentimiento de pérdida. La paciencia del Hombre Tranquilo se acaba no porque a él se le agote, sino causada por el desprecio del ser querido.

El autor de la novela acusó a Ford de tergiversar su relato —además, se sentía mal pagado ante el éxito mundial de la versión cinematográfica—. Y es verdad que la concepción del personaje de Sean Thorton es distinta y distante en la novela y en la película. A uno le costaría aceptar un John Wayne como radical irlandés miembro del IRA —aun del IRA pre independencia—, lo que es precisamente el personaje en la novela. Pero a veces las circunstancias políticas ponen de acuerdo lo imposible, e igual cabreo estalla en dos personajes que son el mismo, pero que no lo sabían.

Pero estas cosas solo pasan en la ficción del cine o la novela, ya se sabe.


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