Opinion · Otras miradas

¿De quién son nuestras tetas?

Marta Nebot

Periodista

España es uno de los países del mundo donde más practicamos el topless, por delante de las que lo trajeron a nuestras tierras, allá por los sesenta (las suecas, las noruegas…). En las playas, está todo claro: la que quiera que se atreva, pero en las piscinas, en ocasiones, pasa justo lo contrario: algunas han querido, se han atrevido y las han echado fuera.

En L´Ametlla del Vallés, una localidad a 35 kilómetros de Barcelona, el verano pasado, expulsaron a dos mujeres de la piscina municipal por hacerlo y el alcalde, del PDeCat, Andreu González, prometió debatirlo y cambiar la normativa, si el pleno lo aprobaba. En marzo, lo que llevó al pleno y se aprobó fue un referéndum, entre las mujeres empadronadas mayores de 16 años, sobre si permitir o no el topless en la piscina municipal. La idea, según me cuentan fuentes del Ayuntamiento, fue del Observatorio de Igualdad y de Género catalán, “porque nosotros no tenemos consejería de eso” y “no sabíamos cómo hacerlo”.

Me enteré de este caso en una tertulia de mujeres de TVE, que se llama Amigas y Conocidas y el debate fue encendido y solitario, para mí, que me quedé más sola que la una defendiendo que fuéramos solo mujeres las que votaran en esta consulta. Mi argumento fue: igual que con el aborto creo que nuestro cuerpo es nuestro y las decisiones sobre él nos pertenecen, en el caso del topless, lo mismo. En el fragor de la batallita dialéctica llegué a afirmar, en defensa de mi tesis: imaginaos que votan ellos también y el resultado es que, por mayoría masculina, sigue prohibido el topless en la piscina municipal. Entonces, ¿no podemos enseñar las tetas porque ellos nos lo prohíben?  La bronca terminó en tablas y el asunto quedó en mi cabeza dando vueltas.

Confieso que he practicado el topless con ganas hasta que empecé a salir por la tele y me dio miedo que me robaran esa imagen y alguien la publicara y, para evitarlo, me hurté el placer de bañarme y de estar, al sol de verano, con el torso desnudo.

A raíz de este episodio, me he acordado mucho de aquel placer perdido y creo que el recuerdo me ha hecho cambiar de idea, después de hacerme unas cuantas preguntas.

¿Por qué ellos pueden disfrutar de ese placer sin preguntarnos? A mí me excitan los torsos masculinos, supongo que (como a todas las heterosexuales) y ahí están todo el tiempo y nadie nos pregunta si nos molestan o no. ¿Nosotras tenemos que ser capaces de controlar nuestro deseo solas y a ellos tenemos que ayudarles? El pezón masculino es igual de erótico y de erógeno que el femenino. ¿Por qué nuestros torsos son vergonzosos y los suyos no?  ¿Por qué pueden usar nuestras tetas para hacer toda la publicidad del mundo y nosotras no podemos usarla para darnos el gusto de ir a pecho descubierto? La sensación psíquica es de no tener nada que ocultar ni a nosotras ni al mundo. ¿Por qué tiene que ser un placer exclusivo para las que puedan ir a la playa o tengan acceso a piscinas de ricos?

Me pongo a rememorarlo y era tan gozoso, tan liberador, tenía tan poco que ver con el público y tanto conmigo misma. Me dan pena l@s que dan el argumento estético para criticar esta práctica tan sumamente placentera. ¿Solo para cuerpos bonitos, es decir, solo de galería hacia afuera?  No saben lo que se pierden y, como prueba empírica, les propongo que lo prueben; a ellas, en la soledad de alguna piscina privada o de alguna playa desierta; y, a ellos, que se pongan un sujetador (y así, de paso, descubran lo que aprietan) o si es demasiado pedir, que se pongan una camiseta, y se tiren al agua, para que sientan la diferencia.

Para quien no sea de experimentos se me ocurre una analogía que creo que puede ayudar a entender. Fui miope con gafas de los diecisiete a los veinticinco años. Nunca fui capaz de ponerme una lentilla. Cuando me operé y mi cara se quitó la prótesis, empecé a ver sin niebla y sin marco y redescubrí experiencias perdidas, como sacar la cabeza por la ventanilla del coche en un día de verano, o bañarme en el mar viendo bien, sentir la brisa en la cara y no a través de una ventana cerrada. Con gafas estaba en el mar igual, pero no era lo mismo.

En fin, después de hacer un cocktail con mis recuerdos, con todos los argumentos y con unas cuantas preguntas, he llegado a la conclusión de que esa consulta es innecesaria y una trampa en la que caigo/caemos a menudo: ¿Qué nos hace pensar que si votan solo las mujeres no ganará el machismo?

Dolors Ferrer, la portavoz del ayuntamiento de L´Ametlla del Vallés, para este asunto, me acaba de decir: “al principio estaba convencida de que saldría que sí al topless; en el pueblo casi no se hablaba del tema. Pero, desde que sale en los medios, he recibido llamadas de vecinas muy enfadadas que creen que no se tendría que permitir. Ahora tengo dudas.” Dentro de cuatro semanas, veremos.

En mi adolescencia, en según qué playas, no te miraban bien o demasiado bien, por estar en tetas. Ahora, en esas mismas playas, a las que vuelvo cada año, nadie mira a nadie y reconozco que el cambio ha sido espectacular, en solo dos décadas. Con un poco de suerte y coraje, lo mismo esta nueva conquista la logramos en menos tiempo. Dolors me ha contado, también, que hay pueblos que ya permiten a hombres y mujeres disfrutar de la piscina municipal del mismo modo.