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Propagandistas sin espinazo

12 mar 2011
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GIDEON LEVY

Ocurrió hace mucho tiempo: yo quería ser aceptado en el curso de cadetes del Ministerio de Exteriores. Israel era entonces un país diferente, mis opiniones sobre el Estado no eran las mismas que las de hoy, y los enviados de Israel en el exterior eran, ciertamente, embajadores. Mucho champán ha fluido desde entonces; y, por fortuna, no fui admitido en aquel curso. Por supuesto, sería imposible para mí explicar las políticas actuales del país. Algo tardíamente, Ilan Baruch, un veterano diplomático israelí, también reconoció su ineptitud para representar o explicar esas políticas. La semana pasada entregó su carta de dimisión, un documento impresionante que debería ser estudiado en el próximo curso de cadetes.
Su visión puede ser deficiente. Baruch fue herido en un ojo durante la guerra de Yom Kipur, pero él se las ha arreglado para ver algo que aún permanece opaco para sus colegas: la “dinámica maligna” de Israel, como él la describió. Como resultado de esta dinámica, reunió el coraje para dimitir, una decisión que debería ser elogiada. La dimisión de Baruch
y el silencio cobarde de sus colegas expone el estado del coro de embajadores de Israel.

Nuestro cuerpo diplomático está compuesto fundamentalmente hoy por propagandistas sin espinazo, vacíos de valores o conciencia. Ciertamente hay algunos diplomáticos que se identifican con las actuales políticas del Gobierno, incluso con la conducta escandalosa de su ministro de Exteriores. Pero la verdad es aparentemente más sórdida: una gran parte de ellos se opone a la conducta del Estado que representan y no son más que marionetas en un feo espectáculo, cantantes de fondo del ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman.
Tal vez mejor que muchos otros israelíes, los diplomáticos conocen lo que el mundo piensa de Israel y por qué. Ellos saben que, bajo la batuta de Lieberman, el Ministerio de Exteriores se ha convertido en un navío de ira hacia el mundo entero. Ellos saben que ningún embajador es suficientemente capaz de explicar la brutalidad de la operación Plomo Fundido o la matanza sin sentido en el barco Mavi Marmara.

Ellos saben que ningún país del planeta acepta la ocupación, los asentamientos o las señales de un apartheid israelí. Ellos saben que ningún diplomático en el extranjero puede persuadir a nadie de que Israel está verdaderamente comprometido con la consecución de la paz. Ellos saben que ahí afuera hay un nuevo alineamiento del mundo, uno que no tiene paciencia con la tiranía del tipo llevado a cabo por la ocupación israelí.

Ellos saben todo esto; no obstante permanecen callados. Nosotros tenemos ya pilotos que
rehúsan ejecutar órdenes y soldados que rehúsan actuar contra su conciencia; sin embargo, hasta que el patriota Ilan Baruch habló, Israel no tenía un solo diplomático que rehusara llevar a cabo políticas que chocaran con su sentido moral.
Cierto, en esta nueva era, el papel del embajador ha perdido mucho de su sustancia. La conexión entre el henchido sentimiento de autoimportancia de un diplomático y su cometido actual se ha hecho tenue. Virtualmente, todo lo que queda es poder, prestigio, coches extravagantes, residencias opulentas y otras reliquias de los días de los grandes imperios, cuando los embajadores servían a grandes distancias de sus países de origen. La mayoría de los diplomáticos instalados hoy en el mundo son meros abogados de políticas. Pero a diferencia de los abogados que representan a criminales ante los tribunales, los embajadores necesitan identificarse en gran medida con aquellos que los envían a sus andanzas diplomáticas.

Se puede asumir que una cierta parte del cuerpo diplomático de Israel carece de tal sentido ideológico y emocional de identificación, pero guarda silencio. Muchos simplemente quieren servir fielmente a su país, y ello los lleva a intentar vender, pese a todo, el producto del “bello Israel”. El resultado puede ser patético.
Recientemente capté una entrevista realizada en uno de nuestros consulados en EEUU con el israelí que creó el Zenga
Zenga, el clip que satirizó a Muamar Gadafi (el último éxito en YouTube); a continuación, presentaron una victoriosa receta israelí de un plato de berenjena. Cierto, no es fácil ser embajador israelí en esta época, no por la hostilidad del mundo hacia nosotros, sino por las políticas del país. ¿Qué se supone que debe decir un embajador acerca de los “esfuerzos de paz” de su país, cuando el ministro de Exteriores afirma ante la ONU que tales esfuerzos no tienen posibilidad alguna? ¿Y qué se supone que debe decir un diplomático acerca del carácter democrático de su Estado cuando los palestinos viven sin derechos?
No es fácil enjuiciar a otros y exigirles que renuncien a sus
carreras y a su efímera gloria. Pero ¿es excesivo esperar que hagan oír sus voces y demuestren algo de fortaleza? ¿Algo de integridad? Deberían mirar a su colega, Baruch, el bendito.

© Haaretz

Guideon Levy es periodista israelí

Netanyahu y la maldad

29 ene 2010
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GIDEON LEVY

Los peces gordos de Israel atacaron al alba en un enorme frente. El presidente, en Alemania; el primer ministro, en Polonia, rodeado de un gran séquito; el ministro de Asuntos Exteriores, en Hungría; su viceministro, en Eslovaquia; el de Cultura, en Francia; el de Información, en Naciones Unidas, e incluso Ayoob Kara, diputado del Likud en la Knesset y miembro de la comunidad drusa, hizo lo propio en Italia. Todos ellos se desplazaron para pronunciar floridos discursos sobre el Holocausto.

El miércoles pasado fue el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Hacía una eternidad que no se veía semejante campaña de relaciones públicas por parte de Israel. No es casual el momento elegido para llevar a cabo este inusitado esfuerzo (pues jamás habían desplegado tantos ministros por todo el planeta): cuando el mundo habla de Goldstone [informe que culpa a Israel de crímenes en Gaza], nosotros hablamos del Holocausto, como para difuminar esa impresión; cuando el mundo habla de ocupación, nosotros hablamos de Irán, como si quisiéramos que olvidasen.

No servirá de gran cosa. El Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto ha pasado; pronto se olvidarán los discursos y sólo quedará la deprimente realidad de todos los días. La imagen de Israel no mejorará ni siquiera después de esta campaña de relaciones públicas. La víspera de su viaje, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, habló en Yad Vashem. “Hay maldad en el mundo –declaró–. La maldad debe arrancarse de raíz”. Hay quienes “intentan negar la verdad”. Palabras grandilocuentes, dichas por la misma persona que tan solo un día antes, en un tono muy distinto, pronunciaba otras muy diferentes, llenas de maldad, de una maldad que habría que arrancar de raíz, de un maldad que Israel trata de ocultar.

Netanyahu habló de una nueva “política de inmigración”, una política que rezuma maldad. Maliciosamente, metió en el mismo saco a los trabajadores inmigrantes y a los infelices refugiados y advirtió que todos ellos suponen un peligro para Israel, hacen que bajen nuestros salarios, perjudican nuestra seguridad, nos convierten en un país del Tercer Mundo e introducen drogas en nuestro territorio. Apoyó con fervor a nuestro ministro de Interior, Eli Yishai, un racista que habla de los inmigrantes diciendo que propagan enfermedades como la hepatitis, la tuberculosis, el sida y sabe Dios qué más.

No hay discurso sobre el Holocausto capaz de borrar esas palabras incitantes y difamadoras sobre los inmigrantes. No hay discurso conmemorativo capaz de anular la xenofobia que ha surgido en Israel, no sólo en la extrema derecha, como sucede en Europa, sino en todo el Gobierno.

Tenemos un primer ministro que habla de maldad, pero que está levantando un muro para evitar que los refugiados de guerra llamen a las puertas de Israel. Un primer ministro que habla de maldad, pero que ha participado en el crimen del bloqueo a Gaza, el cual ya va por su cuarto año y ha dejado a un millón y medio de personas en unas condiciones vergonzosas. Un primer ministro en cuyo país los colonos perpetran pogromos contra palestinos inocentes con el eslogan “etiqueta de precio”, lo cual también tiene unas connotaciones históricas espantosas, pero el Estado literalmente no hace nada para pararles los pies.

Es el primer ministro de un Estado que detiene a cientos de izquierdistas por protestar contra las injusticias de la ocupación y de la guerra en Gaza, en tanto que el tiempo otorga un perdón generalizado para los derechistas que en su momento protestaron por el plan de retirada israelí. En su discurso, Netanyahu comparó a la Alemania nazi con el Irán fundamentalista, lo cual no deja de ser burda propaganda. Y luego hablan de “degradar el Holocausto”. Irán no es Alemania, Ahmadineyad no es Hitler, y equipararlos no resulta menos falaz que relacionar a los soldados israelíes con los nazis.

El Holocausto no debe caer en el olvido, pero tampoco hay necesidad de compararlo con nada. Israel tiene que participar en los esfuerzos por mantener viva su memoria, aunque para hacerlo ha de tener las manos limpias, limpias de la maldad de sus propios actos. Y no debe dar pie a que se sospeche que está usando con cinismo el recuerdo del Holocausto para borrar y difuminar otras cosas. Lamentablemente, no es esto lo que ocurre.

Qué hermoso habría sido que, en este día internacional de conmemoración, Israel se hubiese detenido a examinarse, a mirarse a sí mismo y preguntarse, por ejemplo, cómo es que el antisemitismo repuntó en el mundo precisamente el año pasado, un año después de que lanzásemos bombas de fósforo blanco en Gaza. Qué hermoso habría sido que, en este Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, Netanyahu hubiese promulgado una nueva política de integración para los refugiados, en vez de expulsarlos, o que hubiese levantado el bloqueo a Gaza.

Ni mil discursos contra el antisemitismo servirán para extinguir las llamas que encendió la operación Plomo Fundido, unas llamas que amenazan no sólo a Israel, sino a todo el mundo judío. Mientras Gaza siga sufriendo el bloqueo e Israel hundiéndose en una xenofobia institucionalizada, los discursos sobre el Holocausto seguirán estando vacíos de sentido. Mientras la maldad siga campando a sus anchas aquí, en nuestro hogar, ni el mundo ni nosotros seremos capaces de aceptar que prediquemos a los demás, aunque lo merezcan.

Gideon Levy es periodista israelí