Politólogos: ¿Putas o militantes?

17 Mar 2013
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prostituciónCada vez que un colega de la Academia pretende restar valor a mis argumentos recriminándome mi compromiso político le respondo “Y tú puta”. Es la forma más directa que encuentro de recordarle que los intelectuales jamás caminaron al margen ni en cabeza de la historia, sino dentro de ella y que, por tanto, su trabajo es siempre partisano, esto es, “que toma partido”. Pero hay que reconocer que tomar partido no siempre deriva del compromiso, a veces deriva también de la voluntad de poder o de la simple  necesidad de obtener un salario. Como en tantas otras profesiones, la prostitución intelectual es una de las características definitorias, en términos históricos, del trabajo de los científicos políticos. Por eso es siempre agradable que a uno le recriminen el compromiso (la alternativa no es nada alentadora).

El otro día volvió a ocurrir. A propósito de un artículo de Sebastián Lavezzolo sobre Venezuela en Diario.es comenté en mi cuenta de Twitter que lamentaba que Sebastián se hubiera convertido en un politólogo al servicio de los poderosos. Sebastián me respondió “A mí me entristece que vuestra militancia político-académica os haga pensar que escribo para los poderosos”.

Estudie con Sebastián. Recuerdo con especial cariño haber compartido el curso “Bases sociales de los regímenes políticos” que impartía José María Maravall en el que competíamos, desde el más absoluto compañerismo (a veces incluso quedábamos para estudiar en mi casa), por ver quién era el más empollón de la clase. Maravall era uno de los mejores profesores de la facultad y, por supuesto, partisano; militaba en el PSOE, había sido ministro de Educación y presidía por aquel entonces la Fundación March, centro de formación de lo que me permito llamar “politólogos de Régimen”. Un día José María se nos acercó a los dos para sugerirnos que pidiéramos una de las becas predoctorales de la March. Por suerte yo ya disfrutaba de una beca predoctoral pública y pude permitirme declinar la invitación. Maravall me preguntó quién me dirigía la tesis; Heriberto Cairo le respondí. Por su cara y por su comentario “dicen que trata muy bien a los becarios” deduje que no le tenía en mucha estima pero créanme que, a diferencia de muchos colegas, yo pude escribir mi tesis doctoral sin tener que prostituirme a los intereses de nadie. Ignoro cómo fue la experiencia de Sebastián en la March, un centro que ha producido magníficas cabezas, pero que casi siempre escriben a favor de los mismos. No es eso lo que me molesta; cada uno pone su trabajo al servicio de lo que quiere o puede. Lo que me revienta es que no se reconozca. Quizá por eso respeto más a los colegas de la derecha que no esconden los valores que informan su trabajo científico, que a los que siempre se escudan en la “metodología”. Recuerdo que en el congreso español de Ciencia Política celebrado en Valencia en 2007, un doctorando de la March me pretendía argumentar que lo de Honduras no había sido “técnicamente” un golpe de Estado sino, más bien, un “pronunciamiento de restauración democrática”.

El artículo de Sebastián presenta una serie de argumentos apoyados en una discutible metodología (aparentemente muy prestigiosa) que vienen a decir que Venezuela dejó de ser democrática con Chávez, a diferencia de con Carlos Andrés Pérez o con el régimen puntofijista en general. Digo que la metodología es discutible porque en un momento del texto se afirma que, de perder las elecciones Maduro, quedaría demostrado que el periodo chavista sí es democrático: “si por el contrario el chavismo perdiese elecciones y abandonase el poder, el nuevo período abierto con la nueva Constitución en el 2000 debería ser clasificado en su conjunto como democracia”. Total, que si Maduro gana las elecciones Venezuela es una autocracia y si las pierde es una democracia. Sinceramente, con politología de este nivel argumentativo no necesitamos a Intereconomía para entretenernos.

Al inicio de su texto Sebastián señala: “resulta interesante conocer las medidas que los politólogos utilizamos para clasificar a los regímenes políticos en nuestras investigaciones. Vaya por delante que éstas no han sido creadas para enjuiciar a un determinado país o a gobiernos de una ideología en particular”. La primera afirmación les aseguro que no es cierta; somos muchos los politólogos que no empleamos los criterios que enumera Lavezzolo para clasificar los regímenes políticos y la segunda más parece una excusatio non petita que nos lleva a la accusatio manifesta. Nunca vemos a estos politólogos argumentar, por ejemplo, que la cesión de la política monetaria a una institución independiente de todo control popular sea un indicador de la mala salud democrática de un régimen, o que las reformas constitucionales para limitar el déficit o las privatizaciones comprometen los derechos ciudadanos en los que se fundamenta la democracia. Pero claro, sus “metodologías” no han sido creadas para enjuiciar  “a un determinado país o a gobiernos de una ideología en particular”.

Por desgracia el texto de Lavezzolo, no sólo nos lleva a conclusiones absurdas (¿Hubiera dejado de ser democrático el sistema político español si Felipe González no hubiera perdido las elecciones en 1996?, ¿La democracia española estuvo en suspenso hasta la victoria de Aznar?) sino que profundiza en la indignidad de cierta politología española que permitió que Juan Linz fabricara argumentos legitimadores al Franquismo distinguiendo entre regímenes “totalitarios” y “autoritarios”.

Heredé de mi abuelo la colección completa de la Revista de Estudios Políticos durante el periodo franquista y releo con frecuencia esas páginas amarillentas que no carecen de interés intelectual pero que no dejan de recordarme quienes eran los hombres de la Ciencia Política española: franquistas. Muchos de esos hombres de poder cambiaron de chaqueta cuando cambió el viento político en España pero no se sorprendan, en la Ciencia Política se puede ser militante, pero también se puede ser puta.

 


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