¿Cabe un lugar sagrado en una universidad?

27 Mar 2011
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“Si esto lo hubieran hecho en una mezquita, habría sido motivo de detenciones y de algo verdaderamente gravísimo.” -Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid-

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Si la acción que un grupo de estudiantes hizo en la capilla católica de la Complutense la hubiesen hecho en cualquier otro espacio universitario, el resultado habría sido muy diferente.

Salvo a la mezquita universitaria (pues no existe tal, y por eso acudieron a una capilla que sí existe), podían haber llevado su protesta contra el machismo y la homofobia clericales a un aula, un pasillo, un salón de actos o incluso el despacho del rector, y por mucho revuelo que causasen, estoy seguro de que no serían detenidos en sus domicilios, ni se enfrentarían a penas de cárcel. También habrían sido criticados por la prensa capillita, sí, pero no linchados.

De lo cual se deduce que la capilla no es un espacio como el resto de la universidad, sino un sitio especial, por encima de cualquier otro. Un sitio merecedor de especial protección, intocable. Un sitio sagrado. De hecho, una de las acusaciones que enfrentan es la de profanación, un delito que sólo es posible con las cosas sagradas.

Vaya obviedad, dirán algunos; vaya descubrimiento, que las iglesias son sitios sagrados. Pues sí, es una obviedad; pero una obviedad que revela una anomalía en la que no habíamos caído hasta que la acción estudiantil la puso bajo el foco: la existencia de espacios sagrados, intocables so pena de profanación, en una universidad.

Es una anomalía que en la universidad, que por definición debería ser un espacio de libre pensamiento, de crítica, de controversia, un espacio público potente como pocos, haya un rincón sagrado donde no caben el libre pensamiento, la crítica y la controversia, pues ejercerlos puede llevarte a la cárcel por ofender sentimientos religiosos y profanar lugares de culto. Y para colmo, es un rincón propiedad de la misma iglesia que cuando quiere sale de sus capillas e invade el espacio de todos sin que importe que ofenda los sentimientos de los laicos y de los creyentes de otras confesiones.

Todos los espacios universitarios son respetables, pero ninguno debería ser sagrado. De lo contrario, es la propia universidad la que queda profanada.

 


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