El sistema de I+D+i necesita un giro estratégico

Fundación 1 Mayo

Juan Ángel Fresno es investigador biomédico

 

El Sistema Nacional de I+D+i requiere de una revisión radical de su funcionamiento. Es sintomático del grado de deterioro que ha alcanzado la gobernanza de la investigación en España el hecho de que el propio sistema conceda su máximo galardón, el premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica del año 2015, a dos investigadoras: Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, por sus investigaciones sobre el sistema CRISPR/Cas, sin tener en cuenta el trabajo de Francisco Mojica, investigador de la Universidad de Alicante que fue quien lo describió. Llueve sobre mojado en un país sin premios Nobel, lo que debería considerarse un fracaso colectivo de proporciones catastróficas. Sin embargo, nosotros preferimos hacernos trampas en el solitario contabilizando como méritos propios los logros alcanzados por compatriotas en otros países.

En los últimos años, con la excusa de la crisis económica, estamos asistiendo a una peligrosa deriva hacia la financiación de la investigación dirigida a la aplicación y la basada en supuestos criterios de excelencia. Estos cortoplacistas criterios de financiación obvian uno de los principios esenciales de la investigación: la mayoría de los grandes avances científicos han llegado a través de descubrimientos que en aquel momento no tenían relevancia obvia para su potencial aplicación. Y estos no son casos excepcionales en el trabajo científico, fruto de la suerte o meras casualidades; esto es lo que ocurre generalmente y necesita ser reconocido y apoyado como tal para permitir el avance científico. El trabajo de Francisco Mojica, no tenía en su origen, hace ya más de 20 años, ninguna relación con la que está llamada a convertirse en una de las tecnologías revolucionarias en el campo de la edición genética. En aquel momento, ni se trataba de investigación dirigida a la aplicación, ni consiguió ser publicada en las revistas más prestigiosas. Recientemente Eric Lander, ha escrito un precioso relato de los hechos (Lander ES. The Heroes of CRISPR. Cell, 2016). El sitio reservado a España en el relato debería preocuparnos y las lecciones de esta historia, que recoge Eric en su artículo, deberían ser de obligada lectura para nuestros responsables de política científica.

La investigación aplicada se nutre de los descubrimientos que provienen de la ciencia más básica. Un país moderno debe ser consciente de que la I+D es una inversión de futuro y debe apostar decididamente por un esquema estable para financiarla. Y debe hacerlo a sabiendas de que la mayor parte de esa investigación no dará en el corto plazo resultados útiles para la sociedad. Pero a la vez debe ir configurando un sistema eficaz de intercambio del conocimiento entre los centros de investigación y las empresas para cuando llegue el momento de la trasferencia. Para ello, es necesario configurar un sistema de innovación que proporcione un ambiente adecuado para el desarrollo de empresas de base tecnológica y científica, que puedan recoger los frutos de la investigación.

España, a pesar de todo, cuenta con un buen sistema de investigación, aunque pésimamente financiado; se trata de aprovechar ese potencial para generar aquello de lo que realmente carece el país: de tejido industrial innovador, que es la gran tarea pendiente que tenemos como sociedad. Y para eso es necesario que el Estado propicie (haciendo lo que hacen otros, aquí no hay nada que inventar) el establecimiento de ecosistemas de innovación que proporcionen el ambiente adecuado para el desarrollo de empresas de base tecnológica y científica, que puedan recoger los frutos de la investigación. Es necesario centrar el enfoque, no tanto en los emprendedores y el emprendimiento (palabras vacías sin contexto) y su capacidad para generar innovación y crecimiento, sino en los ecosistemas de innovación en los que operan y de los que dependen para llegar a convertirse en lo que importa: empresas innovadoras (de cualquier tamaño) de alto crecimiento dentro de ese sistema. En ese ecosistema, no hace falta promover el emprendimiento, surge solo, y no faltan ejemplos en los que poder inspirarse en nuestro entorno.

Como tan bien explica Mariana Mazzucato en su brillante libro “El Estado Emprendedor” (RBA Libros, 2014, ISBN 9788490562963) existe la creencia general de que la dirección de las inversiones debe ser determinada por el mercado, no por los gobiernos, porque éstos están formados por burócratas sin la experiencia ni los conocimientos necesarios. Pero el liderazgo tecnológico de países como Singapur, Corea, China, Israel, Finlandia, Dinamarca, Alemania y EEUU es el resultado de una buena red de agencias estatales capaces de dirigir el cambio, trabajando, por supuesto, junto con el sector privado, pero a menudo liderándolo. Aquellas regiones y países que han tenido éxito en lograr un crecimiento impulsado por la innovación se han beneficiado de políticas visionarias diseñadas para cumplir una misión a largo plazo – desde poner un hombre en la luna hasta afrontar retos sociales como el cambio climático. Para abordar esas misiones, los organismos del sector público han liderado el camino, invirtiendo no sólo en las áreas clásicas de “bien público”, como la investigación básica o las infraestructuras, sino también a lo largo de toda la cadena de la innovación (investigación básica, investigación aplicada, financiación de las primeras etapas de las empresas) y definiendo con coraje nuevas direcciones con alto riesgo. Para cumplir esta función, las agencias estatales – que van desde bancos públicos como el KfW en Alemania y el BNDES en Brasil, hasta las agencias de innovación como DARPA y ARPA-E en los EE.UU. o Innovate UK en el Reino Unido – han explorado nuevos territorios, afrontando una gran incertidumbre y aceptando el proceso de prueba y error que a menudo conduce al fracaso, pero a sabiendas de que los éxitos pueden llevar a décadas de crecimiento. Los análisis tradicionales de coste-beneficio y justificaciones de fracaso del mercado habrían detenido esas inversiones desde el principio: no habría habido internet, ni biotecnología, ni nanotecnología, ni verán la luz las tan anheladas energías limpias (Mazzucato, M, Penna, CR, “Mission-Oriented Finance for Innovation – new ideas for investment-led Growth “, Policy Network and Rowman & Littlefield International, 2015, ISBN 9781783484959).

España ha perdido buena parte de los trenes tecnológicos que configurarán el futuro inmediato y si no da un giro estratégico a la forma en la que está haciendo las cosas, aprendiendo de lo que otros países están haciendo con éxito, perderá definitivamente un lugar entre las naciones desarrolladas del mundo. Y ese cambio estratégico, el tan manido cambio de modelo productivo, debe estar liderado por el Estado.