Detrás de la función

Una de zombis

Parece que los no muertos han pasado a formar parte de nuestro paisaje cultural. Como ha reflexionado Óscar Casado en Rebelion, "películas, videojuegos, incluso aclamadas series de televisión emitidas en horario de máxima audiencia nos revelan que los muertos vivientes han abandonado definitivamente la serie B" para pasar directamente a la primera división de los productos de ficción.

¿Se puede extraer algún análisis social relevante a raíz del éxito de estos productos? No tiene por qué: a veces una novela o una película triunfan y arrastran al éxito a un conjunto de obras similares; entonces, la industria cultural se orienta en esa dirección durante un tiempo para maximizar sus beneficios.

No obstante, merece la pena recordar que determinadas obras de terror han traído aparejado cierto significado de calado político en épocas anteriores. Por ejemplo, quizá el primer antecedente fílmico de los zombis, el sonámbulo Cesare, del film alemán El gabinete del Doctor Caligari (1919), representaba, según estudió el filósofo de la Escuela de Frankfurt Sigfried Kracauer, la conciencia hipnotizada del pueblo alemán, obediente ciego de la autoridad, que se había lanzado irreflexivamente a la Primera Guerra Mundial, con los resultados conocidos.

Kracauer vio en Caligari, El golem, Metrópolis y El doctor Mabuse, entre otras, lo que los cineastas expresionistas alemanes de los años veinte temían en el fondo: la llegada del tirano como una especie de necesidad social ante una autoestima arruinada; el caldo de cultivo para que la derrotada Alemania decidiese convertirse en un imperio sangriento.

Poco tiempo después, en los EEUU de los años treinta, el surgimiento cinematográfico de Drácula, Frankenstein, El hombre lobo o King Kong jugó un papel fundamental a la hora de entretener a las enormes masas de parados y empobrecidos que estaba dejando la Gran Depresión. Herederas de las sombras de los filmes alemanes, estas monstruosidades invitaban al público americano a una especie de exorcismo fílmico para después regresar integrados a una sociedad en crisis. La función de estos productos era justo la contraria a la de los anteriormente mencionados: adormecer y mantener el orden.

Volviendo a la actualidad, podemos comprobar en las series de zombis rasgos que quizá podrían decirnos algo de lo que está sucediendo fuera de la pantalla: bien estemos en una comunidad de vecinos (REC) o en un planeta desolado (The walking dead), lo que nuestros protagonistas necesitan a toda costa es, simplemente, no ser mordidos y pasar a ser como ellos. El terror reside sobre todo en la posibilidad de dejar de ser humanos y, de algún modo, en la humillante tragedia que eso supondría.

De esta forma, frente a quienes ya no tienen humanidad se encuentra el individuo que, todavía libre pero cada vez más inseguro, quiere por encima de todo conservar la vida para continuar pudiendo elegir. Estos personajes seguirán luchando hasta el extremo del suicidio para no caer en el statu quo de la putrefacción.

Que esto sea una muestra más del individualismo de mercado que se lleva estilando durante décadas o que, por el contrario, suponga una llamada semiinconsciente a que una inmensa minoría lúcida reconstruya un mundo más humano ante el actual caos es una cuestión que depende de distintos puntos de vista y, sobre todo, de quién tiene más poder para imponer su visión. Las salidas de la crisis económica mundial son precisamente esas dos: más liberalismo o más asociación. Y da la impresión de que una de las dos direcciones tiene en los poderes públicos y privados mucha más popularidad que la otra. No olvidemos que los zombis ganan fuerza cuando los todavía vivos deciden ir cada uno por su lado.