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La plaga humana

ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos.

La llamada revolución del Neolítico significó el comienzo de la producción controlada de los alimentos de origen animal (domesticación) y vegetal (agricultura). Fue un paso muy importante y decisivo para el futuro de la humanidad. La mayor capacidad para obtener alimento permitió el crecimiento demográfico de las poblaciones, que dejaron atrás la caza y la recolección de productos silvestres. Las innovaciones tecnológicas se socializaron con gran rapidez gracias a la continuidad entre los individuos de grupos humanos numerosos y, muy pronto, abandonamos la prehistoria para entrar en el mundo moderno de las civilizaciones.

Durante el Pleistoceno las diferentes especies de Homo convivieron en armonía ecológica con las demás especies de su ecosistema. Pero la llegada del Neolítico modificó los parámetros demográficos que regulaban el equilibrio de las poblaciones. Aún así, los problemas obstétricos, las enfermedades y las duras condiciones de vida mantuvieron durante siglos la población humana en números razonables. Pero los avances científicos del siglo XX han permitido un crecimiento exponencial de la población del planeta hasta unos límites que encajan perfectamente en el concepto de plaga.

En determinadas condiciones ecológicas, ciertas especies experimentan un crecimiento demográfico exponencial incontrolado. Obviamente, los individuos de estas plagas deben obtener alimento para sobrevivir, y en muy poco tiempo acaban con sus fuentes de energía. La población se reduce hasta lograr de nuevo el equilibrio. Lo queramos o no, éste es nuestro modelo actual. Que nadie se rasgue las vestiduras. La avidez de los intereses económicos es un claro síntoma de nuestra incapacidad para regular los excesos en el consumo de las fuentes que sostienen el modelo desarrollado.

Claro que no somos insectos o algas marinas, sino una especie de primate muy inteligente con gran capacidad de respuesta. Pero el planeta tiene sus límites y nuestro modelo actual se agota con gran rapidez. El crecimiento demográfico no podrá proseguir de manera indefinida. En mi opinión, los síntomas actuales no representan una crisis pasajera a nivel global que remontaremos en pocos meses, sino el comienzo de un cambio de modelo que se producirá en el siglo XXI. La complejidad de este cambio requiere un análisis profundo, pero los parámetros fundamentales son su duración y su coste. La ciencia y la tecnología tienen que dar una respuesta muy rápida para que los efectos del cambio no sean perjudiciales o letales para una parte importante de la población. Nos encontramos en una encrucijada muy difícil que los políticos serán incapaces de gestionar sin la estrecha colaboración con la ciencia.