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Ciencia, justicia, procedimiento

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Es muy frecuente comparar la tarea de los investigadores con la de los detectives forzados a desentrañar un crimen del que no hay testigos. Personalmente, en cambio, siempre me ha parecido que la labor judicial era más próxima a la ciencia. El detective busca un culpable y aporta los datos para juzgarlo, pero es en el juicio donde hay que demostrar que el acusado no es inocente, como a priori se supone. Del mismo modo, en la ciencia uno debe garantizar la absoluta improbabilidad de que unos hechos observados (los datos) obedezcan a una razón diferente de la hipótesis previamente formulada. En ambos casos, trabajamos para demostrar que lo asumido inicialmente es falso.

Ciertamente, los escasos juicios en los que me he visto obligado a participar han distado de satisfacerme intelectualmente, pero recuerdo con pasión películas como Doce hombres sin piedad o Matar un ruiseñor, en donde los protagonistas se esforzaban denodadamente por conseguir que todos y cada uno de los hechos, cada una de las observaciones, casaran con la interpretación final y la sentencia del tribunal. No se conformaban con cualquier respuesta, debía ser totalmente ajustada a los hechos. Me recordaban a los científicos obstinados en encontrar una sola observación que negara su hipótesis para darla por perdida. Sirve o no sirve. En la ciencia y el derecho apenas hay lugar para las medias tintas o los cabos sueltos.

Por todo ello, también me complace la relevancia que en la práctica científica y en los procesos judiciales se otorga al procedimiento. Garantizar la absoluta coherencia entre los datos disponibles y el balance final exige extrema pulcritud en el procedimiento, pues es mucho lo que está en juego. Uno puede tener razón, pero de nada vale si no es capaz de demostrarlo, o utiliza vías espurias para hacerlo.

La chapucera instrucción que ha llevado al banquillo y apartado de la Audiencia Nacional al juez Garzón jamás pasaría el filtro de un código de buenas prácticas científicas. La hipótesis inicial parece disparatada, y así lo ha reconocido el encargado procedimental de mantenerla, es decir, el fiscal. Como es disparatada, debía haber sido rechazada de inicio, pero en lugar de eso el instructor, encargado procedimental de defender la presumida inocencia, ha sugerido a los acusadores: "Modifiquen su escrito en tal sentido", aparentemente para poder concluir lo que tenía pensado de antemano. ¿Se imaginan a un científico modificando sus hipótesis iniciales hasta hacerlas coincidir con sus datos? Porque confío en el procedimiento, pueden sumarme a todos los decepcionados hoy por la justicia.