Posibilidad de un nido

Nuestra forma mohosa de educar

Imagina que durante este tiempo nos hubiéramos planteado en serio qué significa educar, educar en este lugar y hacia el futuro. Imagina que nuestra sociedad se hubiera propuesto, a raíz del confinamiento de los críos en marzo, revisar qué es estudiar, enseñar y aprender. Qué es un colegio.

En estos momentos, el colegio en el que estudian mi hijo y mi hija, así como su educación, son en esencia iguales a cuando estudiaba yo, que era igual que en los tiempos de mi madre, cuyo colegio y enseñanza eran exactos a cuando estudiaba su madre, mi abuela. En el tiempo en el que yo estudié, las herramientas que usábamos y los modos de vivir eran muy muy parecidos a los de mi madre y mi abuela, aunque pueda resultar sorprendente. Allá cada cual con sus ganas de sorpresa. El mundo se explicaba en libros, pizarras, probetas y la tabla periódica. Punto. Por describirlo en corto, el de esas tres generaciones era un mundo de diccionarios y enciclopedias. Era una realidad de papel. Y esa era la única realidad.

Ahora todo es radicalmente distinto, y sin embargo el colegio y la enseñanza que reciben nuestros hijos, nuestras hijas son iguales a aquellos.

Convengamos en que la educación se basa en ofrecer herramientas para vivir. Para eso sirve. Y vivir es trabajar, sí, pero también es saber responder a situaciones inesperadas, incluso impensables, y salir airoso, airosa. Es sentir empatía. Es participar en la construcción y el funcionamiento de una sociedad mejor. Y ¿qué es una sociedad mejor? Pongamos que aquella en la que la mayor parte posible de las personas viven de la mejor manera posible. Se trata, además, de aprender a gozar el tiempo libre. O de aprender a gozar, en sentido lato. Saber que, mejorando la vida común, mejoras la tuya. Admitir que cometes y cometerás errores, lo que no supone ningún problema. Al contrario.

Un día me preguntó mi hijo por qué debería leer. Le respondí que para saber que todo lo que le pasaba y le podría llegar a pasar ya le había pasado a alguien antes y que ya estaba narrado, que consistía en armarse de conocimiento para no ignorar algo tan básico y a la vez tan complejo. Le dije que cuando sintiera el mayor dolor que podía imaginar, aquel que creía único e insuperable, debería saber que ya otros, otras antes que él lo habían vivido, y que ya estaba narrado. Le dije que cuando su gozo fuera desbordante, cuando sintiera que el suyo era el mayor gozo jamás sentido, se parara a pensar que ya antes alguien lo había vivido así, y que ya estaba narrado. Le dije, en resumen, que aprendiera, que estudiara, que leyera, que tuviera curiosidad, para tratar con aquello suyo, íntimo e insuperable de forma que no resultara dramático ni le dejara paralizado.

Para todo eso sirve la educación. A eso se refiere la Educación, así en mayúsculas. Sirve para comprender el mundo en el que vives y prever aquel en el que vivirás. Pero para interpretar y aprehender ese mundo, resulta imprescindible dotarse de unas herramientas acordes con él. El mundo en el que viven y vivirán mi hijo y mi hija no tiene nada que ver con aquel en el que vivieron mi madre y mi abuela. Sencillamente es otro. Su realidad se ha multiplicado. Educar significa poner a su disposición las herramientas que les permitan interpretarlo y mejorarlo, o sencillamente habitarlo de la mejor manera posible.

Sin embargo, nosotros, nosotras, esta sociedad se dedica a repartir torpemente, mohosamente, las herramientas heredadas de realidades antiguas. No me refiero a que aquello que los alumnos actuales vayan a vivir, en términos esenciales, vaya a ser diferente. Pero indiscutiblemente, la realidad en la que eso sucederá sí lo es. Ya no habitan aquel mundo de diccionario. Las herramientas deben ser otras.

Imagina que durante este tiempo nos hubiéramos planteado en serio cuáles son esas herramientas nuevas, necesarias, para educarles en este lugar y hacia el futuro. Imagina que todo esto hubiera servido para revisar nuestra forma mohosa de educar.

Ese era y sigue siendo nuestro deber, pendiente.