Posibilidad de un nido

Estás en Gotham y no lo sabes

Pues la cosa va así: hay un lugar, pongamos que ciudad o país, pongamos que Gotham o Springfield. Allí viven villanos, supervillanas, heroínas, superhéroes, antiheroínas y periodistas basura. Se llama ficción, novela, cómic, cuento, película, serie, obra de teatro.

Pues la cosa va así: el supervillano o supervillana gobierna la ciudad o bien quiere destruirla o bien ambas cosas al tiempo. La población va perdiendo más y más lo suyo, sobre todo bienestar, vida, dinero y alegría. La cosa es que el supervillano va sorbiéndoles futuro, vida y alegría para alimentar a las bestias que lo mantendrán al mando de Gotham para que siga engordando sus cuentas.

¿Me sigue?

¿Le suena?

Imagínese que su marido muere por fin y usted, ante el ataúd, le suelta al miserable todo lo que no le había soltado antes. Si ha leído Cinco horas con Mario, de Delibes, su cargo de conciencia se convertirá en un brindis íntimo y, sobre todo, comprenderá la violencia que esconde el relato sobre usted misma.

Imagínese que cree que nadie podrá alcanzar el dolor que la paraliza tras la muerte de su hija. Si ha leído Noches azules, de Joan Didion, sabrá que no hay soledad en soledad.

Imagínese que usted cree drogarse mucho, haber llegado al límite tóxico de la decencia. Si enfrenta la versión de la novela Trainspotting, de Irvine Welsh, con la de Danny Boyle para el cine (en esas condiciones se lee poco), respirará con alivio.

Imagínese que usted se ahoga, que la exigencia de maternidad y la maternidad misma se convierten en infierno, que no puede enfrentar sin crueldad el uso de su cuerpo. Si ha leído El cuento de la criada, de Atwood, sabrá aproximarse al concreto y tan básico lugar seminal del poder.

Imagínese que su familia le parece chata pero peculiar, que le faltan las palabras, que no sabe narrarla para salvarse. Si ha leído Cien años de Soledad, de García Márquez, aprenderá a volar y a lanzarla.

Son ejemplos muy básicos, pero si usted, si, si… ¡Imagínese!

Imagínese que le meten en la cárcel, que su amor del alma muere o no le corresponde, que su marido le traiciona, que usted se la pega y se castiga, que se queda en la calle, que un lobo la ha violado, imagínese que alguien la muele a palos, que usted ejerce un derecho a vengarse, que llega un cazador y la derriba, que sus padres les mandaron a su hermano y a usted a un bosque tenebroso y jamás volvieron, imagínese que alguien asesina a su hijo, que un recaudador de impuestos mata de hambre a sus vecinos, que oye voces… Imagínese todo lo que puede vivir, lo que ha vivido o lo que teme estar viviendo.

Todo, todo, todo todito eso está ya narrado. No en sesudos ensayos que analizan dichas situaciones o comportamientos, ni en documentales, muchísimo menos en las "informaciones" que interrumpen nuestro anhelo de comprender y lo intoxican, sino en relatos de ficción. La diferencia es sustancial. Los primeros se aferran a realidades exactas, existentes o redactadas para satisfacción del silencio o de una realidad propicia. En cambio, la ficción abarca nuestra posibilidad de existir, la narra y nos la ofrece como salvavidas, sí, pero también como arma para enfrentar aquello que no conocemos.

Pues la cosa va así: Gotham City despliega poco a poco pero sin descanso su venenosa sombra. Los arrabales de nuestro mundo agonizan por la acción de supervillanas y supervillanos. En el bosque, las fauces de los lobos…

Yo soy de la ficción. Les digo a mis hijos: "No os creáis únicos, todo está ya narrado". Y pienso en Robin Hood, en Batman y en Sarah Connor. La lucha contra la ficción y su agonía no son inocentes.