Posibilidad de un nido

Irnos, irme

Se va hablando, se escribe, sobre la gente que se ha trasladado al campo, a un pueblo, a una ciudad pequeña donde queda una casa familiar, a saber quién fue el último ocupante y cuándo. Los protagonistas de la marcha dejan escapar, no pueden evitarlo, un ánimo de hojas y rumor de río. El resto escuchamos sus cosas, cosas nuevas, de reojo, y asistimos a todo eso con una envidia no descrita que a veces disfrazamos de desprecio.  Pero no se trata de un desprecio abierto, franco, sino de un balbuceo displicente. No queremos saber lo que sabemos, no queremos descargar de la espalda el tronco que nos balda, porque tendríamos que mirarlo. De hacerlo, deberíamos preguntarnos en voz alta ante el tronco: ¿Es así como quiero vivir? Y después: Solo tengo una vida y van pasando los años, ¿era esto?

–Me gustaría irme.

–¿De dónde?

–No sé. Irme.

–¿A dónde?

– No sé. Irme.

Irme a un lugar donde vivir no resulte tan difícil, donde dejar de correr, donde encontrarme a diario con las personas que quiero, donde el dinero no me apriete la carne, donde no castigarme, donde píen los pájaros, es más, donde hasta el batir de sus alas se oiga, donde no se castiguen la audacia, la decencia ni el desnudo.

Irme de un lugar donde ya no se lee, donde ahogan con monedas a las criaturas de márgenes, donde la uña del poder considera costra el júbilo común, austero, y se rasca y lo arranca, donde la inteligencia se pena con un entierro de rebuzno y carcajada, donde ya nada crece, ni nosotras.

No sé. Irme.

Fantaseamos con irnos sin tener a donde ni imaginarlo concretamente, puede que ni queramos saberlo. No se trata de un lugar, del pueblo en el que no nacimos, del mar de la infancia, de un punto en el Pacífico. Es un irnos por irnos, por no seguir aquí, de esta manera. Esta manera. Eso es. Pasa el tiempo y cargamos al lomo el "aquí" y el "esto" ya sin la esperanza –y esto es lo peor– de que está a punto de cambiar, que lo hará.

En estos días, a menudo me sorprendo murmurando la primera estrofa del poema de Jaime Gil de Biedma Aunque sea un instante, (reproducido completo al final de este artículo):

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Pero claro, dejas el tronco, lo miras, te miras, y corres el riesgo de descubrir que no es el "aquí" ni el "esto" ni el tronco. Que eres tú. Que soy yo.


Aunque sea un instante
Jaime Gil de Biedma

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
–invocando un pasado que jamás existió–

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,
vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.

Compañeros de viaje. (Joaquín Horta, 1965)