Posibilidad de un nido

El Roto nació niño

El dibujante y humorista gráfico, Andrés Rábago García, conocido como 'El Roto'.- Isabel Infantes / Europa Press

En la viñeta de El Roto publicada en "El País" el pasado 18 de mayo, aparece una madre con su hijo en brazos. La madre dice: "No, hijo, nacer niño no es machismo". El hijo responde: "¿De verdad?".

La viñeta resulta tan decepcionante, frustrante y a la vez incomprensible que dan ganas de rasgar su relato de un par de zarpazos rápidos. Sin embargo, me frena el hecho de que sea El Roto. Andrés Rábago, ahora firmando como El Roto y antes Ops, forma parte de un tiempo en el que aún no dábamos miedo, el odio era menor y las evidencias también. A menudo echo de menos aquellos días, sus lecturas y sus certezas. Rábago era lo que podríamos considerar "un hombre de respeto". Llevo toda mi vida adulta, toda, con las viñetas de Andrés Rábago junto a las lecturas, y antes aún, en Hermano Lobo, La Codorniz, Triunfo. En parte, por eso me contengo y, al hacerlo, me pregunto también por qué querría que El Roto me entendiera. Que entendiera ¿qué?

Además está la duda, y eso es todavía más nuevo. Por primera vez en todos esos años, que son todos los míos, me asalta la duda de si estoy entendiendo lo que quiere decir. ¿Cómo es posible? Me descubro mirándola una y otra vez, buscando un gesto que refute lo que veo, analizando el interrogante que ha trazado, tratando de darle la vuelta. Tanto esta duda como su contrario forman parte del mismo estado terminal de las cosas. La duda nace de la incredulidad. No doy crédito. Pero también de mi propia inseguridad. Tanto nos repiten a las feministas que estamos fuera de la realidad que a veces incluso nos paramos a pensarlo. Qué desastre.

Finalmente, acabo por fiarme de mis instintos, por admitir esta desazonadora sensación de soledad, y cedo a la necesidad de dar respuesta a lo que veo. Sí, la necesidad.

Habría que empezar desde el principio, desde tan atrás, tendría que remontarme tanto en la construcción del pensamiento feminista, querida Mary Wolstoncraft, queridas todas aquellas cuyas ideas explican la posibilidad de una vida mejor, retratan la violencia omnipresente, detallan los mecanismos del avance hacia la decencia, remontarme tanto que ningún esfuerzo para explicar lo que siento me parece útil. Y sin embargo.

Sin embargo, me voy a conformar con un pasito muy básico para que la desazón que me produce la viñeta de El Roto no quede sin su música. Y soy consciente de que para dar ese pasito debo eliminar de mi relato a las mujeres. En este contexto, su sola mención echaría a perder este intento, lo invalidaría. Explicar nuestro relato nombrándonos acaba por negarlo. Tal es el rechazo que provocamos, hasta ese punto hemos llegado. Debo cambiar, pues, el sujeto del relato, el sujeto paciente. Permítaseme, con todas sus limitaciones.

Pongamos el caso de las personas negras víctimas del racismo, personas negras que no tienen los mismos derechos que las blancas, que son violentadas de forma constante y minuciosa por parte de las personas blancas, que son violadas, torturadas, humilladas, segregadas, asesinadas por el simpe hecho de que su cuerpo es diferente. Recuerdo al respecto el magnífico libro del escritor y periodista norteamericano Ta-Nehisi Coates Entre el mundo y yo, publicado en España por Seix Barral.

Cabe suponer que, ante tales situaciones, hombres como Andrés Rábago, El Roto, lo primero que harían sería ponerse de su lado, luchar por evitar todo lo anterior, firmar manifiestos, defender los derechos de las personas negras y asumir el racismo de la sociedad en la que viven. Cabe suponer que hombres como El Roto lo último que harían es sumarse al no-todos-los-hombres, en este caso no-todos-los-blancos. Es decir, cabe suponer que su primer paso no sería defenderse, sino asumir su parte de responsabilidad y sumarse a una lucha común por una sociedad mejor.

He renunciado a comprender por qué los hombres se han refugiado en el "no todos somos iguales" en lugar de arrimar el hombro, y por qué lo hacen con especial saña en el caso de la violencia machista. Me niego a aceptar que no entiendan algo que es de cajón: poner por delante su propia defensa ante la evidencia de dicha violencia, exactamente eso, es lo que la convierte, sí, en universal.

Renuncio a extenderme sobre el hecho de nacer niña.