Posibilidad de un nido

Bradley Cooper, Brad Pitt y Downey Jr. exhiben chiringuito

Brad Pitt acepta el premio al Mejor Actor de Reparto por 'Érase una vez... en Hollywood' de Bradley Cooper en el escenario durante la Gala Anual de Premios de la National Board of Review en Cipriani 42nd Street el 8 de enero de 2020 en la ciudad de Nueva York.- AFP

El actor Bradley Cooper ha hablado sobre su adicción a la cocaína en el podcast Smartless, conducido por los también actores Jason Bateman, Sean Hayes y Will Arnett. Estaba entre amigos. El propio Cooper cuenta que fue la intervención de Arnett la que le "puso en camino de un cambio de vida".

La noticia carece de escándalo por poco singular a estas alturas, pero sirve como refresco a la memoria sobre la forma en la que Brad Pitt y Ben Affleck hicieron públicas sus adicciones hace un par de años: aprovecharon tal paso para agradecer a Cooper su ayuda, de la misma forma que él acaba de hacer con Will Arnett.

Corría enero de 2020 cuando, durante su intervención en la gala de los premios National Board of Review of Motion Pictures, Pitt reconoció públicamente el auxilio de su colega Cooper a la hora de desengancharse: "Trabajé para estar sobrio gracias a este tío y, desde que lo hice, mis días han sido mucho más felices. Te quiero y te doy gracias por ello".

Un mes más tarde, el actor Ben Affleck afirmó en el programa Good Morning America de la cadena ABC: "Tipos como Bradley (Cooper) y Robert (Downey Jr) han sido de mucha ayuda para mí. Realmente han supuesto un gran apoyo y son unos hombres maravillosos", en referencia a su alcoholismo.

Dos aspectos me interesan de esto.

El primero es la narración pública de una patología muy particularmente estigmatizada: las adicciones.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la adicción es "una enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación. Se caracteriza por un conjunto de signos y síntomas, en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales". Una enfermedad, de eso se trata. "Física y psicoemocional".

Parece que poco a poco vamos hablando de la salud mental. Parece, dicen. Parece, se publica. Así lo declaramos y nos quedamos tan panchos: "La enfermedad mental ha dejado de ser un tabú".

Mentira.

Mentira cochina.

Para empezar, socialmente no es lo mismo un trastorno bipolar que una adicción al sexo, ni es lo mismo una esquizofrenia que un trastorno depresivo. Ahí interviene un mundo de factores, prejuicios, costumbres, construcciones culturales...

Imaginemos que, en lugar del padre llamado Ben Affleck relatando su adicción al alcohol, quien habla es una madre. Cuando el actor declara lo suyo, nadie piensa en sus hijas, en su hijo. Efectivamente, no me refiero solo a una cuestión social o económica sino al machismo. ¿Cómo no hacerlo? Pero no se trata solo del estigma que cargan las madres con problemas de salud mental –asunto que merece no uno sino un puñado de artículos propios–, sino a algo que considero de mayor importancia aún.

Me refiero a las redes.

No a las sociales, sino a las redes que tejen las personas en su reconocerse.

Sí, el segundo aspecto que me interesa de la enfermedad pública y compartida que nos ocupa es su red.

Ciertamente, lo que Bradley Cooper, Brad Pitt, Ben Affleck, Robert Downey Jr y Will Arnett retratan, en este caso, no es más que una red de ayuda mutua. ¡Por la virgencita de Guadalupe, que alguien produzca esa cinta! No solo reconocen dicha red, también la agradecen y, más allá, mucho más allá, deciden hacer público tal agradecimiento.

Dos pasos, pues:

Paso uno: marcarse un #MeToo de su ser adictos.

Paso dos: celebrar la red de iguales que les salva y compartirla.

¡Equilicuá!

Bienvenidas y bienvenidos al sencillo mundo en construcción de las mujeres. Y cuantísimo más fácil nos resultaría todo con el micro de Hollywood a mano.

Cooper, Pitt, Affleck, Downey Jr y quienes los acompañan comparten algo que no es la marca de sus trajes. Comparten algo que para otros, otras, resulta difícilmente confesable. Comparten algo, un algo embarazoso, digno de ocultación, por razones no estrictamente sociales, sino por ignorancia y por estigma: Son adictos. O sea, están enfermos. Pero la suya es una enfermedad que nuestra sociedad no está dispuesta a admitir como tal, a la mierda la OMS y sus dictados.

Sin embargo, tienen algo que pulveriza melindres y el rechazo: Su forma de relatarse. Ojo, no es solo por ser hombres, que también. Recuerdo en contraposición el final de Rock Hudson y a Freddie Mercury, esa desoladora forma de silencio. El sida, los maricas, la sangre de los hombres, con horror lo recuerdo. Y enfrente a Magic Johnson. Distintas soledades las de ambos, pero soledad al fin y al cabo. No es el caso. Esta panda de actores no se libra del estigma por ser hombres, sino por el hecho de narrarse. Y por cómo, al hacerlo, se reconocen en el otro. No están solos.

Defiendo en este punto justo eso, y este era mi propósito, la nunca soledad de las iguales que deciden contarse, y aliento ese común relato, nuestro encuentro y su celebración. Me quiero referir a las mujeres que se narran, nos narramos, y para ello no me duele echar mano de los previamente aludidos, ay adictos divinos, qué me va a doler. Valga esta panda del masculino Hollywood maduro-sin-paso-del-tiempo para explicar lo nuestro.

Allá voy:

Te aseguro Bradley Cooper que quien no recibe golpes de su hombre en casa ignora el tiritar del desamparo. Ah, pero opina, no obstante: "¿Y por qué sigue ahí, y por qué no se marcha?". Quien no recibe golpes habla con soltura indecente sobre el dolor ajeno. Echa mano de las leyes, además, para hacerlo a sus anchas. De las leyes y de las mentiras, de las informaciones falsas, de prejuicios, de su puerca ignorancia. Este hartazgo de días y voceros.

Quien recibe golpes de su hombre en casa necesita de otra que viva o haya vivido lo mismo y lo haga público, esa y otra, y otra más, como el bueno de Ben y sus compadres se necesitan mutuamente. Quien recibe golpes de su hombre necesita no solo que sus iguales cuenten lo que reciben, sino cómo y cuánto ayuda el apoyo de las otras.

Sí, pero para eso debe alzarse su voz y que se oiga. Por eso debemos dar espacio a sus relatos. De nada sirve que un hombre detalle sus adicciones para nadie, y ellas no son Brad Pitt.

Hay que darles espacio.

Piénsalo bien, Brad Pitt, piensa qué siente la madre ante su primera sospecha del abuso de la hija. Piensa qué cruza su cabeza, Downey Jr, empeñada en no olvidar que falta detergente, qué ideas, qué impulsos, qué planes.Y después, mi Sherlock toxicómano, qué terrores la atajan por la noche en la cama desnuda junto a quien la apalea y es también amenaza de zarpa contra la hija. Yo no puedo saberlo. Ni tú, ni el bueno de Ben puede.

Porque no tienen micro. Porque no les dan premios. Porque no van a fiestas.

Hay que darles espacio.

No sabemos quién es la adolescente en el momento exacto en que decide que vivir es más arduo que dejar de hacerlo; qué, el chaval que se encierra en el baño a vomitarse entero; qué, la cría que traza con cuchilla la senda de su sufrimiento en piel. No sabemos qué siente la mujer cuya regla le impide levantarse y acudir al trabajo. ¿Vosotros lo sabéis, Bradley, Brad, Ben, Robert, pichones? ¿Alcanzáis a pensar en eso mismo siendo madre sola, jugándote la choza de tu prole?

Quien lo vive lo sabe.

Hay que darles espacio.

A esa gala de premios donde tú agradeciste, Brad Pitt, la ayuda de un tal Cooper que compartió tu "no recuerdo nada", que pudo por haberla vivido en propias carnes, a esa celebración aquí la llaman "chiringuito".

A un lado están las leyes, y las leyes se cambian. La vida es otra cosa. La vida y sus, benditos sean, chiringuitos.

Cambian las leyes, sí, y leyes siguen siendo. Tal día, hace un suspiro, se modifica un texto y las crías de la mujer a golpes pasan a ser por fin las víctimas que eran, de violencia de género, y ese "género" abstracto sigue sin ser machista. ¿Cuánta madre en el suelo, cowboy de cuerpo estrecho, cuántas costillas rotas, cuánta patada ante la criatura acumula ese paso?

Otro día, hace menos suspiros todavía, en otra Ley dictan consentimiento. ¿Qué pasaba hasta ahora, Mr. Smith, para que se alborote tanto gallo? ¿Qué silencios de siglos? Llamar derecho a la salud menstrual no es otra cosa que un retrato de toda la Historia de la Humanidad sin regla.

Sin premios ni micrófonos, sin galas, sin programas, cada "no" modifica, cada "también a mí". Pero habéis de saber que en esos chiringuitos donde rompe el silencio, entre nosotras cunde un reconocimiento que abre espacios. Hace ya leyes cunde, Bradley Cooper, y eso que hacéis vosotros con las drogas lo conocemos bien. Nos salva como os salva.

Que viva el chiringuito, pues. Que viva el chiringuito en el que se guarecen los compadres Brad Pitt, Ben Affleck, Bradley Cooper y Robert Downey Jr a contarse sus males, su adicción, a llorar como el otro, con el otro, y al hacerlo salvarse. Griten conmigo, estrellas sin edad, inmarcesibles machos eventuales, griten desde sus micros luminosos: "Hay que darles espacio".

Llámenlo chiringuito, y otra ronda, que la pagamos todas.