Posibilidad de un nido

Abrumador, constante, universal, inabarcable #SeAcabó

Abrumador, constante, universal, inabarcable #SeAcabó
Decenas de personas durante una concentración en apoyo a las campeonas del mundo para reivindicar un deporte libre de violencias machistas, en Callao, a 28 de agosto de 2023, en Madrid (España). - Jesús Hellín / Europa Press

Es abrumador. No doy abasto. Cuelgo un testimonio y en ese minuto que tardo en hacerlo me han llegado otros tres. Tengo cientos y cientos y cientos, a esta hora serán más de mil, mensajes de mujeres en mi cuenta esperando a que los publique. En cada uno, al menos una agresión. En la mayoría, tres, cuatro, cinco, "pero podría seguir contando".

El domingo pasado publiqué un artículo en el que narraba la canallada que sufrí por parte de algunos de los tipos de la sección de Deportes de El Mundo cuando entré a trabajar en la redacción de Catalunya y cómo eso me afecta aún hoy. Podría haber narrado otras muchas, muchísimas, pero en esa se juntaban el fútbol y lo laboral. Me preguntaba a cuantísimas mujeres el discurso de Rubiales les había traído a la memoria las agresiones sufridas. 

Cuando lo colgué en mi cuenta de Instagram, efectivamente, empezaron a responderme. Se me ocurrió que podría ser algo parecido al #Cuéntalo, que cundiera y acabara provocando un efecto de memoria colectiva. No calculé que aquello se lanzó en tuiter y que Instagram es una red distinta. La gente es distinta, las mujeres, los perfiles, el contenido, todo es distinto. Es más "familiar", menos político, menos agresivo. Por eso, entre otras cosas, dejé la red ahora llamada X. 

Abro cada mensaje, doy las gracias, hago una captura de pantalla, la cuelgo en mi cuenta. Miro el perfil de la mujer que me cuenta cómo su tío le tocaba la vulva en la casa de verano, cuando llegaba de visita, cómo no ha vuelto a tener relaciones sexuales sanas, que está en terapia, que se ha hartado, que no ponga su nombre. En su cuenta aparece con su hija y su nieta, una bebé, este verano en la playa. La mujer que me cuenta cómo el ginecólogo, en las primeras visitas, de adolescente, le dejaba el dedo dentro de la vagina mientras le pellizcaba los pezones sale con sus amigas celebrando este agosto insoportable en una playa del sur. La mujer que cuenta cómo su primer novio la violó analmente a los 16 y ella no gritaba, lloraba en silencio, para que él acabara pronto después de negarse repetidamente pone fotos de atardeceres y montañas verdes de Cantabria. 

La mayoría narra agresiones sufridas en su infancia, a los seis, los nueve, los once. Tenemos un problema gravísimo al que evitamos poner nombre, plantar cara. La mayoría eran niñas. La mayoría me pide que no ponga su nombre, que no se sepa quiénes son. Pienso en la vergüenza, en la terrible vergüenza social que carga la víctima de violación y agresión sexual. Pienso en cómo cualquier otro delito nos lleva a nombrar al criminal, señalarlo, cómo a nadie se le ocurriría silenciar su nombre en la denuncia del atracador, el ladrón, el estafador, el asesino. La mayoría dice que leer a otras mujeres ha despertado sus propios recuerdos, y quiere sacarlos.


El problema son los recuerdos. La solución son los recuerdos. Los testimonios despiertan los recuerdos dormidos, tapados, noqueados. Están ahí, dentro de todas y cada una de nosotras, y ese todas me resulta abrumador y evidente en esta ocasión. De todas las edades, de todos los perfiles, profesiones, condición económica o social, de todas partes. Instagram es una red de perfil más familiar, más amable, mucho menos agresiva o política. Los centenares y centenares y centenares de mujeres que me escriben no son activistas ni tienen un perfil político o reivindicativo. No hay manera de clasificarlas. Son todas. Todas.

Otro detalle. En esta ocasión, la cuestión no es señalar, la cuestión no es el #metoo. La cuestión es aquello que llamaron el #NotAllMen, o sea el "no todos los hombres". Y sí, todos los hombres. Si todas las mujeres hemos sufrido violencia machista, todos los hombres, de una manera u otra, han participado y participan. Es el silencio de los jugadores varones, de los deportistas varones. En ese silencio se retrata el silencio de todos los hombres y sobre ese silencio se construye la estructura extremadamente violenta contra las mujeres de la sociedad en la que vivimos. Sin el silencio de los hombres nada de esto sería posible. Los que no hayan agredido activamente, lo han hecho por omisión. Porque ahora más que nunca, con este #SeAcabó, está quedando claro que todas las mujeres conocemos la violencia machista, la hemos vivido y la vivimos. Aquella que diga que no, que piense en la primera noche que permite a su hija salir hasta tarde, en cómo la espera despierta, aterrada. Que piense en el miedo que le producen unos pasos tras ella por la noche en la calle, y después en el descanso que siente al ver que quien camina detrás es una mujer.


Todas somos Caperucita. Y la madre de Caperucita fue en su día Caperucita, igual que su abuela. En el bosque está el lobo. Todas lo sabemos. Ese lobo es el hombre. La madre de Caperucita es conservadora y progresista, rica y pobre, culta e iletrada, urbana y rural. La madre de Caperucita somos todas. Porque todas sabemos.

Veo a mi hija de 14 años salir en pantalón corto a caminar monte arriba hacia el bosque en el precioso valle del Baztán. Al rato, veo pasar un coche por la carreterilla que ha cogido. Pienso que le dirán algo desde la ventanilla. Lloraría de rabia por pensarlo. Antes, hace nada, lo daba por hecho, el mundo era así. Ahora, por primera vez, siento que no, que eso no debería pasar, que podría no suceder. Pienso por primera vez en serio en la posibilidad de vivir en un mundo sin dar por hecho que una mujer será agredida por el hecho de serlo. Ni siquiera llego a imaginármelo, pero el simple hecho de pensarlo ya es un paso. Y #SeAcabó.

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