Posos de anarquía

Vidas que valen menos que el cayuco que las trae

Varias personas llegan en barco al muelle de La Restinga, a 4 de octubre de 2023, en El Hierro, Islas Canarias (España). / Europa Press
Varias personas llegan en barco al muelle de La Restinga, a 4 de octubre de 2023, en El Hierro, Islas Canarias (España). / Europa Press

La presente pasará a la historia como otra semana de la vergüenza para Europa, que ha vuelto a dar la espalda al ser humano. El pacto migratorio que han aprobado los Veintisiete de la Unión Europea (UE) llega infectado con la xenofobia de países como Italia, cuya primera ministra Giorgia Meloni ha conseguido imponer su inhumanidad a cualquier otra consideración compatible con la solidaridad.

Cuando se trata de derechos humanos, tan sólo existen posiciones maximalistas por el lado del recorte, porque en el otro extremo únicamente se trata de una cuestión de protección y respeto por la vida humana. De poco ha servido que países como Alemania, uno de los que mayor acogida de personas refugiadas realiza en Europa, tratara de ofrecer mayores protecciones a quienes huyen de desastres naturales, guerras o el mismo cambio climático. Meloni ha sabido aprovechar la inacción de la UE en los principales focos de llegada de migrantes, en su caso Lampedusa, en el de España Canarias, para generar la tensión necesaria, exponer posiciones maximalistas y restringir aún más la solicitud de asilo.

El pacto migratorio aún ha de pasar diferentes fases para su plasmación oficial (Consejo de la UE, el Parlamento y la Comisión Europea), pero la semilla del mal ya se ha plantado y, como hemos visto en otras ocasiones, abono para hacer crecer esta ponzoña no le falta a la UE. Que exista una esquema definido para que todos los Estados miembros tengan que asumir a personas demandantes de asilo –contra lo que han votado Hungría y Polonia, ¡oh, sorpresa!- no es suficiente, porque se ha preparado el terreno por detrás para negar la solidaridad. Ya no es sólo que se restrinjan aún más las ya de por sí exigentes condiciones para aceptar solicitudes de asilo, sino que pueden alargar su procesamiento y, lo que es peor, se trata a las personas migrantes como criminales, pudiendo ser detenidas hasta 18 meses –actualmente son ocho semanas-.

Por otro lado, no es la primera vez que los Veintisiete apuestan por reforzar los mecanismos de ayuda urgente de todos los socios cuando se producen repuntes repentinos de llegadas masivas de migrantes al sur de Europa, pero nunca se han materializado a tiempo. El nuevo acuerdo en esa línea trae consigo apariencia de papel mojado o, lo que es peor, de una represión conjunta reforzada.


Y es que la represión y la externalización de la fuerza bruta han marcado la línea de actuación con los movimientos migratorios hacia Europa. Sucedió en su día con las personas refugiadas sirias, subastadas como en una lonja para repartirlas por países y pagando cuantiosas sumas a Turquía para quitarse de en medio el problema. Esta subcontratación de la represión la hemos visto en nuestras propias fronteras, con la masacre de Melilla en la que, incluso y como demostraron los vídeos publicados por este medio, se permitió la entrada de policías marroquíes en territorio español. Y lo hemos visto recientemente en Túnez, a quien el pasado mes de julio se llegó a prometer hasta 1.000 millones de euros para frenar las embarcaciones precarias que arriban a las costas europeas, mientras veíamos crudas imágenes de familias muriendo en su desierto, negándoles incluso el agua.

Con un ministro de Exteriores servil como es José Manuel Albares, no sorprende que España, que preside el Consejo de la UE este semestre y precisamente por eso acoge hoy la Cumbre Europea en Granada, no haya alzado la voz con contundencia ante la toxicidad de países como Italia, pero no por ello deja de ser menos doloroso, menos vergonzante. Ser cómplices de la vulneración de derechos humanos a personas que huyen, la mayor parte de las veces, de horrores en cuyo origen Europa tiene mucho que ver, es algo que nos acompañará en la Historia.

La sucesión de golpes de Estado que hemos visto en los dos últimos años en África, a la que seguimos tratando como si fuera un país en lugar de un continente, está marcada por la herencia europea. Todos ellos o bien se quieren sacudir de una vez por todas el dominio neocolonial –los más legítimos, que se han plantado ante esa 'Francáfrica'- o bien es el propio Norte Global, quien mueve los hilos para perpetuar líderes corruptos que mantengan ese dominio occidental.


Fruto de esos Golpes de Estado, de las guerras por beneficiarse de las políticas extractivistas de minerales imprescindibles para nuestros dispositivos electrónicos, de los acuerdos comerciales internacionales que terminan por asestar mandobles de muerte al modo de vida tradicional (agricultura, pesca...) o del mismo cambio climático al que Europa ha contribuido decisivamente con sus emisiones de CO2, se producen estos movimientos migratorios.

A Europa se le llena la boca de solidaridad, de abordar el problema en el origen –algo que ni hace ahora en Nagorno Karabaj-, pero al final termina poniendo el énfasis en levantar empalizadas –reales o figuradas- para dar la espalda en frontera a quien más lo necesita. Uno de los grandes frenos al desarrollo de muchos países africanos es su infraestructura energética, incapaz de mantener un mínimo desarrollo industrial que permita cierta autosuficiencia. ¿Se ha planteado el Norte Global resolver esta problemática? Evidentemente no, porque ello significaría dejar de ser destino de todas esas materias primas esquilmadas con las que sigue enriqueciéndose. Hay vidas humanas que para Europa valen menos que el cayuco que les trae.

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