Teherán: una mala copia

Pere Vilanova
Catedrático de Ciencia Política

La historia se repite, a veces como farsa, a menudo como un simple remake, es decir, esa segunda versión mala de películas anteriores que tuvieron su público en su momento. La reciente crisis en Irán, con el asalto “espontáneo” de unos airados “estudiantes” iraníes contra la representación del “pequeño Satán” (denominación oficiosa que el régimen iraní da a Reino Unido), no es un problema menor en la política internacional, y no sabemos si tendrá consecuencias inmediatas. Pero las tendrá. He aquí algunas. Por ejemplo, raras veces el Consejo de Seguridad de la ONU toma decisiones tan unánimes y fulminantes como la condena de ese acto, y con China y Rusia a la cabeza. Campeones de la “no intervención”, esos dos miembros permanentes del Consejo tienen auténtica alergia a todo lo que rompa las convenciones y normas (escritas y consuetudinarias) de la diplomacia tradicional, y en esta ocasión tienen mucha razón. La diplomacia puede gustar poco, pero desde hace unos siglos define un mínimo de reglas que los estados –sobre todo cuando están enfrentados– han de respetar para evitar un desastre aún peor. En segundo lugar, el actual régimen iraní es una pésima caricatura de su primera versión. En vida de Jomeini, su fundador y líder máximo, ya unos estudiantes “enfurecidos” tomaron al asalto la Embajada de Estados Unidos en pleno, tomaron como rehenes a más de 50 diplomáticos y los mantuvieron encerrados, dispersos por todo el país, mostrados a la multitud ¡durante 444 días! El asalto fue a finales de 1979 para castigar al entonces presidente Carter, pero lo curioso es que los liberaron a todos el 20 de enero de 1981 para celebrar la toma de posesión (ese mismo día) de Ronald Reagan. ¿Por qué ese día ese regalo a Reagan?
La razón más importante del show del otro día (la televisión oficial había instalado previamente varias plataformas delante de la Embajada para transmitir mejor su asalto “espontáneo”) es que el régimen de Ahmadineyad no sabe cómo quitar protagonismo a los movimientos de protesta del mundo árabe, sobre todo a los que van bien y en la dirección adecuada, no puede soportar que el modelo sea Turquía, y no puede soportar haberse quedado más solo que la una ahora que su aliado en el mundo árabe, Siria, está bajo la lupa del oprobio general. Una pésima actuación.