Del consejo editorial

La ciencia en Main Street

MIGUEL Á QUINTANILLA FISAC

Los ciclos de bonanza por los que España ha pasado durante los 30 últimos años nunca han durado lo suficiente para permitir que nuestro sistema científico y tecnológico diera el salto definitivo. En el primer informe que la OCDE hizo del sistema español de ciencia y tecnología casi en la prehistoria (es decir, en 1967, la época de los Planes de Desarrollo de López Rodó), ya se señalaba la necesidad de aumentar el esfuerzo de nuestro país en I+D hasta llegar al 1% del PIB. La misma meta seguía todavía siendo un reto cuando se inició la profunda renovación de la política científica española en los años ochenta. La crisis de los noventa frustró el intento y de nuevo a principios del milenio suspirábamos por llegar al 1% del PIB.

Ahora ya lo hemos conseguido: en 2006, España había llegado al 1.2% del PIB dedicado a Investigación y Desarrollo y en el VI Plan Nacional de I+D, que entró en vigor el 1 de enero de este año, el Gobierno se propone mantener un ritmo de crecimiento del esfuerzo en ciencia y tecnología que debería permitirnos llegar al 2% del PIB en 2011.
Todo parecía ir sobre ruedas y, de repente, la crisis financiera internacional irrumpe en la escena: Wall Street dice no, el crecimiento económico se detiene, los presupuestos del Estado entran en déficit, las empresas reducen actividad, se incrementan el desempleo y la morosidad... El choque es brutal y los analistas más avispados no tardan en señalar dónde está el problema: volvamos a la economía real, volvamos a Main Street.

¿Qué pasa mientras tanto con la ciencia? Aunque no haya ejercido de prima donna, tampoco le ha ido tan mal en la fiesta de Wall Street mientras duró. A pesar del pinchazo de la burbuja de las punto com hace unos años, la importancia de la ciencia ha sido tan grande que ha dejado su marca para siempre en los mercados bursátiles, con la aparición de los índices tecnológicos.

Durante los años de oro, quien sólo escuchara la información económica de los telediarios podría llevarse la impresión de que la tecnología no era sino una variedad de fondos de inversión.

¿Qué va a pasar ahora con la ciencia en la economía real?

Todo el mundo está convencido de que la recuperación de la economía, cuando se produzca, necesitará replantearse sobre bases nuevas, más centradas que nunca en el conocimiento, la innovación y la economía productiva. Para que esto sea posible es imprescindible continuar el esfuerzo inversor en infraestructuras científicas y tecnológicas, aunque para ello haya que dedicar fondos a aliviar temporalmente las obligaciones financieras contraídas por las empresas, universidades e instituciones que durante los últimos años se han comprometido en grandes proyectos de I+D.
En este caso, no se trata de operaciones especulativas o inventos financieros de riesgo, sino de economía real a largo plazo: crear parques tecnológicos, infraestructuras de investigación y proyectos de desarrollo que bajo ningún concepto deberíamos abandonar.

Ahora que por fin parece que hemos cogido el paso en la marcha hacia la madurez de nuestro sistema de ciencia y tecnología, no lo podemos perder. Si las entidades financieras necesitan cien mil millones para poder garantizar el futuro de todo el sistema, las infraestructuras científicas necesitan mucho menos, pero lo necesitan más.

Miguel Á Quintanilla Fisac es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia