Dominio público

La conjura de los necios

Vladimir López Alcañiz

Doctor en Historia

Vladimir López Alcañiz
Doctor en Historia

El río todavía anda revuelto, pero poco a poco las aguas vuelven a su cauce. Durante años, hemos vivido aletargados en la burbuja del crédito fácil, el dinero negro, el ansia de lujo y la incultura del pelotazo. En un país trastornado por la fiebre del oro, el PP llegó a cosechar la adhesión de casi la mitad de los votantes. Ahora, sin embargo, cuando una crisis atroz nos ha revelado que aquella modernidad no era más que bisutería, y de buscar oro hemos pasado a robar cobre, el PP ya solo puede pescar en su genuino caladero. Por eso sus porcentajes de apoyo se acercan cada vez más a los del abandono escolar, el analfabetismo científico y la audiencia de la telebasura. Hoy por hoy, la confianza en los populares y la creencia en que el Sol orbita alrededor de la Tierra son casi idénticas entre los españoles.

Está claro que exagero. La precariedad y el hambre que se han abatido sobre los humildes, así como el atraso secular de un país más cainita que liberal y más inquisitorial que ilustrado, han arrancado a jóvenes de las aulas y han dejado a generaciones sin estudio. Pero, aun sin acceso a la cultura, muchos han sabido sobreponerse al infortunio, forjarse una visión del mundo e identificar a quienes no eran sus amigos políticos. Sorprendentemente, no solo de la ignorancia se nutre el PP.

También lo hace de los bajos fondos del fanatismo, donde habitan esas turbas de creyentes que de vez en cuando se reúnen en las calles para defender a la familia y celebrar su anacronismo. Pero tampoco eso es todo. Por suerte, los fanáticos siempre son pocos. Y hoy son tan burdas las mentiras de la tropa popular, es tanta su miseria intelectual y tanta es su corrupción moral, que incluso la ignorancia se rebela contra ellas. Para que el PP siga encabezando las encuestas, para que siga contando con plumíferos en periódicos montaraces y voceros en televisiones cavernícolas, es necesaria la conjura de los necios. Recuérdese que, según Flaubert, no es necio el que no sabe, sino el que se niega a cuestionar sus prejuicios. El que posee información, pero se resiste a convertirla en sabiduría. Jean-François Revel diagnosticó esta dolencia de las sociedades abiertas: la llamó "conocimiento inútil", y nadie está a salvo de ella. ¿Cómo explicar, si no, que un premio Nobel pudiera creer a Esperanza Aguirre la Juana de Arco del liberalismo?

Repasemos los hechos recientes, pues los anteriores parecerán prehistoria a los educados en la amnesia y el desprecio a la memoria histórica. Empecemos, por ejemplo, con Aguirre, esa condesa disfrazada de plebeya que convirtió Telemadrid en una televisión estalinista, persiguió con denuedo el desmantelamiento de la sanidad pública, dilapidó centenares de millones en publicidad institucional y demostró tener un ojo clínico para contratar a futuros convictos. Ante la demanda de regeneración democrática, ella es la respuesta del PP.

Ah, pero esta es solo una migaja entre la cohorte de despropósitos de la última legislatura popular. Por razones de espacio, enumero estos seis. En 2009, TVE ganó el premio al mejor telediario del mundo por su calidad informativa. En cuanto el PP llegó al poder, su alergia a la verdad impuso de nuevo la manipulación como norma. No hace tanto, España tenía uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Con el PP, se acabó la universalidad del derecho a la sanidad pública —aunque la presión social y el cálculo electoralista hayan obligado a rectificar ciertos extremos—. Es verdad que desde hace tiempo España carece de una ley educativa consensuada y duradera, pero ¿cómo va a pactarse nada con un partido que tiene en el fracaso educativo la garantía de su éxito? La última reforma del PP blinda los conciertos con los colegios que segregan por sexo, relega la filosofía y otorga a la religión católica el peso de una asignatura seria. En nuestro pequeño caso Dreyfus, Baltasar Garzón, que destapó la trama Gürtel, tuvo que decir adiós a la carrera judicial tras la denuncia de los corruptos y la suprema injusticia de nuestro más alto tribunal. El IVA cultural, el mayor de Europa, es una muestra de la inquina y la saña con que el PP rastrea cualquier atisbo de conocimiento, de ciencia, de humanidades y de cultura para descabezarlo en cuanto asoma. Y, en fin, si alguien piensa en quejarse de tanta injuria, ahí está la nueva ley de seguridad ciudadana para poner una mordaza a la protesta.

Y junto a los despropósitos, las desfachateces. El juez Ruz ha acreditado dieciocho años de caja b del PP. Valencia se ha convertido en el parque temático del despilfarro y la corrupción. Cospedal aprobó una ley en Castilla-La Mancha para consumar legalmente un pucherazo electoral. Fernández Díaz concedió la medalla de oro al mérito policial a Nuestra Señora María Santísima del Amor. Trillo y Martínez-Pujalte, esa lumbrera que parece salida de una secuela de Torrente, cobraron cuatrocientos mil euros de una constructora mientras eran diputados. Ana Mato, menuda lince, era incapaz de ver un Jaguar en su garaje. Y Gallardón coronó el Himalaya del cinismo y la abyección al perpetrar esa injerencia insufrible en la vida de las mujeres que era su proyecto de ley sobre el aborto. "Es lo más progresista que he hecho en mi vida", dijo con descaro.

A pesar de todo, si, por arte de magia, el resultado de lo enunciado fuera un país boyante y justo, aún podríamos sentir por la familia popular una curiosidad parecida a la que manifestaba Lévi-Strauss —el antropólogo, no el de los vaqueros— por las tribus del Amazonas. Pero es que vivimos en un país con más de cien mil familias desahuciadas en los últimos tres años, con decenas de suicidios por esa causa, con once millones de personas en riesgo de exclusión social y más de dos millones de niños bajo el umbral de la pobreza. Y, para más inri, tenemos que atender a tal desmoronamiento con los políticos peor preparados de Europa, con un presidente pusilánime que solo lee el Marca y con el efecto combinado del exilio de los cerebros y la aurora de los mediocres. Para dejar de ser un país de segunda, hay que desalojar a los políticos de cuarta.

El río todavía anda revuelto, pero haremos bien en acercarnos hasta su cauce a refrescarnos, no sea que este verano anticipado nos derrita las neuronas y mordamos el anzuelo del partido del pasado. Solo con el recuerdo vivo, las ideas frescas y la pasión intacta lograremos estar a la altura de la emergencia en que nos hallamos. Y eso significa acabar, de una vez para siempre, con la casta, el fango y la caspa de un Partido Popular cuya única oferta es el gobierno de los necios, por los necios y para los necios.