Opinion · Dominio público

Podemos 2017: el mapa y el territorio

Eduardo Maura

Diputado por Bizkaia y Secretario Político de Podemos Euskadi

No me gustan los manifiestos. Aunque ayudan a posicionar debates y a posicionarse en ellos, tanto quien firma como quien no lo hace paga el precio de entablar un diálogo menos productivo de lo que sería posible en otro contexto. La lógica de los manifiestos es como una conversación en la que la comunicación se interrumpe por el mal tiempo una y otra vez. Nos escuchamos, pero la línea se entrecorta. Es mejor que no hablar, pero nos deja mal sabor. Más aún, su proliferación señala carencias fundamentales en la democracia (interna y externa): la falta de espacios y tiempos comunes para hacer política, o lo que es igual, la ausencia de condiciones materiales para abordar las cuestiones primordiales, por falta de herramientas organizativas e institucionales.

Sin embargo, esta semana he sentido la necesidad de firmar nada menos que dos: “Democracia para ganar” y “Podemos en movimiento”. El motivo no es adherirme a alguno de los “ismos” en juego. Ni los niego ni soy ajeno a ellos, pero pertenecen más al registro periodístico —necesario para que la gente comprenda, pero tramposo— que a la cultura cotidiana de la organización, que es más compleja y matizada. Si he firmado ambos textos es por cierta simpatía con el principio descentralizador que los anima, y, sobre todo, por el temor a que la próxima asamblea ciudadana de Podemos no dé cabida a algunas de estas cuestiones primordiales.

Vistalegre I fue un proceso decisivo para Podemos y para el cambio político a nivel estatal. No estaríamos donde estamos sin él, quizá no tendríamos alcaldías del cambio, ni confluencias, ni 71 escaños en el Congreso y muchos más en los parlamentos autonómicos, Juntas Generales, Senado, cabildos, etc. Por expresarlo muy resumidamente, tomamos muchas decisiones en poco tiempo porque el desafío electoral lo exigía. Fue una de esas decisiones que te cambian la vida, pero que, incluso si acertaste, después sientes que no tomaste con la calma debida.

Porque Vistalegre I también se dejó fuera muchas voces. No me refiero a los órganos de dirección, sino al debate mismo. Los actores con peso fueron pocos y fundamentalmente madrileños. Participaron personas de todas partes, muchas con brillantez, pero el peso de Madrid fue enorme. Entonces los órganos autonómicos no estaban constituidos, no había tantos círculos sectoriales, el tejido municipal era menos rico que después de las elecciones municipales, etc. En general, puede decirse que fue una asamblea carismática, basada en liderazgos fuertes, de la que la mayoría recordamos unos pocos debates y tres o cuatro intervenciones decisivas. Cuando escribamos esta historia comprobaremos que hubo mucho más, pero puede decirse que, a efectos prácticos, Vistalegre I fue una asamblea en la que muy pocas ideas acumularon casi todo el peso.

Pienso sinceramente que Vistalegre II no debe repetir este modelo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y el terreno de nuestros debates se ha ensanchado. Escribo desde Euskadi, pero creo que no me equivoco si digo que los territorios y los círculos, en general, tenemos una tarea fundamental: hasta ahora traducíamos Podemos para trasladarlo a nuestras realidades. Pues bien, ya no se trata de interpretar Podemos, ahora se trata de transformarlo. Tenemos más recorrido propio y más riqueza que en 2014, construimos plurinacionalidad todos los días de la semana, desplegamos formas organizativas y contenidos propios, y esto debe notarse en los resultados de la asamblea.

Por eso considero muy positiva la asamblea ciudadana de Podemos Euskadi que se ha convocado recientemente como espacio de deliberación conjunta de círculos, consejos e inscritos. Primero, porque nos permitirá llegar a la asamblea estatal con consensos útiles para una más que probable fase de construcción de movimiento popular, precisamente en el ámbito local. Segundo, porque pienso tanto Euskadi como el resto de territorios deben tener más peso en los debates de Vistalegre II. Y no me refiero a las direcciones autonómicas y municipales, sino al conjunto de las personas inscritas. Tercero, porque tenemos algunos retos propios que ni podemos ni debemos abordar en un lenguaje estatal si de verdad queremos cambiar nuestro país de países.

Podemos Euskadi —valga solamente como ejemplo— es una organización diversa que no se ajusta a ninguna etiqueta estatal. Como comunidad política y como militantes de Podemos tenemos la oportunidad de hacer propuestas concretas sobre el modelo organizativo y la federalización, los órganos provinciales, la Renta Básica, la paz y la convivencia, la feminización, el autogobierno como herramienta para blindar los derechos sociales, etcétera, que pueden ser de mucha utilidad para toda la militancia. Para ello necesitamos una asamblea propia, sin tutelas ni traducciones a dinámicas estatales, que nos ayude a  hacer de Vistalegre II una asamblea mejor. Sólo liberándonos de corsés preestablecidos podremos aportar contenidos novedosos; sólo así podremos construir en común y corresponsabilizarnos del proceso, desterrando para siempre la lógica de “ir a Madrid” a pedir cosas.

Con esto llego a lo que en mi opinión debería ser Vistalegre II: un debate de ideas. Esto lo dice mucha gente, pero pienso que es algo muy serio porque las ideas se miden por sus efectos en la realidad. Por supuesto que las ideas las proponen personas, pero es obvio que también nos trascienden como personas. Debemos dejar que la realidad plural de Podemos irrumpa y desborde las ideas y a las personas concretas que van a protagonizar la asamblea ciudadana. Lo último que necesitamos es que se convierta en un plebiscito, o peor aún, en un debate constreñido por nombres propios. Los debates que debemos tener no caben en ninguna cara. Es indudable que Pablo Iglesias, Iñigo Errejón, Teresa Rodríguez o Nagua Alba deben desempeñar papeles importantes, pero en ningún caso Vistalegre II debería reducirse a una votación sobre personas. Perderíamos la oportunidad de construir una organización más amable para militar y más útil hacia fuera. También por eso la votación debe separarse: es el contrapeso imprescindible para tener un debate entre iguales, no una conversación más o menos amable con la dirección estatal.

Para construir un Podemos que nos sirva para ganarle al Partido Popular, también necesitamos dotarnos de las condiciones materiales adecuadas para el debate. No tenemos mucho tiempo, pero debemos aprovecharlo bien. En este sentido, hay tres propuestas que deben estar encima de la mesa:

  • Aplicación de un sistema de votación proporcional: a lo largo de estos años he echado de menos ciertas voces y debates en los órganos en los que he participado, comenzando por el Consejo Ciudadano Estatal.
  • Democratización de los espacios y tiempos de la asamblea: hagamos de la asamblea de Vistalegre II un espacio menos solemne e intimidante, en el que discrepar o señalar déficits no sea imposible para quienes no están acostumbrados a hablar en público. Como decía antes, las ideas se miden por sus efectos, no por los aplausos que generan. En ese sentido, pongamos los medios para que las mejores propuestas de Vistalegre II vengan de personas desconocidas.
  • Censo abierto: aunque sabemos de sobra que es difícil hacer convivir el debate en profundidad con la imagen de unidad, no conviene preocuparse mucho por las portadas de estas fechas. Estoy convencido de que un proceso bien construido, no plebiscitario y por tanto no encorsetado, abierto, en el que deliberar y votar sean igual de importantes, que garantice que los debates se encaucen hacia fuera y hacia delante, puede generar mucho interés. Ojalá ese interés se traduzca en participación, y para ello necesitamos abrir los censos y los espacios por igual.

Ojalá salgamos de esta segunda asamblea con la organización y la hoja de ruta política que necesita nuestra gente, y, por encima de todo, habiendo mostrado a los millones de personas que nos miran con curiosidad que cada vez que abrimos un debate es para ganarle mejor al Partido Popular y para conseguir antes un gobierno de cambio. Con fuerza e ilusión renovadas, es la hora de avanzar.