Opinion · Dominio público

El mal en la sociedad de las redes

Claudio Zulian

Cineasta y artista. @claudiozulian1

En la sociedad de las redes el mal son los otros. Afirmar tal cosa podría parecer extraño. De las redes se ensalza la capacidad de permitir la comunicación entre las personas a una escala nunca vista. Con ello se supone que el internauta puede encontrar en los otros empatía, amistad y alivio a sus soledades sin que ello dependa de la distancia, de la presencia o incluso del conocimiento previo. Sin embargo, este discurso beatífico no tiene en cuenta la sociedad concreta en que las redes se han desarrollado: no se trata de una genérica humanidad con un edénico deseo de comunicar, sino de una muy característica sociedad capitalista y consumista. Los individuos que la integran tienen rasgos mentales específicos: el más determinante de todos es, quizá, el narcisismo.

La ética del consumo tiene en su centro la orden de gozar. La publicidad nos da evidencias diarias de ello: desde las obvias equivalencias entre tal producto o tal experiencia  y el éxtasis sexual, hasta las más genéricas invitaciones al disfrute y a la fiesta sin límites. El goce es una vivencia humana muy particular cuyo epítome más cotidiano podría ser el orgasmo sexual: la consciencia de sí queda suspendida; tiempo y espacio, yo y el otro, tienden a confundirse en un estallido de sensaciones inconexas, relacionadas sólo con la capacidad de percepción del individuo.

La ética consumista del goce tiene como consecuencia la construcción de una personalidad narcisista, atenta exclusivamente a la multiplicación de sensaciones y vivencias del propio individuo. Es esta una novedad de primera importancia en la historia de la cultura. No es que sociedades anteriores no tuvieran que ocuparse del goce, no le hicieran sitio o no intentaran encauzarlo. Pero nunca había sido el fundamento de la ética común.

Fundar todo lazo social sobre el goce de la personalidad narcisista, supone encarar algunas dificultades importantes. Por una parte, el goce abole la temporalidad (el típico “todo, aquí y ahora” que la publicidad pregona incesantemente). Lo que suceda después del goce se vuelve simplemente inimaginable. Así, los actos valen sólo por las sensaciones que procuran al instante, sin importar lo más mínimo sus consecuencias: la desresponsabilización es radical. Por otra parte, se vuelve imposible también todo proyecto: si no hay un después no se puede imaginar ahora algo que tardará un tiempo en realizarse.

De la desresponsabilización y de la imposibilidad de proyecto, típicas del consumismo, nacen algunas de las más notorias demandas sociales de la actualidad. La más curiosa es quizá la intensa apelación al poder para que asegure la continuidad del goce (que se suele indicar como “libertad” en los medios y las redes). Se podría suponer que una sociedad constituida por personas individualistas y narcisistas tendería a ser más bien una sociedad anárquica, en tanto que el poder es siempre una limitación de los comportamientos del individuo. Sin embargo, la sociedad consumista madura está toda ella atravesada por demandas de regulación y protección, de inscripción del goce particular como derecho en el cuerpo de la ley y de los medios coercitivos que aseguren su imperio.

Se trata de un rasgo realista de la ética del goce. Los consumidores, muy a su pesar, no son niños infantes. Por un lado el propio individuo entregado al goce no puede hacerse cargo de la seguridad de seguir gozando: sería un proyecto de goce, algo imposible por definición. Por otra parte, los consumidores  han experimentado los límites que la concreta experiencia vital impone al goce. Es verdad que hay algunos héroes: los adictos que llevan la orden de gozar a sus consecuencias más extremas, más allá incluso de los límites impuestos por la biología (y revelan así lo letal que anida en su fondo). Pero, el consumidor corriente suele tener adicciones razonables y sabe que, en principio, no puede gozar todo el día: entre otras cosas, hay que trabajar. Sabe, sobretodo, que los goces de los otros interfieren continuamente en el goce de uno. Los conflictos grandes y pequeños debidos al roce con los demás le devuelven una y otra vez a un principio de realidad: la necesidad de establecer tratos y límites espaciales y temporales al íntimo y continuo estallido de sensaciones. De ahí la apelación al poder para que se establezcan leyes y reglas claras. Sin embargo, la manera en cómo se apela dice mucho de la ética subyacente. No se trata de una serena demanda de orden y pacificación al estilo del Siglo de la Luces. Más bien, se trata de una irritada, perentoria y vengativa demanda a castigar al otro por haber invadido el propio espacio de goce. El narcisista consumista ve todo conflicto como un menoscabo de su goce, una falta insoportable que no tiene redención porque, al ser el presente la única dimensión de su vida, todo siempre ya ha sucedido y no tiene arreglo. De aquí nacen la características demandas sociales de tolerancia cero, de no prescripción de los delitos y de no reducción de las penas.

Este malestar de fondo de la sociedad consumista, generado por la difícil conciliación entre el goce narcisista y la vida en sociedad,  estalla con ímpetu al amparo del relativo anonimato y de la aparente inocuidad de las redes. Su paradigma es el hater. No olvidemos que proferir expresiones de odio es una forma de goce: el hater conjuga así la expresión de su malestar narcisista con la obediencia a la orden consumista de gozar.

Casi todas las reivindicaciones y las denuncias de las redes, por muy justos que sean sus puntos de partida y sus razones, están sostenidas en parte por formas de odio hacia los supuestos limitadores de los goces individuales que la sociedad de consumo parece asegurar. Nadie se libra de la sensación que podría estar entregado al goce todo el día y sin embargo hay otros que se lo impiden. Es, además, en términos generales, cierto.

Quien ha entendido cabalmente esta situación es la llamada “ultraderecha” actual. Me parece este un nombre que confunde, porque remite a la ultraderecha clásica y en última instancia al fascismo, cuando en realidad es un fenómeno nuevo, con nuevos contenidos. Ya no se trata, como en los años 30, de la expresión de una clase media empobrecida que teme verse proletarizada y despojada de los ahorros de años de sacrificios. Ahora es la voz de toda la sociedad que expresa su resentimiento ante la imposibilidad del goce prometido.

En este nuevo contexto los progresistas tienen muchas dificultades: no han conseguido hallar un punto de equilibrio entre las llamadas políticas de reconocimiento (de los derechos de las mujeres, de las opciones sexuales, de las minorías raciales) y las políticas de redistribución. Las primeras son reivindicaciones del goce individual, mientras las segundas son limitaciones a las posibilidades de enriquecerse y por lo tanto de gozar. En la óptica narcisista actual se trata de éticas inconciliables que acaban por resaltar e incluso multiplicar la tradicional división de clase.  Bien lo saben los educadores de los barrios difíciles de nuestras ciudades, que tienen que lidiar con jóvenes sujetos tan narcisistas y dispuestos al goce como todos los demás y sin embargo desprovistos, por su origen social, de los medios para ello. Todo consumista es un hater en potencia, pero la pobreza en la sociedad del goce es sin duda una razón para multiplicar el resentimiento.

Los twits de Trump o de Salvini los muestran como los jefes de fila de un difuso partido de los haters. El mal gusto, la falta de empatía, lo directo de las expresiones de odio, lejos de ser una expresión de un carácter personal malvado, conforman un estudiado, rico y sofisticado prontuario del hater actual (y como tal resuena en la red. Además, en cuanto a Trump, no hay contradicción entre ser multimillonario y buscar el voto de los pobres: su riqueza, su goce, es, para los haters, una evidencia de la verdad de sus palabras) como ya había descubierto Berlusconi antes que él.

El gran resentimiento consumista es el verdadero carburante de la política actual. La habilidad de los políticos de la “ultraderecha” estriba en saber dirigir o más bien desviar ese resentimiento hacia el otro de modo que no toque el núcleo del sistema social y económico. No lo tienen difícil: para la típica estructura fantasmática de la personalidad narcisista, la verdad de los hechos no importa. Sus verdades son fantasmas y fantasías que se dan como destellos de goce. No busca un verdadero culpable de sus frustraciones, con el que, si acaso, tendría que discutir o incluso luchar, sino sólo una figura, una fantasía que pueda recoger todo su resentimiento. Es mucho más funcional si no es real: así no puede responder. Los inmigrantes son perfectos para ello. Se ha repetido hasta la saciedad que en el 2018 no hay ninguna crisis migratoria en curso: las llegadas han bajado exponencialmente respecto de años anteriores. No importa. Lo difuso e indefinible de la figura del inmigrante (¿Quiénes son? ¿Refugiados? ¿Inmigrantes? ¿Buscavidas? ¿Pobres? ¿No-cristianos?) la hace perfectamente adecuada para su función de internáutico chivo expiatorio.

También los nuevos  nacionalismos (el “sovranismo” como lo llama Salvini) se alimentan de ello. En un momento en que el consumo ha universalizado no sólo los productos sino también la personalidad de los consumidores, podría parecer absurdo darse banderazos. Y sin embargo, es justamente la dimensión fantasmática de la pertenencia a un nosotros indefinible que asegura su eficacia. De ahí el síntoma del “robo del goce”: desde la guerra de los Balcanes no hay nacionalismo actual que no se sustente en la idea de que el otro (serbio, croata, rumano, español, catalán, italiano, europeo) nos roba algo y que “nosotros” somos las víctimas.

La sociedad del consumo contemporánea empezó a perfilarse con claridad en la Belle Époque. Entre 1860 y 1913, se fraguó una economía globalizada y unos hábitos de consumo que ya prefiguraban los actuales: se inventaron los Grandes Almacenes, las tiendas de Prêt à Porter, el verano turístico con sus hoteles y sus diversiones. Cualquiera que mire las caras de las personas retratadas por las primeras películas en el cambio de siglo, reconocerá la satisfecha bonhomía que ahora se expresa en nuestras playas. Mientras, en la prensa (las redes sociales de entonces) iba tomando cuerpo al resentimiento de esos primeros consumidores: regiones de Europa que había que “liberar” (Alsacia y Lorena, Trentino y Friuli), grupos de “otros” infiltrados en la sociedad, como los judíos, que torticeramente robaban el goce de los honestos ciudadanos. Llegó luego 1914 y los haters de entonces se encontraron de cara con sus fantasmas en las trincheras: eran hombres como ellos y, como ellos, iban armados. Y unos y otros eran carne de cañón.