Opinion · Dominio público

La política del clic en la cultura de la inmediatez

“Pero mientras hemos dicho esto ese presente,
ese ahora instantáneo en que estábamos ha pasado ya,
y se ha hecho definitivamente pasado,
pretérito”

Esta frase de José Ortega y Gasset sigue tan de actualidad como cuando la escribió hace casi un siglo. Vivimos sumidos en la vorágine de lo inmediato, la sociedad del clic como algunos la han llamado, donde en cuestión de minutos lo nuevo se vuelve antiguo y las noticias pierden relevancia. La vida de una noticia cada vez es más corta, de ahí la urgencia constante de la búsqueda de hechos noticiables.

El culto a la inmediatez va ligado al ritmo que marcan las redes sociales y los medios de comunicación, un tempo que también ha llegado, cómo no, a la política. Los partidos políticos también han salido a jugar, si no tienen noticias las fabrican, por muy absurdas que sean, lo importante ahora es aparecer en los medios, que se convierte en el fin en sí mismo. Así es como surge el impulso irrefrenable de las propuestas estrella, de ser el primero en opinar, en proponer, en hacerse hueco en los medios para controlar la agenda, haciendo así caso al refranero y su “quien da primero da dos veces”.

Pero da la sensación de que el efecto pretendido acaba diluyéndose entre tanta noticia. Las propuestas no se explotan, se lanzan una tras otra tan rápido que apenas dejan tiempo para el debate, para procesarlas e interiorizarlas, y los mensajes propios acaban pisándose los unos con los otros.

Este nuevo ritmo de la política parece ser una continua improvisación, donde poco sigue una estrategia global, donde cada pieza de ajedrez actúa sin prestar atención al tablero, con numerosas rectificaciones, tropiezos y contratiempos. La pasividad del laissez faire cuyo máximo representante fue Rajoy ha dado paso a un dinamismo y velocidad arrolladora. Si la política fuera música y midiéramos el tempo con un metrónomo podríamos apreciar cómo, aunque la política lleva implícita cierto dinamismo, habríamos pasado de un andante a un allegro, o de un adagio a un presto.

Y entre tanto, con la política del clic, nos sorprenden los ocurrentes tweets de Trump, la la imagen edulcorada de Trudeau, o los constantes cambios de rumbo que salen desde Moncloa.

¿No notáis esa sensación de ir con la lengua fuera? Detengámonos un momento a tomar un sorbo de agua.

El culto a lo inmediato bebe del materialismo, del aquí y ahora. Nos han hecho creer que la vida va tan rápido que no hay tiempo, por eso los mensajes con mayor eficacia son cortos, simplistas, dirigidos a un público que cada vez se informa más a través de las rrss e internet, pero sobre todo desde sus teléfonos móviles.

Toda esa velocidad ayuda a que las noticias falsas se extienden como una epidemia, la sociedad del clic se alimenta a base de titulares. El discurso político se aleja cada vez más de ser reflexivo para convertirse en discurso a golpe de tweet, ya no hay tiempo para los largos debates, ni tampoco para los espacios que invitan a la reflexión. Nos quedamos en lo anecdótico sin entrar de fondo a los temas que realmente nos importan. Lo preocupante es que la calidad del debate político se ha sumido en una profunda banalización de principios y pobreza de contenidos. Pocos somos los que sentimos aún cierta nostalgia al café con olor a periódico en mano en la barra de algún bar.

Que el mundo corra, que nosotros lo esperamos sentados.