Opinion · Dominio público

Peligrosa caridad

 

RICHARD GOWAN

Te gustaría donar dinero para apoyar la limpieza étnica en Darfur estas navidades? Puede parecer una locura, pero cualquiera que haya donado a organizaciones benéficas en Sudán puede haber hecho precisamente esto. Después de siete años de guerra civil, cerca de tres millones de desplazados viven en campos alrededor de Darfur y reciben alimentación y agua de la ONU y de ONG. Esto le viene bien al brutal Gobierno de Sudán. Tras haber recurrido a milicias para expulsar a civiles de sus hogares, ahora puede confiar en la cooperación internacional para gestionar la vida de sus víctimas. Mientras tanto, inmigrantes de otras partes de África se han apoderado de la tierra que los civiles desplazados dejaron atrás. Expertos en Darfur temen que el sistema de campamentos de Naciones Unidas se convierta en permanente, puesto que sus habitantes necesitarían de ayuda humanitaria durante décadas.

¿Es correcto continuar enviando asistencia en estas circunstancias? Muchas personas han realizado donaciones a entidades benéficas en el extranjero estas navidades. Pocos habrán pensado acerca de los dilemas de operar en lugares como Darfur. Pero está surgiendo un debate entre las entidades benéficas y ONG respecto a cómo se abusa de sus actividades, y no sólo en Sudán.

En marzo pasado, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU fue golpeado con la acusación de que la mitad del apoyo que envía a Somalia se dirige a milicias antigubernamentales y bandas de oportunistas. Después de que Pakistán fuera azotado por las inundaciones del pasado verano, un grupo de activistas acusó al Gobierno de derivar la ayuda extranjera hacia otros proyectos políticos, quizás, incluso, hacia cuentas privadas. Los críticos sostienen que esto no es ninguna sorpresa. The Crisis Caravan, una polémica obra publicada este año (aún no disponible en España), escrita por la periodista Linda Polman, ha puesto la atención en los problemas de la ayuda humanitaria. Polman argumenta que muchos cooperantes son terribles administradores y apenas saben nada acerca de los países donde trabajan. Esto les convierte en presas fáciles para los señores de la guerra y los gobiernos corruptos, que utilizan amenazas y mentiras para controlar la distribución de la ayuda. La rabia de Polman se fundamenta en sus propias experiencias en África central durante los años noventa. Allí, los perpetradores del genocidio de Ruanda en 1994 se refugiaron en el vecino Zaire y dominaron los campos de refugiados gestionados por las organizaciones humanitarias. Aunque el libro de Polman ha recibido críticas favorables, no informa mucho más de lo que los funcionarios de la ONU y la mayoría de las ONG no supieran ya. En la post Guerra Fría, admiten, formarse para ser cooperante supone simplemente aprender cómo evitar pisar minas antipersona. Ellos ahora intentan comprender la dimensión social y política de sus trabajos.
En ocasiones, ello implica innovaciones sencillas. El Programa Mundial de Alimentos, por ejemplo, se preocupa de que las poblaciones vulnerables puedan desarrollar una excesiva dependencia de la ayuda. El citado programa ha alimentado a algunas comunidades en Uganda durante 20 años. Ahora está buscando maneras de ayudar a que la gente sea más autosuficiente, dándoles, entre otras cosas, hornillos que consuman poco combustible.
Pero resulta muy difícil averiguar la mejor forma de tratar con gobiernos o milicias que quieren manipular la ayuda, como en Somalia o Sudán. En teoría, los funcionarios humanitarios saben cómo ponerse duros con los chicos malos. “Dejadnos operar sin obstrucciones”, sueñan con decir, “o nos marcharemos y contaremos al mundo que dejas morir a inocentes”. En la práctica, sin embargo, los señores de la guerra son (no sorprendentemente) más eficaces que los cooperantes a la hora de ser duros. Las organizaciones humanitarias no pueden abandoner una crisis sin pánico moral y mala imagen. A los grupos rebeldes somalíes y al régimen sudanés, esto no les importa.

A algunos expertos en desarrollo también les preocupa que, si la ONU y las organizaciones occidentales se van de lugares como Sudán, China u otras potencias emergentes ocupen su lugar. Están convencidos de que los chinos no impondrán ninguna condición por ayudar y podrían ser muy eficientes. En el caso de Darfur, la influencia de las agencias occidentales se ha reducido por el hecho de que la beneficiencia islámica ha jugado un rol cada vez más importante en la crisis. Su dinero y experiencia es bienvenida en muchos sentidos, pero tienden a evitar las críticas a los dirigentes proárabes de Sudán. Los gobiernos occidentales (incluyendo a EEUU y miembros de la UE, que suministran la mayoría de los fondos para ayuda humanitaria) no desean una guerra sobre principios humanitarios. Incluso en un caso como el de Sudán, las máximas prioridades occidentales no incluyen el desarrollo, sino que se centran en recursos energéticos y cooperación de inteligencia contra el terrorismo islamista. Es lamentable que el Gobierno paquistaní malverse nuestras donaciones, pero necesitamos la ayuda de Pakistán contra los talibanes. Unos pocos millones a fondo perdido es un precio que vale la pena pagar.

Por tanto, mientras expertos como Linda Polman y los planificadores de la ONU pueden pensar todo lo que quieran sobre cómo les gustaría que fuera el futuro del desarrollo, no conseguirán probablemente un mayor nivel de atención. Pero, si crees en la ayuda humanitaria, hay algo que puedes hacer al respecto. Más que donar dinero solamente a ONG, puedes hacerlo a organizaciones influyentes y de mentalidad política, como Amnistía Internacional, que organizan escándalos por las actuaciones de nuestros gobiernos.

Richard Gowan es Investigador principal del European Council on Foreign Relations 

ILustración de Iker Ayestarán