Dominio público

‘America’ después de Minneapolis, una nueva verdad

Ignasi Gozalo-Salellas

Visiting Assistant Professor. Ohio State University

Varias personas pasan por delante de una bandera estadounidense vuelta del revés, en protesta contra el racismo, en el edificio del Recinto Este del Departamento de Policía de Seattle, en la autoproclamada Zona Autónoma de Capitol Hill. REUTERS / Goran Tomasevic
Varias personas pasan por delante de una bandera estadounidense vuelta del revés, en protesta contra el racismo, en el edificio del Recinto Este del Departamento de Policía de Seattle, en la autoproclamada Zona Autónoma de Capitol Hill. REUTERS / Goran Tomasevic

Dos semanas después la muerte de Georgle Floyd en Minneapolis, y de la posterior revuelta social, podemos apuntar algunas notas sobre lo acontecido: la certeza de un racismo perpetuo, el desmedido poder de las estructuras policiales o la extrema desigualdad social que el Covid-19 ha acabado de desenmascarar. Sin embargo, esa imagen desvela también una serie de incógnitas sobre una sociedad más opaca de lo que parece: no sabemos ni tan siquiera cuántas víctimas se han cobrado estos días. O mejor dicho, no nos creemos lo que se afirma como verdad, ni de los datos sobre víctimas y arrestos, ni de otras formas de decir la verdad en un país fundado en la idea de justicia y libertad.

America —o, simplemente, Estados Unidos— manda una señal que nos apela hoy a todos: ¿estamos dispuestos a pleitear el actual régimen de la verdad en la esfera pública? ¿Qué puede y qué debe ser dicho?

Si el movimiento Black Lives Matter ha personificado el nuevo grito colectivo que propone refundar la nación norteamericana es porque viene denunciando con protestas en la calle, y también manifiestos desde 2013, un régimen de la verdad basado en la violencia estructural del Estado y en la connivencia de un complejo sistema de exclusiones. La imagen de George Floyd simplemente certifica que la omisión de los medios y la ambigüedad del lenguaje público han sido el fundamento de una humillación sin fin con los más débiles —los negros, los pobres, los inmigrantes…

W.J.T. Mitchell, el gran teórico de las imágenes, apunta que las imágenes tienen muchas pieles, colores, formas. Están las percepciones, las imágenes verbales, las mentales y, finalmente, las imágenes ópticas o gráficas. La imagen de Floyd es el fin del régimen de la verdad mental —una serie de ideas, fantasmas, consensos tácitos en la esfera pública— y el paso a la certeza gráfica. Los instantes toman la voz.

Con ello, se pone fin al panóptico carcelario de Jeremy Bentham o al gran hermano de George Orwell, que supuestamente nos vigilaban sin interrupción bajo la sombra del Estado (¡ese gran mito del siglo XX!). Las imágenes captadas por los teléfonos móviles de la gente disputan la lógica del control. Mientras el policía blanco seguía ejerciendo el castigo sobre el ciudadano negro, se quebraba un régimen de la verdad excluyente y mentiroso: el estado de derecho. El Estado, en esas imágenes, se representa a sí mismo como asesino, violento, y son los ciudadanos quienes lo desvelan. Desgraciadamente, esa muerte no es nueva; lo nuevo es la forma en que se ha dado testimonio de ella y ha sido vivida colectivamente. Es el momento del pueblo.

La imagen inagura un nuevo estatuto de lo real que pide a gritos hablar de los problemas de las vidas comunes y desvela un sistema impuesto por la hegemonía WASP ("White Anglo-Saxon Protestant", blanco de origen anglosajón y protestante) que perpetúa la desigualdad. Este nuevo grito inculpa por igual a los demócratas y a los conservadores: se aparta tanto del nuevo régimen de la mentira trumpiana, rozando la forma del simulacro constante, como del envejecido régimen liberal de la omisión y el disimulo de las palabras "politically correct" (lo correcto).

Una de las figuras más grandilocuentes de este sistema impermeable son los medios de comunicación, con el periódico New York Times en lo más alto. En medio de los altercados, su jefe de opinión James Bennet —quien reportaba sus decisiones editoriales directamente al editor y propietario A.G. Sulzberger— daba el visto bueno a la publicación de un incendiario artículo de opinión firmado por el gobernador de Arkansas, Tom Cooton. Éste situaba a los millones de manifestantes bajo la condición de terroristas y exigía el despliegue militar en las calles —un soberano, aunque encubierto, llamamiento al estado de excepción. Ante las numerosas quejas de la redacción, el editor jefe se reafirma en su posición como garante de la libertad de expresión. Sin embargo, horas después, ante la notoriedad que toma la indignación social y las posibles consecuencias para la reputación de una máquina masiva de influencia pública como el NYT, el editor se retracta. El domingo 7 de junio, Bennet dimite. En Philadelphia, el día después de los saqueos y protestas ocurridas el sábado 30 de mayo, otra institución mítica de la nación, el Philadelphia Inquirer, publica un artículo titulado "Buildings Matter, Too": los edificios también importan. Tras la queja de varios periodistas bajo el icónico "we are sick and tired" (estamos hartos), el editor jefe Stan Wischnowski dimite. El periódico reconoce que el titular del 1 de junio era "profundamente ofensivo" y pide disculpas públicas a lectores y trabajadores. El texto del Inquirer se desliza de la tradicional corrección política en el lenguaje de los medios a la autoinculpación gracias a las voces que dicen basta, pero también gracias a esas imágenes de ira insportable e imposible de ocultar.

En Mineapolis, la Universidad de Minesota prohíbe a la policía el acceso a sus instalaciones. El Ayuntamiento decide desmontar la estructura policial vigente y partir de cero con un modelo transformador de seguridad pública que rectifique los altísimos gastos presupuestarios en los cuerpos policiales (el famoso "defund the police"). Lo correcto ya no es lo polite, lo gentil, sino lo justo, lo éticamente ineludible. Son las grietas de la actual condición hegemónica del poder, que aparecen cuando las etiquetas de su régimen mental de la verdad ya no son creíbles para explicar la realidad.

La heterodoxa amalgama de indignados rebasa la etiqueta de antifas —una clara invocación al fantasma nacional del terrorismo de extrema izquierda del pasado de la nación— que hace Trump a través de su spin doctor Stephen Miller, un radical de extrema derecha. También hay disenso desde dentro del sistema: Trump invoca la Ley de Insurrección de 1807 para sacar al ejército a las calles, pero destacados generales denuncian la voluntad presidencial de dividir al país; los católicos se ofenden por el tono de su discurso y la teatralización banal de símbolos como la Biblia; finalmente, la clase obrera puede hacer pagar un alto precio a la involución de aquel movilizador lema del 2016 ("America First": primero, nosotros los americanos) convertido en el actual "vosotros, americanos, sois mi enemigo". El nuevo autoritarismo alza sus propios muros: no con la frontera de México sino con sus propios ciudadanos, en Lafayette Park, enfrente de la Casa Blanca. El poder se atrinchera solo cuando pierde la batalla de los hechos, y las imágenes patéticas de ese muro de metro de altura certifican miedo y derrota.

Como nos dice Timothy Snyder en Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg/Destino), citando al gran George Orwell, Trump no es otra cosa que un nacionalista sin el menor interés en el mundo real, alguien que anima a sacar lo peor de cada ciudadano para después decirle que es el mejor. Ante ello, nos recuerda Snyder, Orwell propuso el patriota como aquel ser humano con unos valores universales imprescindibles para imaginar una nación más justa, mejor.

Hay el deseo de una America por venir, más new que great. No será la última oportunidad, pero sin duda es la primera ante los ojos de un mundo global que mira atónito ante tanta injusticia. "We are outraged", estamos indignados, gritan miles de pacíficos manifestantes como hace una década en el sur de Europa. Voces que no estaban en los antiguos movimientos de protesta se suman alertando que para ser un país libre los antiguos privilegiados deben luchar por los golpeados.

Tras casi dos semanas de protestas —un claro deseo de aliar los muchos y complejos desacuerdos que suscita la nación—, el espacio ganado en la calle debe articularse en ideas y propuestas políticas. Y en ese camino, el horizonte final no debe ser solo poner punto y final a la insoportable conducta narcisista del actual máximo dirigente. Lo que urge, con la misma severidad con que Alemania lo hizo con su pecado nazi, es afrontar el fantasma recurrente del fascismo en la historia del país. En contra de lo que se suele afirmar, fue el nazismo el que se inspiró en el pasado racista de la nación americana, uno más de los pecados silenciados por el largo régimen de la verdad de esta nación. De gestos de retractación como éste depende poder construir un nuevo contrato social que no averguence a unos ni humille a muchos otros.