Dominio público

El 'selfie' de la discriminación

Nere Basabe

Profesora de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de Madrid

La candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid por Vox, Rocio Monasterio, a su llegada el miércoles a los estudios de Telemadrid donde se celebra el debate de los aspirantes a presidir el gobierno madrileño. EFE / Juanjo Martín.

De que el infierno eran los otros se quejaba Sartre, y además parece que nos salen carísimos. La construcción de las identidades más endebles (inseguridad por la que buscan compensarse mediante la exaltación) necesita contraponerse a la alteridad, definirse por negación: no conciben un "nosotros" sin un "ellos". Y hubo y sigue habiendo quienes pretenden traducir esa antonimia a la política entendida en términos de amigos y enemigos, peligroso minueto sin más horizonte que la guerra.

Esta conceptualización asimétrica es tan antigua como la filosofía que dividió a la humanidad en civilizados y bárbaros, y su lenguaje es el reflejo de una estructura de dominación. El sujeto moderno, para comprenderse, necesitó objetivarse a través del estudio de lo que no era: el loco, el enfermo, el delincuente. Pero eso significa que solo somos capaces de reconocernos en el reflejo deformado de los espejos del Callejón del Gato.

El liberalismo al que hoy tantos se arriman arraigó sus fundamentos en lo que se consideró una "verdad evidente": que todos los seres humanos, independientemente de su origen, nacen libres e iguales en derechos (aunque a veces cueste creer que estas palabras de Thomas Jefferson son lo que cada 4 de julio celebran los norteamericanos).

Un siglo después, las nuevas generaciones liberales abandonaron aquella "verdad evidente" universalista para abrazar la nueva "verdad científica", el hype finisecular del darwinismo social: la evolución humana reducida a la selección natural en una incesante lucha por la vida, el survival of the fittest que tan a menudo y con tan mala baba se tergiversa como "supervivencia de los más fuertes". Todo intervencionismo público paliativo pasaba a ser así una perturbación intolerable en un proceso de lo más natural: la preeminencia del fuerte sobre el débil. Y si los otros ensalzaban la lucha de clases, ellos se enseñorearon, del imperialismo al fascismo, en la lucha de razas (idea acuñada, ironías de la historia, por un judío polaco que se suicidó sin conocer el desenlace).

La propia ciencia demostró que aquello no tenía ningún fundamento científico, y hasta desmontó la misma noción de raza. El anarquista Kropotkin también les enmendó desde presupuestos tan morales como políticos y, frente a la idea hobbesiana-malthusiana de una competición encarnizada por los recursos, esgrimió que la "ventaja adaptativa natural" del ser humano residía precisamente en su capacidad de empatía y cooperación: el apoyo mutuo. Las políticas más extremistas persistieron enrocadas sin embargo en aquellos delirios de antagonismo, los gobiernos liberales prefirieron mirar para otro lado e inhibirse de sus funciones de justicia, solidaridad y garantía de derechos, y las cosas acabaron en la hecatombe del siglo XX tan de sobra conocida ?aunque parece que siempre es necesario volver a recordarlo.

Escarmentados, los maltrechos sistemas liberales inventaron entonces el Estado del Bienestar. Trataban de paliar así la polarización y el conflicto social, abrazando un nuevo consenso: que las nuevas sociedades democráticas no dejarían a nadie atrás. En el artículo 1º de la Constitución, España se constituye en Estado social y democrático de Derecho, que consagra como valores supremos la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo. Pero ahora que la Constitución pinta canas y el Estado de Bienestar pasa por momentos de estrecheces, el lobo hobbesiano vuelve a asomar de su cueva: por qué voy a sufragar yo ese apoyo mutuo, por qué voy a mantener al otro.

El argumentario economicista es axioma en el capitalismo. El liberal Bentham ya propugnó a finales del XVIII que el objetivo de toda política debía ser propiciar "la mayor felicidad para el mayor número", y creyó poder traducir esa felicidad al lenguaje matemático de una gráfica que hallaba su punto óptimo en algún lugar indeterminado entre la redistribución y la desigualdad. Antes de las cámaras de gas, tuvo lugar la propaganda: carteles en las calles de Berlín "explicaban" que con lo que costaba mantener a un discapacitado vivía una rubia y aria familia completa.

Pero la ingeniería social y la eugenesia, que aspira a la mejora genética de la especie humana, no son solo experimentos del doctor Mengele. La aguerrida sociedad espartana arrojaba a sus recién nacidos "menos aptos" por un barranco del Taigeto, e incluso la impoluta democracia sueca mantuvo hasta bien entrados los setenta un programa de esterilizaciones forzosas masivas sobre miles de sus conciudadanos considerados, pese a todo, inferiores o "indeseables": discapacitados mentales, víctimas de enfermedades congénitas, delincuentes o de "baja calidad racial". Este último año hemos sabido, en sordina y sin querer saber, del triaje médico ante el colapso, y es que el amor al prójimo del cristianismo y la eficiencia capitalista siempre han mantenido una relación conyugal compleja.

El infierno sartreano son los otros porque, con su mirada, nos hacen reparar en nuestra culpable verdad: en el cartel electoral que el partido xenófobo ha colocado en las entrañas de Madrid, el adolescente deshumanizado, invisibilizado y reducido a un acrónimo, mira (porque de él solo podemos ver los ojos) más allá con esperanza. Siempre ha habido quien se resista a asumirlo y busque "cabezas de turcos", como en tiempos de las Cruzadas; el pueblo judío sacrificaba un cabritillo a Dios y mandaba a otro a vagar por el desierto cargando con todos los pecados humanos al encuentro del Diablo: el "chivo expiatorio". Si no llueve, si las cosechas no prosperan, habrá que sacrificar a alguien, porque los dioses piden sangre pero mejor que sea la de otro.

Solo que ocurre que Yo es Otro, como decía el poeta. Y señalando al otro, denigrándolo, te autorretratas. Ahora que muchos apedrean las políticas identitarias y tratan de vendernos la moto de la falsa disyuntiva entre el principio de libertad y el principio de justicia social, más les valdría regresar a los orígenes liberales y profesar consecuentemente aquel universalismo, releyendo por ejemplo al filósofo Rawls: sabrán así que la justicia y la libertad plenas solo pueden darse partiendo de una hipotética posición originaria marcada por el velo de la ignorancia. Legislando, proponiendo soluciones desde el desconocimiento de tu suerte en la "lotería natural": sin saber si nacerás en un chalet de la Moraleja o en una cola del hambre, sano y robusto o dependiente, con pasaporte europeo o en una patera que cruza el Estrecho.