Dominio público

La pregunta de Más Madrid (o Más País)

Elizabeth Duval

Escritora, filósofa y crítica cultural

La líder de Más Madrid, Mónica García, junto al líder de Más País, Íñigo Errejón.- EFE / Victor Lerena

La definición la dio Hitchcock para el cine, pero podemos aplicarla al gran teatro de la política. La escena tiene lugar en el centro del Madrid ayusista. Nosotros, público, vemos a dos personas tomando un vermú en una terraza. Debajo de la mesa castiza hay una bomba (en este caso metafórica) que estallará dentro de quince minutos (en este caso, dentro de algunas semanas, o meses, o un año), ¡pero quienes tranquilamente se beben el vasito no se han enterado! Lo que ellos ignoran y nosotros conocemos produce el suspense. Así, cuando desde fuera vemos cómo dos sujetos tiran de una misma cuerda en direcciones opuestas, es evidente que esta acabará rompiéndose… aunque quienes tiran no se vean las caras entre sí, ni se den cuenta de la dirección en la cual el otro tensa.

Comparemos dos textos. Uno es de Íñigo Errejón y lleva por título El momento verde. El otro es de Mónica García y se titula La alternativa a Ayuso ya está en marcha. Es más interesante hacerlo por lo que no dicen —por lo omitido— que por lo que sí. En el texto de Errejón se habla de la «ola verde que recorre Europa», no se menciona ni una vez a Isabel Díaz Ayuso, se hace balance de la presencia e iniciativas de Más País y Compromís en el Congreso de los Diputados (es decir, a nivel nacional). En el de García no aparece en ningún momento la palabra nacional, ni se habla de Más País; cuando en una línea irrumpe la palabra España, lo hace exclusivamente en relación con Madrid, y con vistas a la alternativa autonómica que Más Madrid pueda suponer en 2023. No vale, para interpretar estos artículos, decir que cada uno habla de lo suyo, porque la vocación de una de las firmantes es autonómica y la del otro nacional; esa interpretación no sirve, porque los dos están aprovechando la misma cuerda y los mismos resultados, y fundamentan sus discursos en hechos exactamente iguales.

Óscar Urralburu, antiguo secretario general de Podemos en Murcia (primero) y cabeza de lista por la Región en las elecciones generales de 2019 por Más País (después), es desde este lunes el nuevo portavoz nacional de Más País. He aquí uno de los lados por los que algunos tiran de la cuerda: la ambición natural, tras los buenos resultados en Madrid, es la de extenderse por los territorios a la conquista de unas futuras autonómicas y de unas futuras generales, como si el sorpasso al PSOE fuera el pistoletazo de salida de una nueva ola de victorias verdes. Pero hay razones para tomarse las cosas con mayor calma… y hay movimientos que pueden resultar peligrosos. La voluntad de expandirse no es cosa ajena a la tradición española, como se deja entrever en los lemas de algunos de sus reinados históricos: «no más allá», «más allá», «el mundo no es suficiente».

Un grupo concreto que busca expandirse siempre intentará coaligarse en base a algún tipo de criterio de semejanza. Lo fundamental es intentar identificar cuál es ese criterio y, a partir de ahí, reconstruir las alianzas posibles. Ya podríamos empezar con los autoengaños: Más País se presentó a las elecciones generales de 2019 en coalición con la Chunta Aragonesista y Compromís. Podríamos decirnos que el criterio de semejanza entre estos partidos era el tratarse de formaciones verdes, de mayorías transversales… pero la realidad sobre ese criterio de semejanza sería otra, bien distinta: se trataba de formaciones regionalistas de marcado carácter autonómico, con cierta relevancia por el voto dual en las elecciones autonómicas (y municipales) y menor impacto en las elecciones generales, que no orbitaban alrededor de o no habían sido absorbidas por Unidas Podemos.

La posibilidad de elaborar alianzas con otros partidos se rige según las mismas lógicas: MÉS —con quienes no hubo acuerdo en 2019— es una coalición política que incluye incluso a Esquerra Republicana de les Illes Balears, y Andalucía No Se Rinde, el movimiento de Teresa Rodríguez, representa para Errejón un interesante «resurgir del andalucismo progresista»… que no parece tener demasiadas intenciones de ocuparse de asuntos que no sean los estrictamente andaluces (y que surge, en un primer momento, por la separación de Anticapitalistas con Unidas Podemos).

El problema no es que se busque cómo tejer alianzas interterritoriales para la elaboración de proyectos políticos comunes o confederales. Difícilmente podríamos cualificar esto de problema cuando, probablemente, se trata de una necesidad. Lo fundamental es que estas formaciones, como es el caso de Teruel Existe, tienen unas prioridades y unos intereses —autonómicas y autonómicos— que no tienen por qué coincidir con los intereses de una formación a nivel nacional.

Vamos a poner un ejemplo a una escala todavía más pequeña: será fácil recordar el pequeño escándalo que se montó cuando la base logística del Ejército de Tierra fue adjudicada a Córdoba y no a Jaén, añadiendo agravio al olvido histórico a esa provincia y a esa ciudad. Resulta que, incluso cuando comparten signo y aspiraciones políticas, distintas administraciones a distintos niveles tienen intereses que pueden competir entre ellos, y lo que en una de ellas puede desembocar en felicidad y alegrías no tiene por qué hacerlo en otras. El problema puede agravarse cuando no se comparte signo político ni formación, y la traición (interterritorial) puede devenir inmediatamente una fractura, una ruptura irreversible.

Otra de las tendencias naturales es que cualquier formación autonómica se ocupe, y bien que hace, de los intereses de su autonomía, y no necesariamente de los intereses del Estado. Si hay quien aspira a poner de acuerdo a formaciones orgánicamente surgidas en cada uno de los territorios para organizar una plataforma de las izquierdas federales, capaz de proponer un proyecto de país más ambicioso que el café para todos de las autonomías, sólo cabe desearle suerte, aciertos y un don de la paciencia que no está al alcance del común de los mortales.

Está claro que en la gobernabilidad española han influido y van a influir los partidos autonómicos, regionalistas, nacionalistas e incluso independentistas: esta situación no va a cambiar, ¡y ojalá siga siendo así por los siglos de los siglos, amén, pues significa que conservaremos una democracia más o menos pluralista! Lo que no queda tan claro es que los valencianos no tengan intereses valencianos, los murcianos intereses murcianos, los catalanes intereses catalanes, los gallegos intereses gallegos, y todos los demás intereses territoriales y políticos que entran en conflicto entre sí, replicando en un pequeño país colocado en una cierta posición en el sistema-mundo (¡hola, Wallerstein!) un sistema-país con su propia distribución de centros, semiperiferias y periferias. Y lo que me preocupa es que, buscando articular la plataforma confederal a toda velocidad, y buscando aglutinar a la máxima suma posible de autores, sin intentar dar con los elementos comunes más funcionales, sino simplemente con los más inmediatamente presentes, se resienta el potencial de esos proyectos alternativos, restando —como en otras ocasiones— la aparente suma final, ofreciendo una cifra menor que la de cada uno de sus agentes por separado.

Si sumamos cada una de las formaciones de izquierdas —regionalistas, autonómicas o nacionalistas— de cada uno de los territorios de España, con sus intereses propios y sus estructuras, tendremos un sumatorio de muchas formaciones distintas, pero no una nueva formación rompedora y ni siquiera una gran plataforma de izquierdas. Algo que ha comprendido muy bien el Partido Popular de Madrid, aunque esto resulte en sus debacles en otros territorios, es que la identidad madrileña es fundamentalmente una identidad española, y que ofrecerle algo a Madrid es ofrecerle algo a las Españas (o a una Españita muy concreta, enfrentada a sus adversarios, a la Antiespaña).

La idea de que una fuerza auténticamente madrileña pueda ganar en 2023 es ilusionante… pero me pregunto si, con tantas otras posibles alianzas y territorios tirando de la cuerda, con tantas cuerdas e hilos que se tensan, no será acaso posible que esa perspectiva se rompa, desdibujándose la ilusión de Más Madrid (quizá muy específicamente madrileña y muy difícilmente exportable a otros lugares). Intuyo que hay intereses que pueden entrar en conflicto; lo intuyo desde la posición de quien querría que Más Madrid obtuviera el mejor resultado posible dentro de unos años, pero no sabe si esa formación podrá desarrollarse con independencia de las alianzas y sumisiones que se intenten llevar a cabo a otros niveles de la partida.

Como decía en una columna anterior, "si los mimbres para alianzas futuras son sólo con movimientos regionales de otros territorios, habremos de tener cuidado de que esos amarres no aten en corto al barco". ¿Tenemos entre manos un proyecto para Madrid, un proyecto para España o diecisiete proyectos diferentes? Esa es la pregunta a la que Más País (y, en consecuencia, Más Madrid) tendrá que responder. Yo sé cuál sería mi respuesta preferida… y no implica en ningún caso concebir el resto del tablero de juego como un territorio de conquista. Insistamos en lo dicho en un principio: ante los designios de Felipe II, para quien el mundo no bastaba, hay que conseguir que la avaricia no rompa el saco.