Dominio público

Mujeres víctimas del franquismo desde el principio hasta su final

Matilde Eiroa

Profeso de Historia de la Universidad Carlos III de Madrid

La 17 rosas de Guillena

Fusiladas, exiliadas y encarceladas son las circunstancias más graves en las que se vieron envueltas las mujeres afines al gobierno de la II República, convertidas en víctimas de las múltiples formas que adoptó la violencia franquista. Las Trece Rosas de Madrid y las 17 Rosas de Guillena, por citar dos casos conocidos, se encontraron ante el paredón de ejecuciones por ser esposas, hermanas, novias o madres de republicanos simpatizantes o afiliados a partidos de izquierda. Mujeres como las diputadas Victoria Kent, Clara Campoamor o Margarita Nelken, se vieron obligadas a huir de España a medida que las tropas franquistas iban ocupando las ciudades y arrasando toda huella de las políticas republicanas. Mujeres brillantes como Isabel Oyarzábal, la primera embajadora de la historia de España, la pintora Maruja Mallo, la escritora María Teresa León, la actriz María Casares y tantas artistas, docentes, periodistas o intelectuales dejaron sus casas y sus puestos de trabajo para asentarse fuera de nuestras fronteras dejando un vacío imposible de ocupar.

Mujeres de nombres menos conocidos se convirtieron en inquilinas forzadas de las prisiones del tejido carcelario franquista, donde vivieron en celdas insanas, sufrieron malos tratos, hambre y enfermedades. Matilde Landa, Enriqueta Otero, Tomasa Cuevas y otras muchas, con edades comprendidas entre los 15 a los 80 años, amas de casa y trabajadoras, analfabetas y con educación primaria y superior, de todas las provincias españolas poblaron los recintos penitenciarios extendidos por el territorio nacional. Algunas compartieron espacio con sus hijos de corta edad, a veces despojadas de sus bebés recién nacidos para ser entregados a las autoridades carcelarias y dados en adopción a familias del régimen.

Las pertenecientes a la denominada Generación de las modernas, las Sin Sombrero, todas aquellas jóvenes y mayores que impulsaron la modernidad en los años veinte y treinta vieron cómo quedaban desposeídas de los derechos ciudadanos alcanzados durante la II República que les habían permitido votar, divorciarse, acceder a la educación o al trabajo. Y es que la dictadura impuso un modelo de sociedad con políticas que negaban a las mujeres la autonomía y la independencia económica y las convertían en el eje de la moral social, en esposas y madres abnegadas, sumisas, esforzadas y sacrificadas para sus familias. Si los derechos propios de una democracia fueron anulados para toda la sociedad, las mujeres serían víctimas dobles de estas políticas al carecer de una dimensión social y pública.

Otras muchas fueron expulsadas de sus puestos de trabajo en las escuelas, los hospitales, las bibliotecas o la administración al iniciarse procesos de depuración por los cuales quedaron excluidas de la posibilidad de desarrollar una carrera profesional, como María Moliner, que descendió varios niveles niveles en el escalafón del Cuerpo de archiveros. La miseria de posguerra se cebó con las mujeres, quienes hacían pacientes colas con las cartillas de racionamiento, o traían unas pesetas a casa con la práctica del estraperlo y la venta de productos en el mercado negro, engrosando las cárceles acusadas de delitos sociales. El silencio y el aislamiento en una vida familiar y restringida a escasas relaciones sociales fueron las opciones posibles para aquellas destacadas en tiempos republicanos que vivieron en el denominado "exilio interior" de la España de Franco. Se diseñó un modelo de mujer recatada, religiosa y tolerante con el marido en el caso de que éste recurriera al trato violento en el hogar, circunstancia demasiado habitual en las relaciones matrimoniales. Además, debían cumplir el papel de proporcionar hijos a la patria, siguiendo la trilogía nazi "niños, hogar, iglesia". La autoridad que asumió la organización de las mujeres fue la Sección Femenina de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, dirigida por Pilar Primo de Rivera, cuya misión era conseguir la aceptación de la dictadura entre las mujeres.

Avanzados los cuarenta les tocó engrosar el colectivo de víctimas a las que apoyaron a los guerrilleros como enlaces, cocineras, correos o anfitrionas secretas de los que seguían peleando contra la dictadura. También a las que comenzaron a salir de las cárceles con libertad provisional o definitiva, pero penalizadas con el destierro de sus lugares de residencia a 200 ó 300 kms de distancia. Ellas y sus hombres emprendieron viajes a otras ciudades y regiones, a veces dejando a algunos de sus hijos con familiares porque el sustento económico no daba para alimentar a todos. Esa migración campo-ciudad tuvo mucho de migración política de los expresos republicanos que eligieron destinos en los suburbios de las grandes ciudades donde su pasado se desconocía y era fácil maquillarlo bajo el argumento del desplazamiento por el hambre y las necesidades económicas. Todas ellas fueron víctimas de un régimen que llevaba la violencia en su origen.

Mientras tanto la dictadura iba cumpliendo años y llegados los sesenta, las mujeres, seguían padeciendo una legislación discriminatoria. No estaban acreditadas para realizar operaciones de compraventa, firmar un contrato de trabajo o abrir cuenta en un banco sin la autorización marital o paternal y las casadas no podían disponer de sus propios bienes sin el permiso del marido. Pero los cambios económicos generaron cambios en sus vidas: muchas se incorporaron al mercado laboral, a la vida en las ciudades, a la educación, y las jóvenes comenzaron a acceder a los estudios universitarios, dando así paso a su incorporación paulatina a puestos de trabajo no permitidos hasta entonces. Sin embargo, la exigencia de la "licencia marital" para que la esposa pudiera trabajar se mantuvo hasta 1975.

El franquismo, por tanto, atacó duramente a las mujeres durante toda su existencia. En los primeros años adquirió tintes de una gran violencia con las formas de represión física de la posguerra; posteriormente se presentó de un modo menos visible pero igualmente denigrante para su desarrollo vital. Ellas reaccionaron en los años sesenta y setenta a través de su participación en las demandas por los derechos civiles, políticos y laborales, pero también por el control de la natalidad, el divorcio y el matrimonio civil. Y protestaron junto a los hombres del movimiento obrero y estudiantil, pero, sobre todo, a través de asociaciones de mujeres que organizaron reuniones y asambleas, actividades en los barrios y en el movimiento vecinal.

Las víctimas acabaron rebelándose contra el franquismo, el régimen que había paralizado el reloj de la modernización, el que rompió con el legado de las pioneras modernas de los años veinte y treinta, el que las despojó de sus derechos y de su condición humana hasta el momento de su defunción.