Dominio público

Un decálogo (auto)reflexivo para el 8M

María Eugenia Rodríguez Palop

Eurodiputada de Podemos

Manifestación del 8 de marzo de 2019 en Madrid.- JAIRO VARGAS

Se escribe mucho sobre feminismo y eso es bueno. La militancia se ha disparado en estos años y el carácter del movimiento es cada vez más transversal e intergeneracional. Las feministas tenemos muy buenas razones para estar satisfechas porque este es el resultado de años de lucha desde diferentes lugares, intensidades y compromisos.

Sin embargo, como las cosas cambian y no todo depende de nosotras, hoy quiero lanzar algunas reflexiones que me voy a forzar a tener presente en este 8M combativo.

1. No podemos ser autocomplacientes. Es imposible negar que el feminismo en España (y no solo) está fragmentado y confuso. Por primera vez, la fragmentación se va a visibilizar en algunas grandes ciudades, aunque no en todas. Hemos perdido musculatura justo cuando nuestros avances son indiscutibles y eso significa que algo estamos haciendo mal.

2. No podemos dejar que nos impongan la agenda. A cada éxito nuestro le sigue una reacción y nuestra agenda no puede ser un elenco de respuestas. Los reaccionarios apuestan por el natalismo, el familismo y el negacionismo, aunque no todos ni de la misma manera. Hemos hecho ya suficientes diagnósticos, pero debemos seguir caminando y mirando al frente para evitar que sean ellos quienes nos impongan los tiempos, los marcos de sentido y las propuestas.

3. Nuestra agenda tiene que ser constructiva y de futuro. Para eso hay que salir del victimismo y de un diseño distópico, pesimista y sórdido de lo que se viene. Hemos de mirar tan lejos como nos permitan nuestras habilidades, saberes y aprendizajes, y está claro que ese horizonte es inmenso y emancipador. Como dice Stefanoni en ¿La rebeldía se volvió de derechas?, si se cancela el futuro triunfa el conservadurismo, cuando no el catastrofismo. Si no hay futuro, no hay transformación posible. Es mucho lo que hemos logrado, tanto que hoy el mundo quiere parecerse a una mujer y, más que nunca, necesita "ser" mujer; el mundo necesita asumir la gran tarea civilizatoria y humanizadora de los cuidados que lideran las mujeres. A menudo sucede que nos desempoderamos señalando únicamente lo que no hemos logrado hacer. Ni autocomplacencia ni derrotismo.

4. Hay que hacer otra pedagogía. Salir de las zonas de confort y renunciar a la superioridad moral e intelectual que ha colonizado nuestros discursos en no pocas ocasiones. Basta de lengua de palo y frases prefabricadas. Nos estamos repitiendo y corremos el riesgo de sonar como un sermón moralizante y mojigato.

5. Hoy nuestra agenda debería bascular sobre los cuidados, sobre el derecho a ser cuidado y el deber de cuidar (que es un deber de civilidad), asumiendo las deudas de vínculos y las plusvalías afectivas que hemos heredado de quienes nos han querido. No hay límite ni temporal, ni espacial para el reconocimiento de esa deuda. Ahí están nuestras abuelas y estarán nuestras hijas, las mujeres migrantes y su cadena global de manos entrelazadas, y quienes no forman parte de nuestro aquí y ahora. El progreso moral que implica el feminismo es, precisamente, que está llamado, por definición, a ampliar el círculo del "nosotros" a quienes antes considerábamos "ellos", como decía Rorty. El feminismo de nuestros días debería ser relacional, orientarse a cultivar redes, tejidos y encuentros, también con las alteridades, porque lo más importante no es tanto lo que somos como lo que sucede "entre" nosotros (ya lo dice Marina Garcés). En mi libro Revolución feminista y políticas de lo común frente a la extrema derecha, intenté plantear esa conexión intrínseca y esencial entre el feminismo relacional y la filosofía del común. Me parece que es algo que no deberíamos perder de vista porque no todos los feminismos militan en el mismo lugar de la historia.

6. Precisamente por esto, la agenda ecosocial ha de ser feminista también, dado que lo que compartimos es, fundamentalmente, la vida...esos recursos escasos que necesitamos para vivir. La nuestra no puede ser una comunidad de riesgo, unida en el miedo frente al peligro o el colapso, porque en esa comunidad reactiva lo que se comparte es el futuro como amenaza. La nuestra debe ser la comunidad de bienes comunes en la que el futuro es querible y deseable. Lo que compartimos es lo único que nos hace iguales: nuestras necesidades insatisfechas y los afectos y recursos que tenemos en común para darles satisfacción. Por esta razón las feministas relacionales no somos la antítesis sino el antídoto de la extrema derecha; porque si la extrema derecha ofrece enclaves seguros frente a la soledad, el miedo y el desarraigo (el Estado-nación, la familia, las iglesias, la propiedad privada o la clase), nosotras impugnamos el uso represivo que se ha hecho de esos enclaves, apostamos por otro imaginario de lo común y articulamos otras comunidades emocionales.

7. Nuestro itinerario lo tiene que marcar el movimiento, sus reclamaciones y sus demandas. No se trata de armar una agenda propia desde las instituciones, los partidos o cualquiera de sus facciones. Y hay que rechazar cualquier forma de cooptación. Tenemos que poner en marcha las tres RRR de Nancy Fraser (representación, redistribución y reconocimiento) y conectar con audacia la promesa material, la cultural y la simbólica, porque estas promesas ni se deben ni se pueden desvincular. Pero, insisto, el feminismo no se dicta ni desde las instituciones ni desde los partidos. Estas mediaciones deben traducir las demandas en marcos normativos y políticas públicas que las satisfagan a través de procesos de deliberación de los que participe el feminismo.

8. No podemos dejarnos llevar por "lo que se lleva". No todo lo que tiene éxito es feminista. No todo lo que tocan las feministas es feminista. Ni todo aquello acerca de lo que hablamos como feministas es feminista. Ni los medios de comunicación, ni los líderes mediáticos o partidarios, ni los relatos estratégicos y tácticos deben anular o postergar lo que son y lo que quieren las mujeres. El feminismo siempre ha sido flexible, poroso y empático, incluso cuando eso no le ha acarreado mayores glorias, pero si algo se ha aprendido de eso es que hay que resistir y tener agenda propia. Las confluencias puntuales, coyunturales o reactivas con otras luchas pueden ser muchas y las influencias mutuas inevitables, pero, en cada momento y lugar, siempre hay un núcleo de demandas y formas de ver el mundo que nos hacen reconocibles.

9. Alejandro Galliano se pregunta por qué el capitalismo sueña y nosotros no. Si hay un eslogan que me gusta del 15M es aquel que dice: "Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir". No caigamos en la idea de que todo se acaba y se trata solo de salvar los muebles porque eso nos llevará al supremacismo y la exclusión. ¿Quién ha de salvarse? ¿Qué ha de salvarse? La nuestra no es la distopía ecofascista del bote salvavidas, sino la de una nave Tierra en la que, con menos, quepamos todos.

10. El optimismo de la voluntad es imprescindible, por supuesto, aunque no solo. El futuro puede ser habitable, podemos hacerlo habitable, pero hay que demostrarlo con hechos. Hemos de creer y creer poder... pero también tenemos que ofrecer certeza y seguridad para animarnos a dar el siguiente paso. Imaginación, entusiasmo, alegría, motivación, ganas y hechos, muchos hechos. Solo esa combinación puede acabar con el nihilismo.

Feliz y combativo 8 de marzo.