Dominio público

Las mayorías de las que carece Pedro Sánchez (aunque se comporta como si las tuviera)

Sato Díaz

Los libros de Historia muestran un siglo XX sangriento y violento, a día de hoy nadie puede afirmar que el XXI vaya a ser mejor. Los horrores de la guerra vuelven a Europa y a las portadas, aunque nunca se fueron de otras latitudes ni de las páginas interiores de los periódicos. La historia se ha acelerado.

El devenir histórico se suele medir en periodos largos, donde parece que no sucede nada, el tiempo transcurre plomizo y los agoreros se atreven a proclamar "el fin de la historia". Y, de repente, un impacto, algo acontece y pone todo patas arriba y los tiempos se acortan, la sucesión de acontecimientos toma ritmo y los historiadores hablan de "aceleración histórica". Cuando esta velocidad aumenta, parece que las cosas cambian. Y llegan momentos de crisis y de catarsis, nada volverá a ser como antes.

No hay duda de que estamos en uno de estos momentos de aceleración histórica, y esta se percibe tanto en el plano internacional como en el de la política estatal. De lo internacional, huelga decir nada más, el mundo que reconocíamos hace dos décadas, a principios del siglo, ya parece otro, ha pasado Donald Trump por él. En lo doméstico, hace algo más de una década que estalló el 15M, cuando se produjo un cambio más simbólico que real, pero que evidenció un desbarajuste desde distintos prismas (generacional, social, económico, cultural) entre la sociedad y sus instituciones. De aquel toque de atención hasta hoy, la política no es la misma.

Una de las instituciones que quedó vieja en aquella primavera de hace 11 años fue la del bipartidismo. Las plazas gritaron "PSOE o PP, la misma mierda es" y desde entonces nuevos actores han entrado en los parlamentos generando contradicciones y una crisis del sistema de partidos que se sobraba con la alternancia entre socialistas y populares con las correcciones territoriales que introducían PNV desde Euskadi o CiU desde Catalunya, principalmente.

Primero Podemos, después Ciudadanos (dijo "hola y adiós") y, más recientemente, Vox han cambiado el mapa de las alianzas políticas, contradicciones y coaliciones. Los tiempos de las grandes mayorías de un partido están alejadas. Ahora mismo, las coaliciones sustentan los ejecutivos de las distintas instituciones. En el Gobierno del Estado, la progresista de PSOE y Unidas Podemos; en Andalucía todavía perdura la de PP y Ciudadanos; en Castilla y León se ensaya lo nuevo de PP con Vox; en Catalunya se deteriora el entendimiento entre independentistas de ERC y JxCat; en Euskadi el pragmático PNV juega con el PSE; en el País Valencià, el Botànic de la tríada progre de PSPV, Compromís y UP...

Tantos partidos gobernando en los distintos niveles del Estado hacen de las alianzas algo nuclear en la política actual, basta ver cómo en las campañas electorales se habla más de qué pactos habrá tras las elecciones que de programas y propuestas. A nivel estatal, ahora, se dibujan varias mayorías posibles, las cuales tienen una característica común: en todas ellas (salvo en una) el PSOE es la piedra angular que las hace posibles.

Mayoría de la investidura, geometría variable, pacto de estado, mayoría reaccionaria, la mayoría consti... La primera de ellas hace virar al PSOE a la izquierda, entenderse con Unidas Podemos y con nacionalistas periféricos e independentistas y otros partidos territoriales, es una mayoría parlamentaria que se basa en dos pilares, es progresista y plurinacional. Sin embargo, a Sánchez no le ha interesado quedarse colgado de este grupo y siempre que ha podido ha intentado llegar a acuerdos con Ciudadanos para sacar a independentistas de la ecuación, lo que hasta ahora no le ha dado buenos resultados, recordemos cómo sucedió la votación de la reforma laboral en el mes de febrero.

Cada cierto tiempo llegan los vientos a favor los grandes acuerdos y consensos a los debates de la opinión pública española, unos aires agitados desde los abanicos de grandes medios de comunicación. Los nostálgicos de la Transición anhelan en todo momento un gran acuerdo entre PSOE y PP para cuestiones de Estado que hasta ahora se ha hecho imposible, tal y como vimos en la pandemia, cuando la estrategia de Pablo Casado era utilizar la tragedia para hacer caer al Gobierno de coalición.

Está por ver si el PP de Alberto Núñez Feijóo dará ese giro en cuestiones como pactar la renovación del CGPJ. De momento, con motivo de la guerra de Ucrania y sus consecuencias, hay intentos, Washington llama a filas y los grandes partidos se ponen firmes. Los pregoneros no dejarán de proclamar a los cuatro vientos la necesidad de unos nuevos Pactos de la Moncloa y, de paso, sacar a Unidas Podemos y a los independentistas del protagonismo de la política estatal.

La decisión en solitario de Sánchez de cambiar la postura de décadas sobre el contencioso del Sáhara Occidental (neutralidad) no ha agradado en el PP por no haber sido informados, ya lo han reprochado. El Sáhara es una de esas cuestiones "de Estado". La postura en la cuestión saharaui del PP no difiere más que en algunos matices de la del PSOE: cuando están en la oposición la usan para ganar votos, en el Gobierno se pliegan al chantaje de Rabat.

La mayoría consti es aquella en la que Unidas Podemos se escora hacia el centro a trompicones por los complejos ante las críticas constantes (e infundadas) de que no puede ser un partido de Gobierno. Además, ya opera en el Gobierno de la Junta de Castilla y León una mayoría reaccionaria conformada por PP y Vox, la única en la que el PSOE no sería necesario si se pudiera reproducir a nivel estatal.

Y es que Vox queda fuera del avispero de cualquier posible alianza salvo cuando marca el terreno al PP, tal y como se está viendo en Castilla y León en una materia tan sensible como la respuesta a la violencia machista. Vox se encuentra en la contradicción de los partidos nuevos: jugar a ser fuerza de Gobierno al mismo tiempo que intenta ser outsider en las calles. Las movilizaciones contra la subida de los precios de este fin de semana es buena prueba de ello. La ultraderecha puede conectar con un humor social de cabreo, miedo e incertidumbre ante todo lo que está ocurriendo en este momento de aceleración histórica.

De la relevancia de la ultraderecha, el mayor beneficiado es el PSOE de Sánchez, pues plantea la dicotomía "o los ultras o yo". Y es que no hay mayoría de la investidura sin el PSOE de Sánchez; la geometría variable pivota entorno al PSOE de Sánchez; el mismo está en el centro de la mayoría consti; y no hay pacto de Estado, consenso de país o gran coalición sin el PSOE de Sánchez. Esta posición central le otorga al presidente una posición cómoda: se sabe necesario. Tan solo podría dejar de serlo si Vox consiguiera los suficientes apoyos como para que den los números de una coalición gubernamental con el PP, la mayoría reaccionaria. Por ello, el alter ego del PSOE sanchista es actualmente Vox, por ello los ultras marcan los ritmos al PP que tiene en cómo labrar su relación con la ultraderecha su mayor reto político a corto plazo.

La izquierda se la juega en no perder el olfato y saber qué humor se mastica en las calles. Los sindicatos CCOO y UGT también han convocado protestas contra la subida de los precios. El principal problema de Unidas Podemos (o como se llame lo que se viene) es, precisamente, este: quedar arrinconados por el PSOE en un Gobierno en el que da la sensación que no se les tiene en cuenta, que toma medidas impopulares ante los tiempos que vienen y, precisamente por formar parte del Ejecutivo, no poder impugnarlas desde las calles ni presentar alternativa.

Y es que esta coyuntura hace que Sánchez y el PSOE actúen como si tuvieran una mayoría que en realidad no tienen. Y se convierten así en el mayor baluarte de la OTAN en España, adoptan las posturas de Marruecos con respecto al Sáhara sin despeinarse y se pasea por Europa para dar el salto de ser un líder estatal a serlo en un escenario internacional en el que hoy no se lleva la palabra ‘paz’. Quiere pasar a la historia, todos los dirigentes en un tiempo acelerado se ven capaces de pasar a los libros de Historia.

El PSOE de Sánchez se convierte en el garante de un statu quo que se tambalea. El mundo está cambiando, el miedo se apodera de las gentes y se aferran a lo malo conocido frente a lo que está por conocer. También se cabrea, entre el statu quo y el cabreo oscila la pugna entre el PSOE y Vox. El resto de partidos buscan su lugar en la foto de la coyuntura. El PP se reconfigura a marchas forzadas. Unidas Podemos no acaba de resolver sus peleas internas mientras Yolanda Díaz aguarda un poco más para dar el paso definitivo que le convierta en la líder de un nuevo espacio. Sánchez se pasea por Europa, pone voz grave para decir la palabra "guerra" y prepara las rodillas para la genuflexión ante Mohamed VI, rey de Marruecos.