Dominio público

La paz perpetua y el derecho de injerencia

Nere Basabe

Profesora de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de Madrid

El presidente ruso, Vladimir Putin, asiste a un concierto para conmemorar el octavo aniversario de la reunificación de Crimea con Rusia en el estadio Luzhniki de Moscú, Rusia, el 18 de marzo de 2022.- EFE

La humanidad lleva toda su historia soñando con la paz y haciéndose la guerra. El irenismo (porque Irene era la diosa de la paz) se presentó primero en el teatro clásico griego, y lo hizo de la mano de sus mujeres: en la tragedia de Eurípides Las Troyanas, convertidas en esclavas de los griegos, maldecían las crueles consecuencias de la guerra, también para los vencedores; un alegato contra la guerra que el dictador Stroessner prohibió en Paraguay. En la comedia Lisístrata de Aristófanes, a la que la Gatta Catana dedicó uno de sus temas más conocidos, las atenienses declaraban una huelga sexual para que sus maridos dejasen de una vez las armas.

Con el cristianismo, el sueño de una paz definitiva y universal se convirtió en un género filosófico propio de hombres, porque de los hombres era la guerra y todo lo demás. Desde la Edad Media y el humanismo renacentista hasta el cosmopolitismo ilustrado, fueron muchos los que cultivaron con las letras aquella paz perpetua: Pierre Dubois, Crucé, Sully o el abad de Saint-Pierre imaginaron una confederación de reinos cristianos, una unión de monarcas europeos sometidos al arbitraje y la mediación de un consejo o un senado que resolviera los conflictos entre sus miembros.

Hobbes, padre del realismo político, ya había dejado escrito que, si bien su estado de naturaleza de individuos aislados que eran como lobos para los otros hombres y se hacían la guerra sin cesar era una hipótesis filosófica sin equivalente histórico, sí existía una situación análoga: la de las relaciones internacionales donde, en ausencia de un gran Leviatán mundial, un poder supranacional con capacidad de hacer cumplir los tratados o principios del derecho internacional público, los Estados se comportaban entre sí como lobos depredadores en estado de anarquía y guerra constante. Y desde entonces, cualquier proyecto para la paz mundial hubo de imaginar un gobierno, tribunal o policía por encima de los Estados soberanos.

En torno a la Revolución Francesa la tradición de las "paces perpetuas" cambió de signo: Rousseau revisitó el proyecto de Saint-Pierre sustituyendo la idea de una unión de potencias por una federación de pueblos soberanos, para que la paz no residiera ya en la buena voluntad de los monarcas, con la que nunca se puede contar, sino sobre el consentimiento de los pueblos. Bentham lanzó la idea de un tribunal internacional de la opinión pública. Y Kant concibió una constitución cosmopolita republicana como principio jurídico. La paz era un imperativo de la razón, que sólo si los Estados asumían una forma republicana y un derecho público común podría hacerse perpetua.

Estas ideas proliferaron a lo largo del siglo XIX; el conde de Saint-Simon proyectó un Gran Parlamento Europeo al que los países se irían adhiriendo a medida que adoptasen un sistema político representativo y parlamentario. Sus seguidores extendieron esta idea más allá de Europa, y soñaron con una reconciliación definitiva entre Oriente y Occidente, mientras proponían convertir los ejércitos en armadas civiles encargadas de las grandes obras públicas: canales y redes ferroviarias que integrarían a los pueblos. La utopía liberal se vería cumplida al fin: una gran sociedad comercial basada en el intercambio de bienes y servicios, personas e ideas que desterraría la guerra para siempre. Algo así como la globalización o el fin de la historia de Fukuyama, porque según la teoría de Thomas Friedman, dos países con McDonald’s no se hacen la guerra. Putin ha echado por la borda esa teoría de los arcos dorados, primero en Georgia y ahora en Ucrania. Se ve que los idealistas no pensaron en que la guerra también podía ser un lucrativo negocio.

Y así cuajaron finalmente, en el belicoso siglo XX, estos proyectos más o menos utópicos en nuevas instituciones para el gobierno mundial: la Sociedad de las Naciones Unidas tras la Primera Guerra Mundial, bajo los principios de seguridad colectiva, arbitraje de los conflictos y desarme, pero que se mostró impotente para frenar la escalada bélica tras el crack del 29 (tampoco ayudó que Estados Unidos nunca se adhiriera, o que potencias como Alemania, Turquía o la Unión Soviética no fueran admitidas). Quien no aceptaba sus resoluciones, la abandonaba y seguía con sus invasiones tan ricamente. Y la ONU tras la Segunda Guerra Mundial, que pronto quedó bloqueada por la Guerra Fría y el veto recíproco en el Consejo de Seguridad de las dos grandes superpotencias.

La Unión Europea, por su parte, también es hija de aquellos sueños de paz perpetua. Con el escarmiento de la guerra, los primeros pasos de la integración se centraron en la defensa común que ahora tanto se reclama, pero fracasaron: la UEO, que pronto quedó subsumida en la OTAN y que se disolvió en el 2010 sin que nos hubiéramos enterado de su existencia. Y la Comunidad Europea de Defensa, el Plan Pleven de 1952 (la argucia francesa para permitir el rearme alemán pero integrándolo en un ejército común), que fue echado abajo por su propio parlamento. Y es que la integración militar tocaba aspectos demasiado sensibles de la soberanía, así que la vía que finalmente se impuso fue la de la integración económica, donde todos ganaban sin ceder (pensaban) soberanía: la Europa de los mercaderes contra la que ahora tanto protestamos.

Veo estos días acusaciones hacia Alemania por no haber aumentado su gasto militar hasta ahora, prefiriendo chupar de la teta americana, pero lo cierto es que el final de la guerra les impuso estrictos límites para su crecimiento militar, no fuera a ser que apareciera otro Hitler. Y en todo caso, todos estuvieron de acuerdo en que el gasto militar corriera a cargo del primo americano, mientras los europeos gastaban en levantar su estado del bienestar: estar contra la OTAN y al mismo tiempo contra el aumento del gasto en defensa no deja de tener algo de paradójico, pues. Y es que a veces se nos olvida que estos tres cuartos de siglo de paz en Europa Occidental necesitaron de mucho derramamiento de sangre previo: los bombardeos aliados que arrasaron con ciudades como Hamburgo o Dresde, y dos bombas atómicas en Japón. Ninguna causa vale una vida, pero ¿hubiera sido mejor rendirse ante el Tercer Reich?

Las relaciones internacionales basculan entre el reconocimiento de la soberanía y la integridad territorial de los Estados (que sirvió por ejemplo en los Acuerdos de Helsinki para que la URSS dejase de entrar con sus tanques en Praga o Budapest, o para que EE.UU. dejara en paz a los países de América Latina un rato), y el principio de injerencia, para que un gobierno tiránico no pueda masacrar impunemente a sus ciudadanos. El derecho de injerencia sirvió para que las potencias absolutistas del Congreso de Viena y su Santa Alianza impidiesen todo asomo de revolución liberal en la Europa del siglo XIX, y alienta ahora las misiones de paz de los cascos azules desplegados por el mundo.

Tras el final de la Guerra Fría llegó una breve década de oro para la ONU, que al fin superaba el bloqueo de norteamericanos y soviéticos. Consagró ese derecho de injerencia y amplió el significado de la paz más allá de la ausencia de guerra, trabajando en la prevención de conflictos, la pobreza, los derechos humanos o el medioambiente.

El mejor argumento esgrimible contra el derecho de injerencia de esa policía mundial es el frecuente fracaso de las intervenciones de los cascos azules. Fracaso, corrupción, escándalos, violación de derechos humanos (y violación de mujeres, especialmente). Entre el bombardeo de Belgrado por parte de la OTAN sin mandato de la ONU y que causó más de 500 víctimas civiles o los cascos azules holandeses, encargados de proteger la "zona segura" de Srebrenica, que miraron para otro lado mientras los escorpiones de Mladic masacraban a 8000 bosnio-musulmanes, ¿cuál fue el mal menor?

He dedicado media vida a estudiar la historia de la construcción de la paz mundial, porque creo en la paz kantiana como imperativo de la razón. A pesar de que ese universalismo (de la democracia, de los derechos humanos, de la paz) sea en verdad un imperialismo occidental disfrazado, como se les acusa a menudo. Puedo entender que un gobernante psicópata decida desde su despacho iniciar una guerra por delirios de grandeza, pero nunca entenderé que dos hombres frente a frente que no se conocen de nada y que probablemente tengan tanto en común (el hambre, el frío, el miedo, las ganas de volver a casa) decidan matarse. Leí que unos soldados de la armada rusa en Odessa se habían negado a atacar, no sé si se ha confirmado en estos días de tanta intoxicación informativa. Ojalá ocurriera más a menudo y el mundo se llenase de heroicos desertores, pero mientras tanto, tendré que seguir creyendo en la necesidad de ese organismo mundial independiente que, dotado de tribunales y fuerzas de intervención, medie y resuelva en los conflictos. Porque es un deber moral y político ayudar al débil que pide ayuda, que sufre la injusticia y está siendo masacrado. Porque las relaciones internacionales no pueden seguir siendo aquel estado de naturaleza hobbesiano regido por el miedo y sin más ley que la del más fuerte, que ahora chantajea con la guerra nuclear.

Las desempolvadas pancartas del "No a la guerra" fueron necesarias cuando el gobierno de Aznar nos metió en una guerra ilegal bajo falsos pretextos, y tienen ahora un extremado valor en manos de la valiente ciudadanía rusa, que a veces solo agita un folio como bandera blanca. Son superfluas en cambio en las calles de Madrid o Barcelona ahora. Miramos con optimismo el avance de las negociaciones para la paz entre Rusia y Ucrania, pero el gobierno de este último está incapacitado para llegar a acuerdos soberanos mientras se le apunta con una pistola en la sien. La paz no puede ser nunca la paz de la victoria que pisotea a los derrotados. Nosotros ya conocimos 40 años de esa paz y tuvimos de sobra. Por eso hay que dedicar presupuesto a la conservación del Guernica de Picasso y dedicar presupuesto también para que algo así no vuelva a repetirse. Ni en Gernika, ni en Alepo o Bagdad, ni en Grozni o Mariúpol.