Dominio público

¡Bienvenido, míster Juancar!

Nere Basabe

Profesora de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de Madrid.

El rey Juan Carlos saluda desde el vehículo a los medios y a las personas congregadas a la entrada del Club Náutico de Sanxenxo (Pontevedra). REUTERS/Pedro Nunes
El rey Juan Carlos saluda desde el vehículo a los medios y a las personas congregadas a la entrada del Club Náutico de Sanxenxo (Pontevedra). REUTERS/Pedro Nunes

La vida imita al arte, escribió Oscar Wilde, y este país sigue empeñado en recrear, sin saltarse una línea del guion, las películas de Berlanga. Llevamos una semana aguardando con expectación mediática el retorno del rey, y eso que a este monarca antiheroico ni siquiera lo intrepreta Viggo Mortensen. El padre pródigo, en esta ocasión, ha vuelto, y muchos, al paso de la comitiva de automóviles, agitando banderines rojigualdas (imaginamos que idénticos a los de la película berlanguiana en blanco y negro, el mismo tono gris que se apodera estos días de los informativos hasta confundirlos con el NO-DO) lo reciben con alegría: olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía. Al Ayuntamiento de Sansenxo solo le ha faltado travestir el pueblo gallego con los decorados de cartón piedra de la Feria de Abril para que el pastiche fuera completo.

De pequeños ya aprendimos que los reyes (magos) vienen de Oriente. Poderes taumatúrgicos también se le han atribuido comúnmente a este Rey, como el de traer la democracia a este pobre país, igual que antes esperaba la leche en polvo de los americanos. La historiografía profesional hace tiempo que dejó de basar sus relatos históricos en las leyendas y gestas de los grandes hombres providenciales, pero estos siguen teniendo gran predicamento entre los tertulianos diletantes. No quieren ver que la democracia y las transformaciones sociales las forjan los pueblos pagando a menudo el precio con su sangre, y no los reyes, diga lo que diga el alcalde Almeida en su vergonzante peloteo al monarca catarí.

La democracia a España la trajo el propio momento y contexto histórico en el que acabó la vida del Caudillo: las otras dictaduras del sur de Europa (el régimen de los coroneles en Grecia, el salazarismo portugués) ya habían caído, la España franquista ya era socio preferente de la Comunidad Europea, y pese a la renuencia de algunas reliquias bunkerizadas, la gran mayoría del régimen adoptó el lema de El Gatopardo como dogma de fe: todo tenía que cambiar para que todo siguiera igual. Spain is different, pero hay ciertas anomalías que, subalterna de las grandes potencias occidentales, ya no se podía permitir.

Este rey proveniente de Oriente no lo hace además en camello, como los de nuestros belenes navideños. Viaja ahora en un lujoso jet privado, quién sabe si financiado por algún generoso amigo traficante de armas. Resulta difícil de entender esa afición a amasar fortunas ilícitas si no es por tradición familiar, teniendo amigos que le costean millonarias deudas con el fisco, le regalan yates o estancias en islas privadas del Golfo Pérsico. Para apoquinar todo lo demás, ya estamos los contribuyentes a escote.

Todos esos curiosos (curiosos ellos, cámara del móvil en mano, y más curiosa yo tratando de entender sus motivaciones) que lo ovacionan, aplauden o testimonian sentir "orgullo" por el simple hecho de haberlo visto (qué extraña concepción del orgullo), parecen olvidar que el Emérito no marchó obligado al exilio tras alguna revolución o referéndum republicano. Juan Carlos huyó igual que haría un prófugo de la justicia, para no rendir cuentas ante una ley que hasta hacía bien poco él decía representar. Buscó refugio en una satrapía del petrodólar que no tiene acuerdo de extradición con España y no respeta los más básicos derechos humanos: esas son sus amistades. Los aduladores omiten que no ha sido absuelto de las imputaciones sobradamente probadas, sino que las causas han sido simplemente archivadas por estar ya prescritas y por su condición de inviolabilidad. Pero ya sabemos que a cierto pueblo le gusta recibir a los peores reyes de España al grito de "¡Vivan las caenas!", y yerran al apodarlos tanto como para llamar a aquel conspicuo traidor Fernando VII El Deseado y a este Juan Carlos I El Campechano. Porque no es llaneza decir lo primero que se te pasa por la cabeza ("¡Por qué no te callas!") o ensalzar los huevos con patatas de uno de los restaurantes más selectos de Madrid, sino resultado de toda una vida sabiéndose impune, seguro de que la corte te reirá todos los chistes, sobrevolando por encima del bien y del mal. Unas circunstancias bien distintas de los inmigrantes y exiliados gallegos que tuvieron que marcharse con lo puesto huyendo del hambre o de la guerra, ese verdadero pueblo llano al que cierto periodista ha tenido la desvergüenza de comparar.

Así que Juan Carlos no duda en priorizar, en el momento de su regreso y como ostentación de principios, la francachela con los colegas y las regatas (porque de regatear y hacernos fintas durante años para que nadie le arrebate el balón de sus privilegios sabe mucho), antes que juntarse con la familia y aclarar su nuevo y engorroso papel institucional: en Abu Dabi hace tanto calor que ya todo se la suda. Criado y forjado su destino por una dictadura, arropado ahora por el despotismo oriental, nunca arraigaron en él verdaderos valores cívicos y democráticos.  Saluda a través de la ventanilla con ese mecánico movimiento de muñeca propio de reyes y autómatas, y hasta levanta el pulgar cual emperador romano para perdonase la vida, desde el palco de este circo.

Durante mucho tiempo se dijo que este país no era monárquico, sino juancarlista. La atribulada historia contemporánea de los Borbones en España, trufada de escándalos y destierros, dificulta la adscripción incondicional a esta institución anacrónica, que difícilmente puede simbolizar continuidad histórica alguna. Su abuelo Alfonso XIII tuvo que marchar al exilio, por su connivencia con la dictadura primorriverista y el fascismo, tras unas elecciones municipales en las que se impusieron las opciones republicanas; y su tatarabuela Isabel II, acorralada por la corrupción, el escándalo y su preferencia por nombrar gobiernos cada vez más autoritarios, puso pies en polvorosa cuando la Revolución de 1868 la pilló veraneando en San Sebastián: tradición cortesana, la del veraneo en el norte, inventada por la aristocracia para huir del calor, porque sudar es cosa de pobres currelas. Con la democracia llegó la moda del bronceado y el oropel de las noches marbellíes o la Mallorca convertida en paraíso de los hooligans; pero el Emérito se ha propuesto volver a las raíces del privilegio (y acaso del derecho divino), y para ello nada como un Pazo gallego expoliado o un pueblo costero de tradicional veraneo familiar que, entre Rajoy, Amancio Ortega y ahora el exrey Juan Carlos, van camino de convertir en un nuevo Montecarlo. A diferencia de las Gunillas, los Hohenlohes y demás príncipes destronados, el verdadero poder no nos invita a sus fiestas ni siquiera desde las páginas del ¡Hola!

Aquellos exilios reales, en fin, sacaron a los ciudadanos a las calles y trajeron las dos repúblicas. Pero ahora que ya no somos monárquicos ni juancarlistas (salvo esos cuatro pelagatos que celebran ahora el regreso del padre pródigo porque, como buenos católicos y conscientes de que la tan reivindicada nación española de pulserita no encuentra más sustento histórico que en la alianza del trono y el altar, saben que al pecador arrepentido y descarriado converso solo cabe recibirlo con misericordia y alegría), parece que tampoco estamos ya para revoluciones. Hace demasiado calor y el curso nos ha dejado agotados, así que nos limitamos a mostrar nuestra indignación o indiferencia en algún que otro tuit. Y lo cierto es que tampoco parece momento para reivindicar una tercera república porque Juan Carlos aprendió bien de su mentor y, antes de su fuga cual un Roldán o Dioni cualquiera, abdicó y dejó todo atado y bien atado.

Asisto con angustia al esfuerzo titánico de Juan Carlos para encaramarse al yate Bribón, igual que me ocurría de niña cada vez que presenciaba el espectáculo de Charlie Rivel subiéndose a una silla para recibir el aplauso incondicional del público. No acaba de asumir las limitaciones físicas que le impone la edad ni su nuevo estatus de oprobio nacional, como en su día no asumió los principios de la moral y la legalidad del Estado a las que debía someterse su reinado. Sigue confundiendo inmunidad con impunidad, y confunde a un puñado de figurantes con un baño de multitudes de súbditos leales. Pero él no es Julio César, ni regresa triunfante de la guerra de las Galias.

Como en el cuento de El traje nuevo del Emperador, solo él parece no darse cuenta de que el rey está desnudo. Su círculo, mientras, o aquellos a los que les gustaría entrar en ese círculo, fingen seguir viendo una invisible capa de armiño, y gritan por si acaso "¡Viva el rey!". Porque lo sabíamos: a pesar de la omertá que durante tantos años salvaguardó su figura y de una joven democracia empeñada en tratarnos como a niños para que sigan creyendo en los reyes magos, todos sabíamos, o sospechábamos, aunque aún no pudiéramos ponerle el número exacto de ceros a la estafa; qué cabía esperar de alguien que, tras matar a su hermano por accidente, no le cogió fobia a las escopetas y siguió cazando elefantes el resto de su vida.

Durante cuarenta años hemos vivido una estafa y hemos participado del carnaval que, como en el final de la película de Berlanga, una y otra vez acaba cubriendo los sueños de tantos españoles con el sucio polvo del camino. ¿Cuánto tiempo más tendremos que seguir esperando a la niña que, atreviéndose a pensar por sí misma, señale al fin las vergüenzas de esos paños menores y grite la verdad que nos libere: "¡Pero si va desnudo!"?

En vez de al club náutico de Sansenxo bien podría haberse acercado primero al balcón del ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, para repetir, junto a la estatua de Pepe Isbert, aquello de "Como Rey Emérito vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación, os la voy a dar...". Pero el chiste estaba en que al pobre alcalde nunca le dejaban explicarse. Ya nos pidió disculpas en 2012, prometiendo que no volvería a ocurrir y admitiendo su equivocación. ¿Pero a qué error se refería? ¿A un lujoso safari en Botsuana en plena crisis, mientras la mayoría de españoles pasaban apuros para llegar a fin de mes? ¿A la enésima y rubia "amiga entrañable"? ¿Al tropiezo que acabó con su cadera rota? ¿O a dejarse pillar infraganti con el dedo en el gatillo apuntando a un elefante?

Y efectivamente, no volvió a ocurrir: ahora, en las declaraciones ante los medios con motivo de su regreso, se limita a hablar del tiempo. No debería haberse esfumado en cuanto se levantó la polvareda, y ahora no debería volver. Es un jarrón chino de proporciones tan desmesuradas que no nos cabe ni en la España vaciada. El Emérito ya sólo es un demérito en nuestra democracia. Un borrón más de tantos en la historia de España.