Dominio público

Adiós a la política

Elizabeth Duval

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

¿Es necesario pedir perdón por defender lo que defendemos? De un tiempo a esta parte se ha popularizado, a la hora de defender las medidas políticas tomadas por gobiernos de izquierdas, una argumentación fatal, pobre, culposa, en la que todos caemos de vez en cuando —porque de vez en cuando es útil— porque nos movemos en terreno algo pobre y culposo. Para justificar una acción, una ley, una medida, particularmente ante las acusaciones de bolchevismo que vienen del otro lado, afirmamos que acciones similares han sido tomadas por terceros nada sospechosos de aquello de lo que nos acusan.

Ejemplos: el tope a los precios de alimentos en cestas de la compra acordadas con los mercados está lejos de ser una cartilla de racionamiento a la soviética porque una medida parecida fue adoptada por el conservador Sarkozy; los impuestos a los beneficios extraordinarios de la banca y eléctricas son correctos porque han sido aplicados por gobiernos liberales y conservadores; tal subida de impuestos o tal intervención en el mercado está bien porque ya no es de izquierdas, sino que forma parte de cierto sentido común gestor de la época, y hasta los neoliberales de ayer piden hoy que nos despertemos más neokeynesianos.

Es una estrategia retórica muy entendible. Está claro que la derecha no se ve sometida a la diabolización de sus intervenciones políticas (particularmente en lo relacionado con la economía), porque su actuación logró instalarse y ser hegemónica. Ellos no recibirán la agresividad que recibe la izquierda cuando decide actuar o intervenir: sus intervenciones llevan el halo de gestión bien llevada del pater familias que rige y manda en su hogar, porque son el Padre Estricto (en términos de Lakoff) en lugar del Progenitor Atento, y a veces una sociedad requiere o piensa requerir un padre que intervenga (y duramente) como padre. Pero también es una estrategia retórica que tendría que preocuparnos: señala una profunda impotencia política y un sentimiento de culpa desgarrador.

¿Cómo vamos a ejercer alguna influencia sobre la realidad cuando los vientos que corran no sean necesariamente intervencionistas? ¿En serio vamos a afrontarlo todo con la purísima fe que reivindica que, frente a las soluciones equivocadas de la derecha, será a la izquierda a quien inevitablemente el tiempo acabe dando la razón? ¿Y no suena todo eso al dignísimo relato mil veces repetido de la espera y las condiciones materiales y coyunturales, de paciencia y consuelo para sufrientes, de los últimos que serán los primeros y recompensados?

El relato según el cual nuestras acciones están legitimadas porque los adversarios hicieron cosas parecidas en el pasado es la muerte de la política y encima les da a ellos la iniciativa de definir el campo de juego y restringirlo para siempre. No hay política si dos bandos políticos distintos, con intereses frecuentemente enfrentados, han de verse inexorablemente abocados a tomar la misma decisión. Los intereses de un país no son los intereses agregados de sus élites o clase dirigente y de su pueblo, sino que necesariamente se ha de escoger, y no en todos los casos hay reconciliaciones posibles, ni tampoco ni siquiera reconciliaciones deseables. En esa decisión, contraposición y enfrentamiento hay algo de la esencia de lo político. Y renunciar es seguir renunciando, permitiendo que ellos se ocupen de la gestión de una cosa y la izquierda de otras.

Por lo tanto, no: está muy bien que países y gobiernos y instituciones supraestatales se vean obligadas a regular mercados, el mercado eléctrico inclusive, pero cuando regulaciones así llegan por parte de gobiernos de derechas los hechos no habrían de servir para legitimarnos, sino para avergonzarnos por no haber actuado lo suficientemente rápido, con la urgencia necesaria.

La regulación de precios, que habría de extenderse a una regulación de otros componentes de la cadena de suministro alimentario, no está legitimada por Sarkozy, sino que es una medida legítima y necesaria en sí misma, y a quien sufre los efectos de la inflación le parecerá necesaria sin que importe lo que hiciera en su día un señor francés de derechas. Decirle adiós a la política es renunciar, perder y renunciar a otra cosa que no sea seguir perdiendo: es, también, rendirle pleitesía a la inercia. Y para gobernar hacen falta voluntades capaces de ir mucho más allá de la inercia.