Dominio público

¿Se puede construir desde la reacción a la 'violencia política'?

Sato Díaz

Jefe de Política de 'Público'

Irene Montero a acusa a Vox de ejercer 'violencia política' en el Congreso. / Dani Gago (Twitter)
Irene Montero a acusa a Vox de ejercer 'violencia política' en el Congreso. / Dani Gago (Twitter)

No estamos de enhorabuena cuando la violencia se apodera del debate político y se convierte en protagonista en los medios y en el Parlamento. La expresión 'violencia política' ha sido una de las más utilizadas en los mentideros de esta intensa semana parlamentaria de debate presupuestario. Sobredosis de burbuja política y exposición mediática; necesaria unidad de los progresistas alrededor de la condena unánime al acoso desde círculos mediáticos y políticos contra la ministra de Igualdad, Irene Montero.

En 1938, publicaba Antonin Artaud El teatro y su doble, ensayo en el que recopila una serie de textos que teorizan sobre lo que se llamó el 'teatro de la crueldad'. Europa, entre guerras, todavía no se habían conocido los horrores de la II Guerra Mundial ni del holocausto. Los sistemas totalitarios ya se habían apoderado, sin embargo, de importantes gobiernos europeos. El autor francés veía en el teatro un elemento necesario para despertar los instintos humanos más básicos, para poner ante el espejo a la bestia que es la persona y remover los cuerpos, los fluidos que los componen, despertar manías, deseos, obsesiones; el teatro no sería, en la concepción de Artaud, ese elemento burgués que sirve de entretenimiento, para pasar la tarde.

Para ello, el 'teatro de la crueldad' apelaría sin tapujos a la violencia. Si bien Artaud no consiguió cultivar una obra propia ni interesante sobre los escenarios, el corpus teórico del marsellés sirvió de punto de partida para relevantes creaciones posteriores. Peter Weiss, Harold Pinter, David Mamet y, por encima de todos, Martin McDonagh. Lo espectacular y visual, escenas sádicas a pocos metros del público, dejan, en muchas ocasiones, la trama en un segundo plano. Si siguiéramos estirando la filiación, podríamos atar a la misma cuerda algunas de las escenas más paradigmáticas y suculentas del cine de Quentin Tarantino. Sangre, risa y lágrimas.

De profundas convicciones católicas conservadoras, la diputada ultra Carla Toscano, madrileña de 45 años, ha aprendido como ninguna del bolsonarismo y del trumpismo. El Congreso de los Diputados es muchas cosas a la vez pero, sobre todas, un plató. Como buen escenario, tiene la cualidad de separar, en unos pocos centímetros, la ficción de la realidad, lo único de la cotidianeidad, así como de mezclarlo todo el adentro y el afuera, pues no hay teatro sin nadie que lo mire desde fuera. Esto, la asunción de la política como un espectáculo, es una de las características que mejor la definen. La ultraderecha de allá y de aquí ejerce este aprendizaje con pasión.

La sesión plenaria del miércoles, en la que las cabezas de los ministerios iban pasando por tribuna del Congreso, culminaría con una catarsis, como si de una tragedia griega se tratara. Quizás algo debíamos intuir cuando la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, Ione Belarra, que precedió en el atril a la de Igualdad, proclamaba: "Es mi obligación decir alto y claro que quienes recortan en Sanidad, en educación pública o en servicios sociales están ejerciendo violencia contra nuestra gente. Ir a unas urgencias masificadas o que sea imposible conseguir una cita en un pediatra es violencia, contra la gente y también contra los profesionales de la salud. No poder dar a tus hijos e hijas la alimentación saludable que necesitan y darles solo la que puedes permitirte es violencia. No poder pagar el alquiler porque está inflado por los intereses de fondos buitres y también de los rentistas es violencia".

Nada es fortuito, ya en el primer acto podíamos adivinar que la obra trataba sobre violencia, 'teatro de la crueldad'. Cuando un rato después la ultra Toscano dijo la barbaridad sobre Montero, la premonición se encarnó: 'violencia política'. Vox necesita aumentar los decibelios de sus discursos, ruido, se desinflaba en las encuestas, pincha en los actos y no consigue atraer el foco del plató.

La ministra Montero reclamó al desafortunado vicepresidente primero del Congreso, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, incapaz de mantener el orden y decoro, que se incorporara al diario de sesiones la "violencia política que se está ejerciendo en este momento en la sede de la soberanía popular para que no se borre". El viernes, 25 de noviembre, se evocaba, precisamente, el día contra las violencias machistas. En los actos institucionales, Montero recibió el apoyo frente a la 'violencia política' de la ultraderecha, también en las calles de Madrid, donde el feminismo volvió a manifestarse dividido otro noviembre más.

Podemos ha optado, tal y como se vio en el discurso de Belarra y, posteriormente, en la contundente respuesta al ataque ultra contra la ministra de Igualdad, por evidenciar y poner encima de la mesa todas las violencias, demostrando así ante la opinión pública que no son solo violencias aquellas aceptadas por el statu quo. El sistema político, económico, social, cultural o sexual en el que vivimos es violento y, por tanto, genera víctimas (políticas, económicas, sociales, culturales o sexuales). La ultraderecha no es más que una deformación llevada al límite de las peores cualidades de ese sistema del que hablamos, capaz de exagerar todas estas violencias.

Y, sin embargo, cabe plantear una duda, y como duda reconozco no tener ninguna certeza sobre el asunto. ¿Hasta qué punto se puede construir una alternativa política desde el marco de la violencia? ¿Debe la izquierda edificar su proyecto desde la reacción a las violencias intrínsecas al sistema en el que vivimos o crear un horizonte diferente, en un marco distinto, que, al mismo tiempo, sea superador de dichas violencias? ¿La reacción a la 'violencia política' es buen punto de partida para crear algo nuevo? Si la violencia es destructora, ¿qué puede generarse de sus cenizas? Dudas que, así planteadas pueden parecer lejanas pero que, seguramente, serán un nuevo punto de debate y fricción en el actual panorama y desacuerdo de las izquierdas.

Una de las derivaciones del 'teatro de la crueldad', sobre todo usada por McDonagh, es el in-yer-face ('en tu cara'), mostrar escenas impactantes, violentas, sexo explícito... para generar una rápida reacción en el público, algo que después tendrá que procesar. Son trucos efectistas en una obra que han generado mucha adhesión, pero también críticas. Estas, sobre todo, van en el sentido de que pierde importancia el contenido literario de la obra y la trama y, con ella, la reflexión y la construcción a fuego lento y de una manera racional de una historia. Argumentos y contrargumentos, la dialéctica permanente.