Dominio público

La cadena

MARTÍN CASARIEGO

08-17.jpgTengo dos hijos pequeños, y me gustaría que los libros les acompañaran desde ahora, cuando aún no saben leer, hasta el final de sus días. Por mi propio interés, y por el suyo: según mi experiencia, la lectura es uno de los mayores privilegios de los que nos es dado disfrutar.

Como a tantos otros, los libros me han hecho reír y llorar, emocionarme, pensar, crecer. Han convertido una aburrida espera en una estación en un rato apasionante, un viaje en avión, en un vuelo inolvidable. Siendo una actividad solitaria, han contribuido a que me sienta menos solo y a comprender mejor a mis semejantes. También, a que me cuestione aspectos de la realidad que tenía por seguros y a que aprenda a vivir con la duda. Si un espejo nos refleja, un libro, además, nos conmueve y nos cambia. Porque no es únicamente que con los libros aprendamos: es mucho más. En nuestra época, que ha visto el nacimiento de los ordenadores, de Internet, del correo electrónico, no es descabellado imaginar que llegue el día en el que los conocimientos puedan introducirse en el cerebro humano mediante archivos. Podría así haber hombres con vastos conocimientos, pero esos conocimientos grabados serían idénticos en los distintos cerebros. Al leer, por el contrario, el texto que llega intacto a la mente del lector sufre inmediatamente una transformación. Hoy, y desde hace muchos siglos, el lector lo hace suyo y lo convierte en una experiencia única. El lector se vuelve creador o, al menos, intérprete. Una novela se trasforma en mil novelas si la leen mil personas diferentes. Cuando una persona lee un libro, se mete en sus páginas y, a la vez, saca lo que hay en ellas y lo interioriza: el libro le permite viajar por senderos de su propio espíritu que, de otra forma, permanecerían inexplorados. Esa es su magia, que hace de la lectura algo incomparable. Y por eso quiero que mis hijos lean. ¿Qué hacer para conseguirlo?

Por regla general, los futuros lectores se van formando mucho antes de que, con cinco o seis años, aprendan a leer. Los padres somos los primeros responsables de esa iniciación. Si nos ven leyendo –¡a sus héroes, en los primeros años de su vida!–, si hay libros en casa, si se compran, los niños comenzarán a apreciar ese misterioso objeto que se abre y cambia al pasar una página. Y si lo comprueban diariamente, cuando sus padres, en ese momento especialmente tranquilo y relajado que precede al sueño, les leen un cuento, habrán –habremos– dado un paso adelante.

La lectura se debe relacionar, pues, con el placer, y eso es lo que debe ser, ante todo. Pero un placer entre cuyos efectos secundarios, en lugar de la ruina –del tipo que sea–, se halla el aprendizaje (del idioma, de la vida, del mundo, de nosotros mismos). Por eso nunca lo prohibirá un médico, nunca lo criticará un amigo, nunca tendremos que practicarlo en secreto (al menos, en una sociedad libre como la nuestra).

Si pretendemos que un hijo se convierta en un lector a lo largo de su vida –si pretendemos que dedique a los libros parte de su tiempo libre– no debemos forzarle. Si en casa ha leído por obligación, ¿quién le hará leer cuando sea adulto? El lector tiene que elegir lo que lee, tiene el derecho a equivocarse. Aunque suene raro, tiene incluso el derecho a no leer. Ningún libro es malo si está gustando a quien en ese momento lo lee. Claro que hay libros mejores y peores, buenos y muy buenos y regulares y pésimos, claro que hay novelas llenas de tópicos y mal escritas, pero eso lo tiene que ir descubriendo cada uno. La selección de libros que entran en una casa es una forma de orientar a ese lector en formación. Resulta curioso descubrir a qué edad tan temprana los lectores ya tienen sus preferencias. Mi hijo menor, que aún no tiene dos años, quiere desde hace unas semanas el mismo cuento por la noche. Yo empiezo a cansarme, pero cada vez que pruebo con otro obtengo un rechazo frontal, un enfado mayúsculo. El diálogo dura un par de segundos: yo le muestro ese otro libro, le pregunto si quiere que se lo enseñe, y él lo aparta de malos modos, enfurecido. Mensaje captado.

Miro hacia atrás, buscando las condiciones que hicieron de mí un lector obstinado. Muchos de los libros que yo leía con ocho, con diez, con doce años, la mayoría "heredados" de mis padres y hermanos mayores, me parecerían ahora malamente escritos, pero fueron entonces lecturas apasionantes. Ninguna fue perniciosa, ninguna fue baldía, de ninguna me arrepiento. Mis padres jamás criticaron alguna de ellas. Cada peldaño de aquella escalera, al final de la cual me aguardaban Frisch, Kafka y muchos otros, cumplió su función. Desde los cuentos sonoros –en discos de vinilo, como La ratita presumida o Alí-Babá y los cuarenta ladrones–, hasta los tebeos de Hazañas bélicas o Mortadelo y Filemón, desde las novelas de los Siete y los Cinco hasta las de Tocón o la serie de Quince Historias Juveniles, de la editorial bilbaína Fher, desde los casos del Padre Brown –de G.K. Chesterton– a los de Sherlock Holmes, en papel de biblia, desde las adaptaciones de clásicos en forma de cómic de la colección Joyas Literarias Juveniles, de la editorial Bruguera, hasta…

Imitaré a mis padres para conseguir que mis hijos se aficionen a la lectura. Discos –ahora, cedés–, cuentos ilustrados, cómics, novelas. Todo valió. Sueño con repetir, a pequeña escala, una escena que me es muy familiar: padres e hijos leyendo en silencio en un salón. Todos allí, todos en otra parte. Mis dos hijos, uno quizá con una adaptación de Stevenson, otro con un Tintín, dando los primeros pasos hacia El desierto de los tártaros, que yo podría tener en esos momentos entre mis manos, y que ellos, quizá, cambien por un libro electrónico. Sería yo, así, un eslabón más en la larguísima cadena de los lectores, una cadena que no es precisamente la de la esclavitud, sino, por el contrario, la de una forma de libertad.

Martín Casariego es escritor. Su última novela es Por el camino de Ulectra