Opinion · Dominio público

Jaque a la élite china

Antonio Antón

Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Antonio Antón
Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

La corrupción alcanza al núcleo dirigente de China. Según los datos publicados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), al menos trece parientes próximos de la más alta jerarquía china están involucrados en un gran enriquecimiento ilícito, la creación de sociedades opacas en paraísos fiscales y la evasión y utilización fraudulenta de capitales, unos 150.000 millones de dólares. Es la punta del iceberg que afecta al actual y el anterior presidente chino, a la cúpula gubernamental y militar, así como a dirigentes empresariales. Su máxima expresión pública es la gran ostentación de lujo, tráfico de influencias y abuso de poder, entre otros, de los llamados príncipes, hijos y descendientes de la vieja élite revolucionaria china. Se produce en el contexto del reciente cambio de la cúpula comunista que, ante el gran descontento social, había reconocido la existencia de una amplia corrupción en distintas esferas y se había comprometido con cierta limpieza de elementos corruptos (de tigres –dirigentes- y moscas –ciudadanos de a pie-).

Estos hechos evidencian la amplitud, la persistencia en el tiempo, la sofisticación de los métodos y la falta de escrúpulos políticos o morales de altas personalidades de las capas gobernantes y económicas chinas. Por mucho que sus dirigentes pretendan censurarlos ante su opinión pública, son un factor que abunda en la crisis de legitimidad popular, y en el ámbito internacional, de la actual élite china. Disminuye la credibilidad de su retórica de transparencia y lucha contra la corrupción, atajar los fundamentos de desigualdad social y abordar un desarrollo económico, social y medioambiental más ‘equilibrado’.

La actual dirección comunista se enfrenta a una gran encrucijada: o profundiza su acción contra la corrupción, se plantea revertir el proceso de fuerte desigualdad social, generaliza la protección social pública y la integración social y favorece la democratización política y los derechos ciudadanos, o bien, incrementa las brechas sociales y las dinámicas de desvertebración social, territorial y económica, refuerza su autoritarismo y los privilegios de las capas dirigentes y acentúa su declive de legitimidad popular.

Las élites chinas tienen por delante un gran desafío. Su principal estrategia de acelerado crecimiento económico no es suficiente para asegurar la estabilidad del régimen. Su discurso liberal, sobre la bondad del enriquecimiento sin límites, no asegura su hegemonía cultural ni sirve para aplacar el descontento popular. Su tipo de crecimiento económico, con una distribución tan desigual de sus frutos, concentrados en una cúpula oligárquica y a costa del extraordinario esfuerzo, explotación y subordinación de las capas populares chinas, ya no garantiza la cohesión social. Su apuesta por reforzar la hegemonía institucional de su actual élite política y asegurar su continuidad en un marco institucional autoritario, con represión de las protestas populares, es un callejón sin salida y lleva al aumento del conflicto social y político. Ni la ética confuciana de la armonía y el equilibrio, ni la ética socialista de la igualdad son fuente legitimadora de la actual estrategia de la cúpula dirigente. Su política tiene graves problemas de justificación pública con el nuevo pensamiento de esta nueva época de reformas, amparadas en el ‘enriquecerse’. Ha permitido una gran acumulación de riqueza, pero la carrera por su apropiación ha descubierto que los que partían de una posición de ventaja, en las esferas del poder, no han tenido límites y han reforzado sus privilegios, su dominio y su distancia respecto de la mayoría de la sociedad. No obstante, tienen un grave problema de desconfianza y rechazo de la población.

Pero, la corrupción y su extremada gravedad, están asentada en fuertes procesos de incremento de la desigualdad social, en la conformación de mayores distancias y brechas sociales entre las élites y la mayoría del pueblo chino. Veamos algunos datos de la dimensión de este problema de fondo.

En China, en la última década se ha producido un gran incremento de la desigualdad social: el coeficiente Gini, ha ascendido fuertemente desde el año 1999 (39,2), pasando por 2004 (46,5), hasta el año 2009 (61,0); en este periodo su aumento es de más de un 50%. Supone que aunque su gran crecimiento económico ha permitido una mejora sustancial del nivel de vida medio, incluido las amplias capas populares rurales, se han incrementado las distancias entre las capas dominantes (unos pocos millones de la élite económica e institucional), las llamadas clases medias (urbanas), que según diversas fuentes alcanzan los trescientos millones de personas y se están consolidando, y la mayoría de la población (más de mil millones), cuyo progreso comparativamente es menor. Así, ésta percibe las grandes desigualdades y el aumento de las distancias con los sectores acomodados y las élites. Merece una reflexión más detenida por el debate sobre la relación entre igualdad y modelos económicos y políticos, ya que tiene implicaciones especiales por su sistema económico y político, formalmente de orientación comunista.

La particularidad en China es que se ha generado, al mismo tiempo, un doble movimiento: gran aceleración del crecimiento económico y fuerte aumento de la desigualdad social. Hay que partir del reconocimiento del importante aumento de actividad económica en estas últimas décadas de liberalización económica y desarrollo productivo intensivo. Aun así, hay que advertir que la renta por habitante es todavía la cuarta parte de la de España (unos 400 euros mensuales) y que los grandes planes de estímulo económico aprobados recientemente, persiguen duplicar en siete años (hasta el 2020) su renta media por habitante, que todavía llegaría solo a la mitad de la española (y muy lejana a la de EE.UU., Alemania o Japón). La tensión entre crecimiento, que es la apuesta principal de su régimen, y la desigualdad es muy fuerte. Medida por el índice Gini (según datos de la ONU), en poco más de las dos últimas décadas, entre los años 1985 (0,288), en que estaba en un nivel bajo, similar a la media europea, y 2008 (0,61), uno de los más altos del mundo, la desigualdad social se ha duplicado.

Esa doble dinámica, con aumento de capacidad adquisitiva media pero con mayores brechas sociales, es el fundamento de las numerosas y amplias protestas populares (huelgas, manifestaciones y disturbios), que se han multiplicado por veinte en los últimos quince años, desde mitad de los noventa. Están claras las dificultades de legitimación de la actual élite china. Ésta no se puede legitimar en la retórica clásica de las izquierdas de la igualdad o en un desarrollo ‘equitativo’ (social y medioambientalmente) o en la defensa de los intereses del pueblo, como dice su discurso. Su intento de justificación se vuelca en el aumento del nivel de vida, pero desigual y ecológicamente insostenible. Consideran inevitable los grandes ‘incentivos’ para el estímulo de sus capas acomodadas, basados en el reparto desigual, la consolidación de privilegios de las élites y el control del poder, evitando las libertades políticas. Es un asunto mucho más profundo que el síntoma reconocido por sus dirigentes y que les preocupa, de la corrupción rampante en su burocracia política y su nueva capa empresarial.

Contando con su fuerte atraso previo, el sistema económico chino, de modernización acelerada pero con fuerte incremento de la desigualdad y un modelo social frágil (sin Estado de bienestar, ni suficiente cobertura pública de la protección social, la vivienda o la sanidad), no supone ningún atractivo para las clases trabajadoras europeas; todo lo contrario, aquí se ve con recelo al ser utilizado, dentro de la actual globalización económica, como argumento para el recorte de los derechos sociales, laborales y de empleo. El mayor país llamado ‘socialista’ no está asociado a la igualdad. Pero, con su régimen autoritario, sus élites tampoco pueden dar lecciones de desarrollo democrático y respeto al pluralismo y las libertades civiles y políticas. Sobre todo, tienen un grave problema de legitimidad entre su pueblo y, según ellos mismos, si no corrigen la corrupción generalizada (la apropiación de riquezas y la desigualdad desenfrenadas) puede llevar al traste la estabilidad de su régimen.

El actual desvelamiento de la grave corrupción entre las altas esferas supone un jaque a la élite china, que tiene un gran reto por delante, de modernización sostenible, igualdad y democratización, si quiere evitar el declive de su legitimidad y el cuestionamiento abierto de la hegemonía de su poder.