Ecologismo de emergencia

Metales raros: el 'oro' que puede cambiar el mundo

Estamos en un brete de gran complejidad y difícil solución. Nadie con dos dedos de frente duda hoy, a la luz de los datos científicos, que estamos ante un reto sin precedentes: frenar un cambio climático que llevamos 100 años potenciando – sobre todo en los últimos 70- y hacerlo en menos de dos décadas mientras la población humana no deja de crecer –seremos 10.000 millones a final de siglo- ni de consumir. Cuando paramos, nos dicen, se para el mundo tal como lo hemos diseñado. Y ¿hay tiempo para diseñar otro?

La respuesta, que ha costado décadas, también la tenemos: debemos poner fin a la carbonización que tiñe de negro la economía, y por tanto nuestra vida y nuestro futuro. El foco, pues, se ha puesto en el imprescindible cambio en la energía que mueve el mundo humano desde hace un siglo: tenemos que dejar los vegetales fósiles que sacamos de los sedimentos terrestres de hace 300 millones de años, que transformamos en gases que contaminan la atmósfera, para utilizar la energía del sol, del viento, de las olas y, algunos defienden, de los átomos (la energía nuclear o la del nitrógeno).

La ciencia lleva medio siglo avisando de que vamos, cada vez más rápido, a un abismo de resultado nefasto, pero no ha sido hasta hace pocos años cuando la emergencia se ha hecho presente y al menos una parte de la humanidad se ha puesto a la labor de evitarlo, después de lograr -no sin esfuerzo- un acuerdo global (en París, 2015) del que, por cierto, no tenemos buenas noticias sobre su cumplimiento. Pero que ahí está, como guía para un futuro ‘verde’ que todos queremos.

Ahora bien, el brete mencionado no es baladí: para que esas nuevas opciones nos proporcionen tanta energía como hoy necesitamos, o más porque más seremos, por un lado se requiere mucho espacio donde colocar infraestructuras gigantescas que ocuparán extensas áreas rurales a costa de su biodiversidad, un negocio que nuevamente se vislumbra centralizado en pocas manos. Y por otro lado, se precisan raros minerales que igualmente hay que extraer de la tierra o de los mares o de debajo de los hielos, y son mucho más escasos de lo que lo han sido el petróleo o el gas natural. Es más, su obtención requiere una actividad, la minería, que no queremos cerca de casa porque no es ni podrá ser, en un horizonte cercano, totalmente inocua. Y si la ocupación del espacio ya genera conflictos locales por lo que supone para la biodiversidad, el asunto de las materias primas dará un giro en la geopolítica internacional que, queramos o no, afectará al mundo en su conjunto en aras de la necesaria revolución ecológica.

Sobre este apasionante tema, debatieron recientemente Richard Wouters de la Fundación Verde Europea, la eurodiputada alemana Henrike Hahn y el periodista de investigación francés Guillaume Pitron, autor del libro "La guerra de los metales raros" (Ed. Península).

En el encuentro, organizado por la Fundación Transición Verde, expusieron la preocupación que genera que la UE no disponga de la mayoría de los metales que se precisan en dicha revolución; es más, el 98% de las llamadas ‘tierras raras’, tan necesarias en cuanto dispositivo cae en nuestras manos (sea móvil, ordenador, tablet, batería, aerogenerador, placa fotovoltaica, etcétera) nos llegan de China, el cobalto de República Democrática del Congo, el níquel de Indonesia, el litio de Bolivia y el cobre de Chile. "¿Cambiaremos nuestra dependencia del gas ruso o el petróleo árabe por la de estos países?", se preguntaba Wouters. Como parece claro es que los europeos no estamos dispuestos a que se reabran minas en nuestro territorio –y en España tenemos muchos ejemplos de ello-, habrá que ir pensando en otras soluciones.

El propio Wouters puso sobre la mesa la opción de una economía circular real y realmente extendida por todo el mundo. Se trata de lograr que en todos los países los recursos se aprovechen al 100%, favoreciendo su reutilización y sin dejar residuos. Pero es que es algo que aún no se ha conseguido con muchas de las materias primas útiles para una descarbonización global. Y aún con ello, apuntaba que no sería suficiente: "Si todo el litio usado hasta ahora para baterías se reutilizara tendríamos solo para un año de baterías en los coches eléctricos", reconocía Wouters.. En otras palabras, no será posible la transición ecológica si pretendemos hacerla únicamente cambiando el tipo de energía con la que cargamos nuestro vehículo o nuestro móvil. El planeta Tierra no tiene para tanto.

Pitron, que visitó los yacimientos de minerales raros en China para escribir su libro, fue más contundente al señalar que "la energía limpia es un asunto sucio". Y no lo decía por las emisiones, sino en relación con el modo de extracción de esos minerales críticos cuya producción no queremos ver. "Desde los años 80 y 90, en la UE abandonamos la minería para comprar esas materias a China y otros países y así alejar la contaminación de nuestro territorio. Eso traerá problemas. De destrozo ambiental y de dependencia de China. Ya hemos visto lo que ha pasado este 2020 con las mascarillas. Y lo mismo pasará con estos minerales: cuando China los necesite para su transición verde, se los quedará. Además, ahora ya tiene la tecnología, que era el valor que aportaba la UE, porque nuestras empresas europas se han ido ese país con el I+D", destacaba el periodista.

En definitiva, estamos en manos del país asiático en industrias que son estratégicas para un planeta ‘movido’ por energías renovables. Biden, que ha visto clara esa dependencia (recientemente varias grandes industrias americanas pararon su producción por falta de semiconductores chinos), ya considera este asunto prioritario y se ha puesto a trabajar con países de América Latina y otros asiáticos. Es la llamada ‘diplomacia mineral’, que no está tan avanzada en Europa con estados –Indonesia, Bolivia o Australia, entre otros- que van a ser importantes en la geopolítica global. "En la UE, no sólo tenemos que poner el foco en ser bajos en carbono sino también saber cómo de independientes seremos en recursos que son necesarios para ello", resumía el periodista.

La eurodiputada verde Henrike Hahn reconocía que si, que para cumplir con el European Green Deal (Pacto Verde Europeo) va a ser necesario multiplicar en 30 años entre 10 o 15 veces las importaciones de minerales que ahora no producimos y ponía el foco en la necesidad de limitar nuestro consumo e invertir más en economía circular. La pregunta es: ¿Habrá tiempo para cambiar un sistema que se ha montado durante un siglo y se ha basado en el motor del consumo? ¿Podemos en una década dar carpetazo a un sistema que hemos visto cómo se desmorona si dejamos de comprar lo no esencial unos meses?

Hahn mencionó también otras iniciativas, como la aprobada recientemente en la Comisión Europea que obliga a las empresas a facilitar la reparación de dispositivos, o la Alianza Europea por las Baterías, que pretende construir entre 10 y 23 grandes factorías antes de 2025 para no tener que importarlas. De hecho, sólo por la expansión esperada de coches eléctricos se estima que la UE podría necesitar 18 veces más litio y 5 veces más cobalto que en la actualidad. "La Comisión deberá negociar que las importaciones de los minerales se hagan de forma responsable, con empresas que cumplen los derechos humanos y ambientales", insistía Hahn. Pero ¿será posible tener ese certificado de idoneidad en países a cuyos gobiernos ambas cuestiones les importan poco o nada? ¿cómo controlar que los minerales chinos son extraídos de forma responsable si, como indicaba Pitron, ni el gobierno de Xi Jinping lo sabe? En su opinión, la única oportunidad es que el pueblo chino comience a aumentar su conciencia ambiental, pero falta mucho recorrido por hacer al respecto, más teniendo en cuenta la escasa libertad que hay en China para movimientos que frenen el ‘desarrollo’. ¿Podemos esperar que un país como el gigante asiático, que se está haciendo con los mercados en Latinoamérica y África, se comprometa a la ‘debida diligencia’ de sus productos para Europa respecto a los derechos humanos y el medio ambiente? ¿Se logrará en Indonesia?

Entre las cuestiones a reflexionar planteadas en el evento, también salió a la luz la posibilidad de recuperar la minería en nuestro continente, en aras de la independencia de recursos para la transición energética. Se mencionó la aceptación que tendría una minería, si no limpia, porque es imposible al 100%, al menos si responsable, es decir, comprometida con la menor contaminación posible y que restaure los daños, lo que debería acompañarse de más inversión en I+D para hacer los procesos lo más sostenibles posibles. "Siempre será mejor una minería con estándares de la UE que otra que no los tiene. Si queremos coches eléctricos y que funcionen con energías renovables, tenemos que saber que eso supone excavar minas", recordaba Pitron.

Y si no queremos minas en Europa, nos quedan opciones, aunque de momento no acaban de arrancar. Mencionaron que se trata de no derrochar recursos, reutilizar, reciclar al máximo y eficientemente, dejar de consumir lo innecesario, invertir en investigar en materiales para aumentar su rendimiento, apostar por iniciativas innovadoras pese al riesgo, imponer tasas de carbono para lo que más contamina y así promover las industrias sostenibles competitivas o recuperar una industria que hemos dejado moribunda en países como España, en aras de un sector servicios muy dependiente tanto de bienes como de personas que llegan de fuera.

En definitiva, el tesoro de los cuentos infantiles del futuro no será de plata y oro, sino de extraños metales y tierras raras de nombres imposibles (escandio, ladano, terbio, lutecio, berilio, neodimio, wolframio…). Ya están subiendo como la espuma en las cotizaciones políticas, incluso estando cubiertas de hielo (de ahí el interés que EEUU y China tienen por Groenlandia).

Dadas las pocas ganas que tenemos de volver en Europa a la cavar en la mina, no nos puede valer cerrar ojos mientras nuestra demanda de minerales se dispara y cada vez más millones de personas se exponen a un negocio sucio, hoy dirigido por grandes empresas que acaparan territorios y los destruyen. Está claro que un futuro más limpio debe ser compartido y global.

Como decía, es un brete, complejo y de difícil solución a corto plazo, pero es hora de reflexionar sobre ello para poner en marcha, con igual impulso que las renovables, alternativas que serán menos atractivas para los grandes negocios de la energía, pero que pueden librarnos de poner en jaque esa transición verde que todos queremos. En el pasado el oro y la plata, vía España, nos la trajimos a Europa de América. Pero los tiempos son otros y el tesoro del siglo XXI es muy distinto.