El mundo es un volcán

Periodismo de guerra: precariedad e indefensión

 

Ya sé que preocuparse por la suerte de tres periodistas españoles desaparecidos en Siria cuando los muertos en ese conflicto se cuentan ya por centenares de miles linda con el corporativismo. Pero esa es una de las injustas paradojas de la historia, de las historias grandes y de las pequeñas. Cinco muertos en París o 30 en Túnez (si son extranjeros) tienen más valor mediático que 120 en un mercado iraquí o 1.000 por los bombardeos en Alepo. La muerte de un amigo o de un colega impacta más a veces que una matanza en un país lejano.

Lo reconozco: la suerte de Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre me preocupa como preocupa siempre lo cercano, lo que te hace pensar: "Podría haberme ocurrido a mí". Mi experiencia profesional en zonas de conflicto es limitada pero, en cambio, he pasado por el amargo trago de que cayeran en acto de servicio dos entrañables colegas y amigos: Ricardo Ortega en Haití y Julio Fuentes en Afganistán, mientras que un tercero, Marc Marginedas, sufría un interminable secuestro en Siria, al que por fortuna sobrevivieron.

He tenido que tomar con frecuencia la decisión de enviar compañeros –incluso a mi mujer- a zonas de alto riesgo. Eso sí, con la justificación -o la coartada- de que eso formaba parte de un proyecto profesional libremente decidido, de que se podía decir que no sin que ello supusiera el ingreso en ninguna lista negra, y que contaban con la cobertura de un diario importante, un seguro generoso y de los medios económicos y técnicos necesarios para trabajar con un mínimo de preocupaciones materiales.

Es lo que tenía la época de las vacas gordas, no tan alejadas como pudiera pensarse a la vista del desolador panorama actual: despidos masivos, drásticas reducciones de sueldos, creciente precariedad, dependencia de los poderes financieros, crisis del periodismo de papel, insuficiencia hasta ahora del modelo económico del periodismo digital…

Ese derrumbe ha afectado muy gravemente al periodismo en su conjunto, a la capacidad de que sea una profesión que garantice a la mayor parte de quienes la ejerzan un medio de vida que permita llegar sin agobios a fin de mes, pagar una hipoteca e irse de vacaciones de vez en cuando. Pero, sobre todo, ha supuesto un golpe mortal al periodismo internacional, al que –al menos en los principales medios- se basaba en amplias redes de corresponsales y en una redacción central capaz de efectuar la inversión humana y material que supone enviar a uno o varios redactores (incluso a un fotógrafo) a cubrir las situaciones de crisis.

Ahora, incluso aquellos medios que un día exhibieron su prepotencia, se lo piensan mucho antes de invertir en información exterior en cuanto el coste empieza a medirse en miles de euros. Solo se da el paso en contadas ocasiones, y con fuertes restricciones, cuando no hacerlo supondría un timbre de deshonra, la abdicación absoluta del modelo que un día se ejemplificó.

Eso ha dado nuevas alas a un periodismo que siempre existió y que ha escrito algunas de las páginas más gloriosas de la profesión: el de los reporteros independientes que se ganan la vida con grandes dificultades y arriesgan el pellejo para ir allá donde otros no van, a contar lo que tantas veces se oculta. Es en esa tierra de nadie en la que la mayoría de los medios no pueden o no quieren enviar a su propia gente, por prudencia o por ahorro, donde quijotes como Pampliega, Sastre y López tienen oportunidad de desarrollar su vocación, de llenar un hueco que, de otra forma, daría pie, sin testigos, a la perpetuación del horror, porque el silencio y el desconocimiento has sido de siempre el caldo de cultivo perfecto del salvajismo y la barbarie.

Estos tres reporteros se caracterizan por su firme convicción de que la suya es una labor necesaria, imprescindible, de que lo que más importa en una guerra no es quien va ganando o perdiendo, sino el dolor y el sufrimiento de las víctimas, que ellos siempre se han esforzado en reflejar. No sé si quien les retenga terminará acusándoles de espionaje o algún otro disparate similar, pero si lo hacen no convencerán a nadie. No es ése su perfil. Si acaso pertenecen a la peligrosa especie de los testigos imparciales, tan odiados de siempre por los fanáticos.

Estará muy equivocado quien piense que el periodismo independiente y de batalla que encarnan estos tres colegas cuya suerte aún se ignora permite ganarse la vida holgadamente. Cualquiera de ellos –y de tantos otros como ellos- se daría con un canto en los dientes por estar en la nómina, con un sueldo medio, en cualquier medio impreso o digital.

Lo suyo es mucho más complicado y azaroso. Una lucha constante que obliga a sacar el máximo provecho a su red de contactos en busca de conseguir algo que se parezca, no ya a un contrato que les garantice algún ingreso estable, sino de cualquier mínimo compromiso de colaboración. La única forma de sobrevivir es trabajando para diversos medios, países y formatos: una crónica por aquí, un programa de televisión o un documental por allá, acaso alguna subvención ocasional, un arrimarse a una ONG para limitar gastos… Porque si tuvieran que vivir de lo que les pagase un medio español, irían listos, aparte de que estos huyen como de la peste de cualquier pacto que pueda indicar que el medio se compromete con una misión que puede terminar con el reportero herido, secuestrado o cadáver, con la responsabilidad moral y económica que pudiera suponer.

Por eso, lo más probable es que la respuesta que obtengan ante cualquier oferta de colaboración en una zona de grave conflicto sea de este tenor: "Nosotros no te envíamos. Es más, te recomendamos que no vayas, es muy peligroso. Pero si vas, tú envía lo que tengas, lo miraremos con interés y ya veremos, pero no te podemos garantizar que se publique". A tanto la pieza –si es que sale- y por supuesto con tarifas raquíticas para el riesgo que hay detrás, pagos menguantes, inferiores incluso en un 50% a los anteriores a la crisis: probablemente menos de 100 euros brutos por crónica.

¿Y los gastos de viaje, y el alojamiento, y los medios técnicos, el chaleco antibalas, el traductor o fixer cuando sea imprescindible? Ah, de eso los medios no quieren saber nada. Además tienen contratos con otros medios. Siempre puede meterse un reportaje de Reuters o de The New York Times, que tampoco suelen enviar a esas zonas calientes a gente desde la Gran Manzana o Londres, sino que cuentan con oficinas y personal local para el trabajo más duro. Son los Pampliega, Sastre o López los que se la juegan.

Ese es el contexto en el que hoy se desenvuelve buena parte de la información que llega a los medios españoles. Ese es el contexto que ayuda a entender la situación de los tres periodistas desaparecidos en Siria. Y ese es, mal que pese, el contexto del periodismo español actual. Una pena. Y sí ya sé que comparado con lo que ocurre en Irak, Libia, Somalia, Sudán, Nigeria o el Congo, con toda la muerte, tortura, atrocidad, éxodo masivo y limpieza étnica que hay por este asco de mundo, el tema de este artículo parece menor, insignificante, un reflejo de corporativismo. Pero como me toca de cerca no he podido resistirme a escribir sobre él.