Tierra de nadie

Justicia poética

En la vida real la justicia poética es algo bastante infrecuente. Es insólito que los grandes ladrones sufran atracos o que un cazador de elefantes sea pisado por el paquidermo al que pretende abatir, aunque puede ocurrir que el del rifle se rompa la cadera y se monte en su país un lío de los gordos. La justicia poética es muy valorada por la gente del común, que siempre han sabido lo difícil que es que se haga justicia sin más, o sea en prosa. Y por la literatura, que ha creado personajes inmortales como el Edmundo Dantes de Dumas, convertido en un conde de Montecristo muy resentido. El concepto es la culminación de un deseo de venganza que de otra manera no podría satisfacerse y hace realidad aquello de que el que a hierro mata a hierro muere, que casi nunca se cumple porque el hierro es muy selectivo en sus mandobles.

Justicia poética es que Bolsonaro y Trump, los grandes negacionistas del coronavirus que ha matado en sus países a cientos de miles de personas hayan sido contagiados por el bicho, pero ni la cosa pasó de un pareado en el caso del brasileño ni lo hará con el emperador del tupé porque no es verdad que San Martín llegué siempre salvo para los cerdos de cuatro patas y tampoco es sano mantener abiertas las heridas en busca de desquite porque tienden a infectarse.

No cabe pues alegría por el hecho de que Trump haya dado positivo pero sí sería un alivio del todo improbable que el obligado confinamiento le alejara un par de semanas de las redes sociales, a las que les vendría bien una cura de abstinencia de tanto veneno. Ni siquiera es razonable pensar que el mandatario, al estilo de los pioneros de la aviación que se partían la crisma a los mandos de sus propios artilugios tratando de desagraviar a Ícaro, pruebe en su organismo los remedios caseros que recomendaba al populacho, tal que la lejía en vena para limpiar los pulmones y dejarlos como la patena, o la milagrosa cloraquina de la que se convirtió en su mejor agente comercial.

Ello no quita para que los que han escuchado a este mal salvaje minimizar el virus ("en un par de días desaparecerá", "un día, como un milagro, desaparecerá", decía en febrero y "solo mantengan la calma porque se irá", que era su tesis al mes siguiente) sientan un cierto regocijo interior, en especial su rival en las presidenciales, Joe Biden, al que quiso ridiculizar en el pasado debate –mejor dicho, combate- electoral por usar mascarilla: "Tengo una aquí mismo pero no la uso como él (…) Puede estar hablando a 200 pies de distancia y lleva la mascarilla más grande que hayas podido ver". ¿No era el coronavirus una cosa del pasado que ya solo afectaba a los jóvenes?, como proclamaba en sus últimos mítines.

En contraste a sus declaraciones públicas en las que exigía reabrir el país porque una gripe cualquiera no iba a detener a esa gran nación, Trump reconocía privadamente, tal y como se acredita en el último libro de Bob Woodward fruto de sus múltiples entrevistas en la Casa Blanca, que la pandemia tenía efectos mortales, algo que sus 200.000 compatriotas fallecidos habrían podido atestiguar. "Siempre quise restarle importancia. Todavía me gusta restarle importancia porque no quiero crear pánico", le explicaba en marzo al periodista sin más rubor que el de su flequillo zanahoria.

Tratándose de Trump, las derivadas del contagio presidencial y del de su santa esposa, ambos en cuarentena, son impredecibles, aunque no es descartable que todo se atribuya a un intento de China de influir en los comicios de noviembre y que en alguno de sus próximos tuits descubra que su asesora Hope Hicks, la primera de su entorno en dar positivo, es en realidad una agente infiltrada de Xi Jinping o una kamikaze de Biden. En la justicia poética, el bien triunfa sobre el mal con renglones muy torcidos, pero todo eso no es más que literatura.