Tentativa de inventario

Tasa de esfuerzo

Varios carteles de 'Se Alquila' en la pared de un edificio madrileño.- Marta Fernández / EP

Son días complejos. La remolacha fue atacada y la gélida Ucrania va camino de correr la misma suerte. Eso dicen los informativos y eso mismo les reporto por aquí amablemente. De nada. El caso es que el mundo se va al garete y al agente inmobiliario parece no preocuparle en exceso. No en vano se gestiona tremendo entusiasmo –un entusiasmo comercial y por tanto fingido, pero entusiasmo a fin de cuentas– a la hora de detallar al aspirante a inquilino las especificidades de la vivienda, a saber; 45 metros cuadrados, calefacción central, salón-comedor, dormitorio y cocina con vitrocerámica. Breve pausa, entendemos que dramática, para, a continuación, subir las persianas de sendos balconcillos por los que asoma el río. Ese río que otrora fue cañería, que lució barrizal y que ahora, naturalización mediante, adopta tintes bucólicos, con sus gansos del Nilo y sus garzas, sus cormoranes y sus abubillas, pajarracos estos últimos que, por lo que fuere, al aspirante le resultan la mar de graciosos, provistos de un penacho eréctil en la cabeza que mueven a su antojo y que les brinda un aire entre gallináceo y contestatario, detalles que sumergen al aspirante en plácidos pensamientos sin saber que el agente dispone de un último fleco, un requerimiento ulterior concerniente a la Tasa de esfuerzo, cláusula que el agente recita al aspirante con el mismo entusiasmo con el que ha subido las persianas, persianas que dejaron al descubierto unas vistas que cautivaron al aspirante, que ya se intuye inquilino, que incluso barrunta para sus adentros la disposición espacial de las cuatro mierdas que arrastra desde que llegó a Madrid. Tasa de esfuerzo, insiste el agente. Tasa de esfuerzo, escucha por fin el aspirante, recién llegado de sus ensoñaciones habitacionales. Y de pronto se alarma. El aspirante piensa entonces en ejercicios axonométricos, incluso en una suerte de exhibición gimnástica como requisito previo para rubricar el arrendamiento. Pero no. La Tasa de esfuerzo, precisa de nuevo el agente, va de cuestiones numéricas, en concreto del porcentaje de renta que el inquilino prevé destinar al alquiler y gastos asociados, que en el caso que nos ocupa, abunda el agente, no podría superar el 35% de la nómina del aspirante. Y ahí el silencio. Ahí el rostro vencido del aspirante y la manopla del señor agente inmobiliario, una manopla que le extiende en señal de hasta luego gracias, en señal de que pase el siguiente, en señal de contigo no bicho. El aspirante claudica y ya en retirada se lamenta de que su Tasa de esfuerzo demasiado alta le privó del sueño, lo cual, piensa el aspirante, podría ser paradójico, incluso simbólico, si no fuera penoso. El mundo al revés, se dice impotente; cultura del esfuerzo mis cojones, prosigue airado. Y ya en el metro piensa en la posibilidad de que su Tasa de esfuerzo se convierta, a la postre, en el coeficiente que cercene sus sueños, o si, por el contrario, será capaz de adecuar sus sueños a la Tasa de esfuerzo que estipule el mercado inmobiliario. Y aún más; piensa que no sería descabellado que su Tasa de esfuerzo termine por mandarle directo a una ciudad dormitorio en la que su esfuerzo sea menor y su sueño (el del río, los balcones y las abubillas) dormite para siempre.