Cuando la dignidad ya no alimenta (Sobre el Congreso del Partido Comunista de Cuba)

Los hermanos Castro, en un acto el año pasado. - AFP

Poco antes de que la enfermedad le postrara, Lenin se dirigió a los dirigentes del partido con dureza: “O alimentamos al pueblo como lo hacían los capitalistas o el abrazo que nos dieron cuando les libramos de los zares y la guerra nos lo pedirán de vuelta”.

Corría el segundo año de la Nueva Política Económica, un paso atrás en la construcción del comunismo que rompía, como ahora hace Cuba, el monopolio público de los medios de producción. El socialismo, a diferencia de lo previsto por Marx, triunfaba en los países menos desarrollados. Esos saltos se traducían en malos resultados económicos. La falta de consciencia se solventaba con un rígido aparato de control político, más creíble cuanto más implacable eran los ataques de los enemigos.

Cuba, a la defensiva, siempre estuvo a la altura, prestando a América Latina la dignidad de quien supo resistir los ataques del imperio. La pequeña isla, sometida a un bloqueo terrible de EEUU, se mantuvo erguida. Con Fidel, el pueblo cubano, además de alimentarse y educarse, comía dignidad.

Pero si Cuba acertó en la defensa, fue fallando en la propuesta. Tras avances espectaculares en educación, sanidad, vivienda, mortalidad infantil, investigación médica, atención a la población en situaciones de catástrofes (¿o tenemos que comparar los huracanes en Cuba con el Katrina en Nueva Orleans?), fue perdiendo fuelle tras la caída de la URSS en 1991. Demasiadas zancadillas terminan haciéndote caer. Y en vez de señalar los errores propios, bastó con referir los muchos ataques de fuera. Se reforzaba el compromiso ideológico pero se alejaban las soluciones.

En cualquier caso, el debate creíble sobre Cuba pertenece a la izquierda. Los que adversaron la Revolución desde 1959, sólo actualizan sus argumentos. Si se trata simplemente de hacer de Cuba otro Haití, no hace falta gran cosa: que entren las multinacionales y apliquen en Cuba las políticas de choque que han desarrollado en la frontera con México. Cuando regrese el subdesarrollo a Cuba, la misma derecha no tardará en echarle la culpa al “comunismo”. Los enemigos de Cuba quieren más triunfar sobre el pasado que sobre el presente.

Las nuevas medidas económicas rompen los esquemas del socialismo. Como ocurrió en la URSS en 1921, las soluciones traerán nuevos problemas. El primero, la ruptura de la igualdad, base de la referencia democrática en la isla. Lleva 20 años de retraso la apertura de un debate crítico que corresponsabilice a la población de los logros del socialismo. La ausencia de pluralismo político centró la legitimidad política en Sierra Maestra, de manera que el liderazgo devino en gerontocracia. Los jóvenes cubanos miran a ritmo de rap hacia delante; mientras, los viejos siguen tarareando nostálgicos las canciones de Carlos Puebla y los tradicionales. No se van a entender sin más los ajustes. Y si los hijos o familiares de la dirigencia tienen algún privilegio con las nuevas desigualdades, la revolución puede desmadejarse por el hilo de esas torpezas.

Cuando se abrió una puerta en el Muro de Berlín, los jóvenes se abalanzaron a los centros comerciales del Oeste. Honecker se lamentaba patético: “¿Por qué se van?”. En un mundo con mil millones de personas pasando hambre, Cuba no se merece la suerte del comunismo soviético. ¿Habrán aprendido? No deben ser los mismos los que digan una cosa y la contraria. Es hora de escuchar a la gente más joven. La que formó la Revolución. Los que van a vivir la nueva Cuba. No hay garantías de que inventen un nuevo socialismo. Pero la vieja guardia hace tiempo que perdió la posibilidad de hacer honor al proceso que nutrió de dignidad a América Latina durante decenios. Y el socialismo tiene la obligación de confiar en el pueblo.